Mitos y leyenda: El dorado (Relato corto)

Este relato está inspirado en varios hechos reales. No pretendo realizar una narrativa histórica, simplemente utilizo algunos datos para recrear la leyenda sobre la ciudad de «El Dorado».

El dorado

En medio de la ciudad está la plaza. A un lado de ella se encuentra el Palacio en donde el soberano espera con paciencia al invitado, ese extranjero que llama su curiosidad y al cual desea conocer.

El forastero llega rodeado de sus escoltas y contempla los magníficos portales del palacio, las habitaciones de diversos colores, los espléndidos jardines lo deslumbran.

Ambos personajes se reúnen en un salón en donde abundan diferentes objetos en oro y plata. La avaricia del invitado se despierta.

Hablan diferentes idiomas y un amigo del convidado, que también es un ser exótico, sirve de traductor. A pesar de la desconfianza mutua logran mantener una conversación, mientras cada cual estudia los gestos del otro en un intento de conocer sus motivaciones. Al terminar la reunión se despiden en aparente armonía, pero en la mente del visitante ya se maquina la estrategia para capturar al nativo y apoderarse de sus riquezas. Por su parte el soberano está tranquilo al saberse con un ejército mayor que el que ostenta el extranjero, piensa que éste no osará atacarlo en su propio terreno, a pesar de esto observa con recelo cómo se retira.

Pasado un tiempo el desconocido envía una invitación al soberano: «para tratar asuntos de mutuo interés». La cita es en la plaza. El monarca acude con su séquito, pero no se encuentra con el forastero. En su lugar aparece otro personaje que le entrega un libro, lo observa. Se detiene en la portada y distingue una cruz, pero al estar escrito en un extraño idioma que no comprende, lo devuelve. La mano extendida del emisario deja caer el libro al suelo antes de huir despavorido. El soberano comprendió que esa fue la señal esperada por los extranjeros para comenzar el ataque.

Un ruido ensordecedor los desconcierta. Algo choca contra sus casas. La plaza se llena de caos, humo y escombros cuando los forasteros utilizan sus armas de largo alcance sobre los nativos. Desconocían el poder de esos artefactos, pero la muerte se lo mostró al hacerse presente. Los heridos huyen, la destrucción se apodera del lugar. El monarca es capturado. Lo trasladan a palacio junto con otros prisioneros, hombres y mujeres que luego servirán como diversión para el ejército.

La ciudad es saqueada y en la habitación que sirve de cautiverio, el monarca es interpelado por el visitante Desea saber en dónde está el oro y la plata que les permite fabricar tantos objetos. Al observar la atracción que esas piezas ejercen sobre su captor, el prisionero le propone que a cambio de la liberación de su pueblo y de él mismo se compromete a llenar de oro y plata la habitación hasta la altura de su brazo extendido hacia arriba. El extranjero acepta de inmediato la oferta, el soberano manda a llamar a uno de sus súbditos para que transmita la orden de reunir y traer esos adornos tan deseados por el extraño personaje.

Transcurren diversos días entre el ir y venir de incontables súbditos con cargas llenas de piezas de oro y plata provenientes de lugares cercanos y los lejanos. El hermano del prisionero también se esmera en enviar a varios grupos con cargamentos hacia la ciudad y en el camino uno de ellos es interceptado por los soldados del visitante quienes roban la carga y matan a muchos. Los pocos sobrevivientes regresan, cuentan lo ocurrido y éste comprende que, aunque se llenasen varios salones con oro, los forasteros no van a respetar el acuerdo, ni su hermano ni su pueblo serían liberados. Después de mucho pensar se ingenia una intrincada estrategia para esconder el oro, la plata y rescatar al monarca. En un tiempo impreciso, pero rápido, todo queda oculto en algún lugar, o en varios. Luego llegó la luchar contra esas armas desconocidas, unos cuantos fueron apresados y ni siquiera tras las torturas se reveló el secreto. Entre los numerosos muertos se encontraba el hermano del soberano.

Ajenos a este suceso, en palacio continúan las entregas con las últimas cargas que permiten llenar el salón a la altura acordada. El monarca llama al forastero para entregar lo pactado y lograr así la libertad, pero éste sin salir de su asombro ante las piezas de oro y plata que se amontonan por la habitación dice no estar satisfecho, lo recibido no cubre sus expectativas, quiere más riquezas.

