La edificación (relato corto)

El cielo queda cubierto con un denso manto y poco a poco, la neblina se cuela silenciosa por las alturas y dificulta la luz del día. 

La neblina continúa su descenso al tiempo que la ciudad trata de esquivarla y parecer indiferente, pero ella se esconde por los rincones de las avenidas, de los callejones, entra a las casas por las ranuras de las paredes, las ventanas y puertas entre-abiertas que le ofrecen, sin saberlo, alojamiento.

Pronto las personas empiezan a susurrar:

—Sin la luz del sol, ¡no sobreviviremos!

—¿Cuánto tiempo aguantaremos sin luz natural?

En medio del caos y del miedo elucubran teorías, sin que quede claro cuál es la causa de esa penumbra. Hasta hay quien afirma que se trata de una invasión. Mientras los habitantes debaten, la neblina sigue silenciosa su camino que ensombrece poco a poco el paisaje.

Las autoridades deseosas de mantener el orden entregan folletos con algunas normas para paliar la falta de sol. Horarios de juegos y salidas a las horas de más luz. Además invitan a la población a que presente proyectos, llaman a un concurso para construir una edificación que sirva de refugio a la vez que permita divisar la trayectoria de tan extraña masa de aire. 

“…Que la construcción sea tan alta que llegue a la capa del aire que está sobre la superficie de la tierra, la tropósfera, como lo haría un avión en vuelo corto”. Y en el mismo párrafo indican: “Será considerado como ganador quien logre diseñar uno hasta la estratósfera (la capa siguiente, aunque no exista una línea clara entre las dos)” Más adelante aclaran: “Que en su base se pueda almacenar cualquier producto o maquinaria. Que dé cobijo al mayor número de ciudadanos posible y que pueda funcionar un centro comercial, una vez pasado el incidente”

Como último punto piden que tenga un sistema de energía eficiente por tiempo indeterminado, para contrarrestar la oscuridad exterior. El folleto sigue con palabras de agradecimientos a las personalidades que, con sus donativos y aportes, harán posible esa edificación. Y termina con un llamado a la población para que donen dinero, materiales, tiempo, mano de obra, en fin, todo lo que puedan para salvar a la ciudad de la oscuridad.

La poca reserva de energía solar fotovoltaica para los hogares y comercios convencieron a las personas de Agnus a participar, se volcaron en el proyecto. Más de una decena de participantes presentaron sus propuestas y por votación se seleccionó el mejor diseño que, aunque no cumple con la altura mínima requerida, tiene varias plantas de diferentes formas con distintas inclinaciones y la última, por encima del banco de niebla, «es tan hermosa», fue el veredicto general. Se acuerda que será designada como «símbolo del triunfo», después que pase el incidente.

La población se aboca en los preparativos para la obra, en medio de la oscuridad que enturbia la atmósfera y con el temor en el cuerpo de ser atrapados por lo que no ven , ni entienden. Temor que se eleva en el ánimo de los ciudadanos al igual que la edificación que, con gran rapidez, se empieza a construir. Al poco tiempo la visibilidad se reduce a un kilómetro, el espeso aire y el miedo reduce también el número de los voluntarios para llegar hasta el final y terminar la cima. Nadie quiere enfrentarse a eso que se encuentra en las alturas, además la desconfianza por la solidez de la estructura crece a medida que las sombras se apoderan de la ciudad.

Un nuevo temor domina el ánimo de los habitantes de Agnus: Que la estructura se caiga y ellos queden atrapados en sus escombros, varios abandonan la zona. Las autoridades se ven obligadas a llamar de nuevo a la población, han resuelto efectuar un sorteo para determinar quiénes serán los elegidos para sacrificarse por la ciudad, los que subirán a terminar las últimas plantas y el centro de observación e investigación.

Como toda comunidad, Agnus tiene un grupo de prescindibles, aquellos que no son muy apreciados, así fue como Él y un puñado de personas fueron los elegidos «al azar».

Le dieron trajes especiales para soportar la presión y las bajas temperaturas, que además les permiten respirar con normalidad y Él, con los otros elegidos, iniciaron su escalada hacia la cima de la estructura entre pitos y gritos de apoyo. Llegados a la parte media de la estructura se ven envueltos por la suave bruma, el temor y los gritos de ánimo apenas audibles. Así continúan su ascenso como parte final de la cadena humana con los materiales y herramientas a las alturas de la edificación, allá en donde las máquinas no llegan.

