Los ojos de ciudad Agnus se encuentran atentos a cada movimiento, palabra o gesto de El Detective, a raíz de la denuncia que presentó. A eso hay que sumar los desaires de sus compañeros de trabajo y de sus jefes, que ya no comparten el café con él, luego de los intentos frustrados por disuadirlo a tomar el camino de evidenciar lo evidente: «Nadie sabe qué fue de la vida del niño que gritó: «¡Pero si va desnudo!! Ten cuidado» le decían». «¿Has pensado cuál fue el futuro de la familia de ese muchacho después de que el emperador, con su nuevo traje, quedara en evidencia?, seguro que no». Palabras dichas con la mejor de las intenciones. Sin tono de amenaza, sino de advertencia. «Piénsalo, estás a tiempo. No hay que hacerse el valiente, no es necesario. Solo aprovecha lo que puede darte el sistema» le aconsejaban, hasta que dejaron de hablarle.

Anteriormente. El grupo que se mueve en silencio recopiló pruebas suficientes para presentar una denuncia. El Detective es el único denunciante visible ante los ojos de los ciudadanos de Ciudad Agnus.
Algunos ciudadanos de Agnus también se sumaron al silencio y al verlo llegar desvían sus miradas para otro lado, pero si por casualidad sus rostros se enfrentan, elevan la mirada al vacío y se comportan como si no lo conocieran. Borraron de sus labios los saludos de cortesía y son muchos los que evidencian la distancia. Asimismo, se encuentran los que aprueban su conducta; sin embargo, no se atreven a expresar sus pensamientos y se suman a los que no saludan, a los que miran más allá, a los que no lo reconocen. De modo que cuando toma asiento en alguna mesa, los que están cercanos se levantan para irse a otra y así, El Detective queda aislado, rodeado de mesas vacías.
Contrario a lo que algunos creen, este hecho es beneficioso para El Detective. Mientras disfruta de su desayuno, puede comunicarse silenciosamente con sus iguales y recaudar información al observar con tranquilidad el entorno.

Esta calma era aparente, tensa y no impidió que El Detective y sus iguales compartieran días de angustia mientras esperaban el desarrollo de los acontecimientos; ya que algunas pruebas se extraviaron, otras simplemente se destruyeron, pero el plan de Alfredo de guardar copias en diferentes lugares dio resultados y de forma diligente, él las podía reponer de inmediato.
Por otro lado, la elección de los jurados titulares se demoró más de lo acostumbrado. Se prorrogó por varios meses y no se formó de la manera habitual, con nueve ciudadanos. Debido a la magnitud de los delitos y la cantidad de pruebas, se requirieron veinticuatro personas para formarlo.
Al grupo que permanecía en las sombras les pareció curioso que dichos integrantes, al igual que los jueces, llevaran atuendos azules, pero como casi toda la población se encontraba para ese momento uniformada, El Detective no pudo señalar ese hecho y mucho menos objetar a los miembros que formaron el jurado, por el simple motivo de estar trajeados con prendas azules, aunque esta situación les hacía dudar de la transparencia de sus futuras acciones.

El Detective los observó con detenimiento y se percató de que, a pesar de que todos sus integrantes pasaban de los treinta años, se semejaban a adolescentes con el mismo rostro, la misma expresión. Más que un conjunto de adultos, parecían pertenecer a un grupo colegial. Dejó de analizarlos y en sus ojos solo quedaron las manchas azules que componían la agrupación de jueces, jurados y público en general.
Mientras en los tribunales se realizaba la selección de jurados, la población hablaba, sacaba conjeturas, tomaba partido de un lado y del otro. Alfredo y su grupo no dejaron de trabajar, la investigación continuaba, ya que los involucrados seguían con sus negocios turbios y los habitantes de Agnus, estuvieran de acuerdo o no con estas gestiones, trataban de sacar algún provecho de ellas.
El día que se inició el juicio, ciudad Agnus parecía un hervidero. Se necesitó la ayuda de guardias de seguridad de los pueblos vecinos para calmar los ánimos de la población. Unos pedían justicia, otros denunciaban que se trataba de un complot contra ese inocente e ilustre señor y los responsables de dicha denuncia, observaban sin que nadie notara su presencia.
Cuando se abrieron las puertas del tribunal, en medio de un zaperoco nunca antes visto en Agnus, el público, junto con los periodistas, llenaron la sala en pocos segundos.