De nuevo el soberano queda aislado, sin conocer las novedades del imperio pasa algunas lunas más como prisionero, hasta que lo llevan a un salón repleto de soldados y personas amigas del forastero. Es acusado de traición, conspiración y de asesinar a su hermano. Por lo que puede entender de la situación es que intuye el intento de rescate, se sumerge en una profunda reflexión y tiene una visión que le anuncia su inminente muerte. Ajenos a los pensamientos del monarca el juicio continúa. Culpable de todos los cargos, se sentencia la ejecución inmediata.

Después de la muerte del soberano, los forasteros comienzan una búsqueda frenética de los tesoros escondidos. Se forman grupos: algunos exploran las cuevas, otros van por caminos desolados llenos de misterios y peligros. Los más arriesgados se internan por selvas desconocidas hasta traspasar las fronteras del difunto monarca. Las distintas expediciones se pierden en sus andares, vuelven sobre sus propios pasos. Algunos se desesperan, abandonan la búsqueda, otros se ofuscan y reaniman sus ilusiones con visiones de una ciudad resplandeciente de oro. Unos y otros narran sus andanzas que llegan a oídos de nuevos viajeros, quienes se motivan en la búsqueda de esas riquezas: unos repasan los pasos de sus antecesores, otros inician nuevas rutas.

Enredados en sus mismas creencias los caminantes que se encuentran comparan versiones sobre la historia del soberano que pudo llenar en poco tiempo un salón con oro, algunos dicen que él mismo estaba cubierto con polvo dorado, otros hablan del lugar en donde el oro fue arrojado al fondo de una laguna, unos pocos afirman haber escuchado en labios nativos que a través de una cueva se llega hasta el oro escondido. Se intercambian rutas y fantasías que, de tanto repetirlas, suenan verdaderas. Por otro lado, algunos nativos también agregan información sobre sitios y costumbres reales, pero son descripciones imprecisas, misteriosas, que logran aumentar la avaricia de los oyentes.

De esta forma traspasan fronteras, se crean nuevas expediciones que, con el transcurrir del tiempo, se multiplican por los senderos y grutas al recorrer el sur del continente de arriba abajo y vuelta a subir. Pronto ese lugar empezó a describirse como una ciudad dorada, que parece moverse de sitio con cada exploración, historia o pista a seguir. Luego le pusieron nombre propio «El Dorado» y aunque nadie puede precisar el lugar en el cual se encuentra, todos desean llegar allí. Lo que empezó como una búsqueda de piezas oro se mezcló con el gusto por la aventura, el deseo y el sueño de alcanzar un lugar repleto de tesoros, solo han saqueado pequeñas cantidades comparadas con la promesa de El Dorado.

Cuentan que por quinientos años, o más, son muchos los aventureros que han perdido la vida en su infructuosa expedición. Algunos sospechan que los espíritus de los nativos, como una eterna venganza, cambian de lugar esos tesoros de forma constante para enloquecer y luego dar muerte a todo aquel que desee encontrarlo.


No se sabe con certeza cómo surgió el mito de «El Dorado», una ciudad cuyo resplandor se divisa a lo lejos por estar repleta de oro. Hay quienes la ubican en el territorio Inca, luego de que el hermano de Atahualpa, supuestamente escondiera en algún lugar secreto todas las riquezas del Imperio.

También se ubica en Guatavita, Colombia, en donde el rey de la tribu se cubría el cuerpo con oro en polvo y luego se trasladaba en balsa al medio de la laguna para arrojar objetos de oro y esmeraldas como una ofrenda a los Dioses. Esta ceremonia es un hecho real, solo que se había dejado de ejecutar mucho antes de la llegada de los españoles.

Al parecer la fusión de estas historias caló firme en la mente de algunos, que asumieron como real la existencia de un reino construido enteramente en oro y desde aquel entonces surgieron grupos de aventureros en su búsqueda. Muchos murieron en el camino, otros se conformaron con pequeños triunfos, pero la ciudad de «El Dorado», convertida en leyenda, nunca se encontró.


Publicado por rosaboschetti

Relatos, historias, ilustraciones… y flexiones sobre arte

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