Donde la niebla es más espesa y la visibilidad se reduce a pocos metros alrededor, algunos caen de forma aparatosa al vació, otros se quedan guindados en las vigas, ante el estupor y carreras de los observadores. Pero la mayoría de los elegidos logran llegar a la cima dispuestos a cumplir con su encargo y demostrar su valía ante el grupo. Él llega con el megáfono y los binoculares intactos, colgados de su cinturón.  

Afanados, los elegidos desean cumplir lo mejor y más rápido posible. Él observa con los binoculares en el horizonte, se da cuenta de que solo es agua en suspensión. Siente el viento leve, entiende que esto es lo que la intensifica. 

—Cuando cambie la velocidad del viento la neblina se disipará —dice en voz alta a los otros elegidos que apenas puede distinguir en las alturas. —No hay nada que temer. 

Apenas han entendido el significado de sus palabras, pero detienen su frenético trabajo. Él se prepara para bajar y explicarlo, pero una mano lo detiene. 

—Es la primera vez que todo el pueblo espera escuchar nuestras palabras. Somos importantes, nosotros sabemos lo ocurre. Ellos siguen con miedo y nosotros no.  

Los pocos elegidos «al azar» por la ciudad de Agnus se ponen de acuerdo para no continuar la edificación más arriba. Distribuyen el espacio: hacen un refugio para acomodarse entre los materiales de construcción y racionan sus provisiones. Forman un gran círculo y comienzan a debatir sobre las siguientes acciones. Acaban de tomar la cima.

Mientras en las alturas deliberan, la ciudadanos se preparan para ocupar el refugio de «la nueva ciudad» como la llaman las autoridades. La niebla avanza sigilosa e implacable, como un velo de invisibilidad hace desaparecer la parte más alta de la construcción. Solo queda cruzar los dedos y desearle buena suerte a los que están arriba.

—Valientes hombres y mujeres que luchan por terminar el refugio para Agnus —Repiten las autoridades mientras ubican a la población dentro de «la nueva ciudad».  

En un momento del día o de la noche, ya no podía saberse, los que están en la parte media alta, escuchan una voz distorsionada desde las alturas:

 —¡Precaución! ¡A correr! Que viene por la derecha, Niebla de ladera! ¡Cuidado!

—¡La edificación es el único lugar seguro!

El mensaje llega claro a los que permanecían en los pisos altos y pasaron la voz a los que estaban más abajo, la voz se corre como pólvora entre los ciudadanos. Las autoridades se ubican en la base, con la excusa de controlar mejor el almacén. Las casas son abandonadas, las pocas pertenencias personales permitidas dentro de la edificación hacen que las no permitidas se dejen alrededor del edificio.

Algunos más desesperados e inconformes con su asignación del espacio comienzan a escalar para encontrar más comodidad en los pisos superiores, casi vacíos. Así, de paso, se escucha mejor el megáfono y estarán atentos a los peligros antes que nadie. Pronto los poderosos ejercen su autoridad para que les cedan los mejores sitios, sin llegar a los lugares altos, lejos de los peligros de la niebla, pero sin las responsabilidades del trabajo de subir los suministros a las plantas superiores y así se instalan en algunos lugares intermedios por si ocurre alguna emergencia poder bajar sin mayores riesgos. La mayoría permanece entre estas plantas, acomodados entre los diferentes cubículos, con algunas comodidades y tareas asignadas en la nueva forma de organizarse, sin embargo hay un numeroso grupo que queda en zonas sin terminar, asustados, por si son tocadas por la neblina.

El ruido ensordecedor de la muchedumbre impide que los avisos de los elegidos se escuchen con nitidez. Los que están debajo de ellos transmiten al piso inferior lo que entienden y los otros también repiten lo que oyen a los pisos de más abajo.

—Niebla de ladera, a la izquierda ¡Cuidado!  —dicen los elegidos desde la cima

—Cuidado los de la izquierda. Niebla de ladera. —Gritan hacia abajo, los que escuchan con nitidez el mensaje 

 —La niebla se ladea ¡Cuidado los de la izquierda…!  —Vociferan hacia abajo, lo que escuchan que dicen los del piso de arriba.

—El lado izquierdo se tambalea.  —Entienden los que están en la base. Y el temor se apodera de ellos. Por medidas de seguridad, desconectan la energía que alumbra y calienta a toda la estructura edificada.