El detective se presentó como acusador. Mostró los documentos para respaldar su denuncia. A cada foto, video o grabación que mostraba, el salón se llenaba de exclamaciones y muchos de los presentes cerraron los ojos para no contemplar las explícitas imágenes.
El desarrollo del juicio necesitó de varios días, que se transformaron en semanas, meses. Durante ese tiempo, Ciudad Agnus paralizó su producción. Los comercios, escuelas, instituciones, permanecieron cerrados y los lugares públicos se llenaron de espontáneos que izaban banderas y pancartas idénticas en donde pedían justicia para el visitante. Diversos negocios fueron saqueados, menos los identificados con el slogan: “Lo indispensable para existir”. Alfredo, El Detective y sus iguales notaron este hecho, pero la población, en general, se encontraba en franca discusión sobre la necesidad de reforzar la seguridad de las calles y alegaban que era la buena vigilancia la que protegía a dichos locales.
En medio de tanto alboroto llegó la hora de la resolución. Debido a la cantidad de pruebas presentadas, el juez principal le dio a los responsables de emitir el veredicto un máximo de tres días para informar dicho fallo. El jurado asentó con la cabeza en señal de haber comprendido y comenzaron a salir de la sala uno a uno, en silencio, por la puerta derecha hacia el salón de reuniones.
Cuando el último de los jurados salía, el público presente comenzó a moverse. Sin embargo, tuvieron que volver pronto a sus puestos porque, a la salida de éste, el primero en salir volvió a entrar por la puerta izquierda y se sentó en su silla. Todos vieron desfilar con asombro a la totalidad de los responsables de emitir el veredicto. Entraron en orden, silenciosos y tomaron asiento.
El juez principal, un poco asombrado por la prontitud del fallo, preguntó: ¿Llegaron a un acuerdo? Los miembros del jurado dijeron que sí, y él volvió a preguntar: ¿La decisión es unánime? De nuevo, los responsables del veredicto declararon que sí.
Con la parsimonia que el momento requería, el representante del jurado le entregó al juez un sobre azul. Él lo abrió. Se tomó un buen tiempo para reunirse con sus iguales y juntos, interpretar lo escrito. Al cabo de un rato, bebió agua, se aclaró la garganta y leyó su contenido en voz alta. En el denso silencio de la sala se escucharon las palabras precisas del magistrado:
—Nosotros, los veinticuatro integrantes del jurado popular, de forma unánime, después de haber estudiado y discutido con absoluta diligencia las pruebas presentadas, hemos llegado a la conclusión que el acusado está exento de todos los cargos que se le acusan. Por este motivo lo hemos encontrado inocente de toda culpa.
El público y los periodistas vociferaron eufóricos, El Detective creyó interpretar que eran gritos de indignación. Por un segundo se alegró, pero sus iguales, en su lenguaje silencioso, le dijeron: —Observa. — Una rápida mirada a su entorno le sirvió para comprender su error. Atónito contempló que del salón sacaban, a ese señor, en hombros.
A las afueras del tribunal un buen número de espontáneos, con pancartas idénticas, lo esperan ansiosos. Una banda de músicos toca una melodía ceremonial para anunciar la llegada del visitante y éste, al salir por la puerta principal, agradece el improvisado homenaje y comienza su acostumbrado discurso sobre la decencia, la honestidad, la necesidad de ser transparente en cada acto.

El público gritó eufórico ante sus palabras. Hasta hubo quien catalogó su cháchara de original, otros vociferan: “¡valiente!”. Todos lo aplauden, algunos le lanzan besos; sin embargo, se produjo un momento de confusión al anunciar que se iba de Agnus y cayeron en crisis, pero el visitante supo calmar los ánimos al decir:
—Ilustres personalidades continuarán con mi legado. Los negocios, que le han dado vida a esta hermosa ciudad, quedan en sus manos. Pronto los empleos temporales, de poco esfuerzo, además de las ayudas, comenzarán a florecer.
Al terminar de pronunciar estas palabras, se retiró en un carro oficial y abandonó la ciudad ante la mirada de los presentes que buscan a los nuevos líderes para acercarse a ellos. Los que pasan desapercibidos se comunican en silencio y observan que El Detective es interceptado por un superior, quien le entrega un oficio para notificarle su traslado a las afueras de Agnus, en donde debe contabilizar a las ovejas que pastan por los alrededores.
En ese momento, Alfredo comprende que se habían perdido en la lucha inmediata, sin observar la totalidad del asunto. Piensa rápido y en el lenguaje silencioso, le dice a su grupo: —No pudimos detectar que este movimiento no se está gestando en Ciudad Agnus. Viene de algún lugar que, por ahora, no identificamos. Habrá que prepararse, vienen días difíciles para nosotros. Sin embargo, no podemos desfallecer. Recordemos que todo problema lleva consigo la solución. —Con la dignidad e invisibilidad que los caracteriza, el grupo se dispersa. El Detective consciente que, por los momentos, es el único identificado como problemático, también se aleja en aparente soledad. Supuestamente, se dirige a contar borregos.
FIN
Alfredo, El Detective y sus iguales, te agradecen que hayas terminado esta historia. La trama, completamente ficticia, solo se pudo desarrollar en Ciudad Agnus.
