Carmen M. Sosa: Decisiones (12)

Esa mañana, muy temprano, la vecina toca el timbre de la familia Sosa para entregar una invitación al matrimonio de su hija. La madre de Carmen manosea la tarjeta con ambas manos temblorosas y comenta con fingida alegría: —Muy mona, muchas gracias, allí estaremos.

Al retirarse la vecina, la señora Sosa grita a manera de despedida: —¡Felicidades a la pareja!

Se recuesta en la puerta después de cerrarla. Se siente mareada, su mirada perdida recorre el salón, necesita tiempo para reponerse, toma aliento. Al cabo de un buen rato recuperar su espíritu y camina con pasos decididos hacia la habitación de Carmen, quien está en su cama, con el móvil. En un arrebato la madre se lo quita de las manos y le grita iracunda:

—De todo el barrio solo ustedes faltaban por casarse. ¡Y ella se te adelantó! —Agita la tarjeta de invitación en la cara de Carmen, luego continúa: —¿Dónde deja eso a la familia? ¿ah? ¡Nos haces quedar mal! ¡Si no te decides pronto, yo misma voy hablar con Manuel! —Sin esperar respuesta, lanza el móvil en la cama y con el mismo ímpetu sale de la habitación.

Carmen se queda perpleja. Está furiosa y escucha cómo en la cocina se forman murmullos creciente de voces y sonidos.

—¡No me resigno! ¡La boda de Carmen la voy a celebrar con toda la pompa que debe ser! —dice la madre a Sosa padre, quien baja la cabeza y se sienta a desayunar en silencio. Los dos hijos no pierden oportunidad de alimentar los comentarios con preguntas sobre la celebración de la vecina. Carmen se integra al desayuno, mira de soslayo al grupo y la conversación alborotada de la familia impide que intervenga a pesar que hablan de ella, Manuel y el matrimonio. Sus tímidas interrupciones son tomadas con la habitual indiferencia. Son inútiles sus esfuerzos por comunicar algo que a nadie le interesa.

Carmen se dispone a salir, como todas las mañanas al terminar el desayuno. Vuelve a intentar decir algo, pero la madre la interrumpe con voz siniestra:

—En vez de perder el tiempo en tonterías, habla con Manuel. La boda de la vecina es dentro de seis meses. ¡La tuya será antes!

Carmen creyó que los encuentros con Manuel, luego de la incomoda cena, eran a escondidas de la familia. Pero las palabras de su madre la llenan de preocupación. «¿Hasta dónde han llegado y hasta dónde son capaces de llegar?» piensa nerviosa. Decide enviar un mensaje a Manuel para verse más temprano, quedan para almorzar juntos en el lugar de costumbre. Allí, con la privacidad que creen disfrutar, la pareja se ha reunido todos estos meses para hablar de sus proyectos. Desconocen que los asiduos asistentes al café y Alfredo el mesero también siguen sus conversaciones atentos al desenlace de este romance que, según ellos, está cargado de misteriosos contratiempos.

Almuerzan y cuando llegan al postre Alfredo los atiende con fatigada resignación, por más que insiste en los ricos sabores de «la tarta del día» no logra vendérsela, ambos piden la de chocolate y el dueño del café ya tiene bajo amenaza de despido Alfredo «Por inepto» le dice malhumorado cada vez que sirve las tartas de chocolate.

Ajenos al ritmo del sitio, la pareja sigue su conversación. Carmen le cuenta a Manuel lo ocurrido esa mañana en su casa y después de mucho hablar deciden que lo mejor es formalizar el romance, bien sea vivir juntos o casarse.

—Tu conoces mi casa, es cómoda, allí podemos vivir los dos sin problemas. Pago lo mismo de hipoteca solo o acompañado —dice con una amplia sonrisa en su rostro — además, tengo un buen sueldo. No te preocupes por eso.

— Y bueno… yo en algún momento encontraré trabajo —responde Carmen pensativa. —Creo que lo mejor es casarnos. Ya sabes que a mi madre le hace mucha ilusión, no me atrevo a romper sus sueños, además está enloquecida con lo de la vecina. Ya te hablé de sus amenazas. —Luego de una pausa agrega: —Haríamos algo sencillo, sin fiesta, solo la familia y nosotros.

—Sí, estoy de acuerdo. Podemos organizar una bonita cena en un restaurante. — Las palabras de Manuel calman a la angustiada Carmen y llegan a los oídos de Alfredo el mesero que por casualidad reorganiza de nuevo las sillas de la mesa continua a ellos. La pareja se da cuenta de que son observados. Guardan silencio hasta que él termina sus movimientos, entonces Manuel continúa: —En verdad que la actitud de tu madre es un problema, pero no te preocupes al salir del trabajo voy a tu casa, hablamos y fijamos una fecha, así seguro que te deja en paz.

Alfredo ha ido hacia el grupo que observa a lo lejos. Carmen y Manuel lo siguen con miradas de interrogación, pero al contemplar que habla con ellos la extraña actitud del mesero deja de interesarles.

—¡Por fin el hombre se decidió! ¡Hay casorio! —dice Alfredo en voz baja al grupo ávido de novedades sobre la pareja.

—Menos mal porque, aunque yo sospecho que hay algo raro en ese embarazo, si esperan más se le va a notar la barriga —opina uno de ellos.

—Ya está un poco más gordita… ¡esperemos que la familia se lo tome bien! —dice otro que alza su vaso en señal de brindis.

—Ojalá resulte un buen marido —dice el tercero antes de chocar los vasos para brindar.

—¡Es preferible un mal marido que un niño sin padre! —Sentencia uno de ellos y entre otros múltiples cuchicheos ven alejarse a la pareja.

Llega la noche y Carmen M. Sosa aún no ha encontrado el momento oportuno para decirle a sus padres que Manuel hablará con ellos. Cada vez que intenta decir alguna frase es interrumpida con comentarios de mayor interés para la familia. Al leer el mensaje: «Estoy en la puerta» no sabe cómo comportarse y sale del salón. La madre sigue con la mirada sus pasos y al abrirse la puerta aparece Manuel.

—Espero que vengas para hablar del matrimonio —dice la madre complacida.

Hasta el 10 de octubre

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Publicado por rosaboschetti

Relatos, historias, ilustraciones… y flexiones sobre arte

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