Con las horas llega cierta calma. Los elegidos se toman su ración de alimentos pactada, se acurrucan con sus mantas en camas improvisadas con ladrillos, cajas, sacos, que les quedaron muy bien: cómodas y blanditas. El viento sopla moderado y la visibilidad entre ellos mejora a ratos. Los de las plantas superiores se reagrupan hacia el centro y hacia un lado del edificio, desmantelan el ala contraria para su reubicación, pero tienen hambre y frío. Los que no encuentran un lugar, bajan hacia la base en donde reina el caos: la espesura de la oscuridad trae manos que separan a las personas en busca de mejores espacios y calla bocas que intentan pedir auxilio. Nadie duerme… salvo en la cima.  

De pronto la lluvia disuade a los pocos valientes que se atrevieron a salir de la edificación sorteando todo tipo de objetos acumulados en la entrada y que entorpecen las salidas de emergencia, aquellos objetos que no fueron admitidos dentro del refugio. Los que quedaron a medio camino regresan empapados. Como la electricidad aún no se ha restituido, tienen mucho frío, tiemblan, están pálidos. Al comenzar a estornudar, el resto de las personas deciden apartarlos y algunos susurran que están contaminados, que sufren el efecto de la neblina. 

Todos esperaban que la lluvia disolviera la niebla, pero nada más lejos de la realidad. Igual que antes, a medida que el mensaje se divulga, cada vocero agrega algún detalle y cuando el mensaje llega a las bases es por completo diferente al anuncio inicial:

—Niebla de precipitación —Habían escuchado anunciar hace algunas horas atrás, desde la cima. 

—Se precipita la niebla —Trasmiten hacia abajo. 

—La niebla baja —Gritaron hacia la base. 

Los de la base se movilizan, se atropellan y reagrupan nuevamente, dejando por fuera a los contaminados por la neblina a los que, para abreviar, les dio por llamar los conta-blinados. Mientras más cerca se está de la tierra menor es la visibilidad. El lugar más seguro sigue siendo la edificación, aún sin energía. 

Luego de la lluvia la niebla retomó su espacio y los que antes eran autoridades han dejado de serlo, mezclados con la multitud. Ahora la base pregunta hacia arriba por los próximos movimientos de la neblina y sus consecuencias. La cima permanece en silencio. Los conta-blinados aumentan por el frío, los problemas de respiración, el cansancio, el hambre y el estrés se apodera de la población.

Los elegidos sienten que el viento empieza a cambiar, la neblina se disipará pronto. Son los únicos con el traje que los ha protegido y han tenido víveres suficientes, hace días que dejaron de construir más allá de sus propias necesidades inmediatas y están más o menos instalados en sus nuevas rutinas, mientras piensan cómo revelar el fin de la neblina sin perder sus privilegios recientes.

Esa tarde se deciden anunciar:  

—Vamos a generar una explosión en la base de la neblina, necesitamos que todos nos apoyen…

—Todos tenemos que apoyar a la explosión en la base, los elegidos necesitan apoyo…

—Arriba necesitan apoyo, pide voluntarios antes de que la base estalle…

—Se necesitan voluntarios, para estallar la base…

La alarma paraliza algunos, pero la mayoría corre para ponerse a salvo. Se creía que un ala había caído, así que buscaron refugio en la vigas del lado contrario, los que quisieron no pudieron salir de la edificación por el cinturón de cosas abandonadas, lodo y basura de alrededor. El peso en el mismo lado de la estructura hace que ésta se tambalee y varios materiales caen al vacío. El metal hace un ruido estruendoso, que se suma al de las personas que gritan:

— ¡A la derecha! 

—!No!  ¡No! ¡Al centro! 

—!A la izquierda! 

—¡Hay que salir!

—¡Quiero bajar! ¡Quiero salir!

Los materiales y parte de la estructura bailan en el hilo del vacío, la avalancha de personas que evitan caerse también es aparatosa, los habitantes de Agnus busca salir de «la nueva ciudad» que fue su refugio.

El desplome de la edificación es completo. Desde arriba está la silueta de los pocos elegidos que han sobrevividoenvueltos en sus trajes. Sujetos a la estructura principal descienden con lentitud, mientras la estructura se desmorona detrás de sus pasos y se hace la luz. La neblina ha desaparecido y el sol calienta de nuevo. Tras un silencio, la ciudad contempla las ruinas. 


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