Peligroso souvenir del Amazonas (relato corto)

Quiso viajar y a pesar de tener tan solo una semana de vacaciones, se dispuso a realizar esa excursión. Entre los diferentes traslados y el largo vuelo, le tomó un día entero llegar al Amazonas.

Vio la espesura de la selva y de inmediato quiso ir a explorar. En la recepción de esa tienda de campaña gigantesca, que era el hotel, le informaron que los paseos se hacían por la mañana. Se apuntó para ir al primero del día siguiente. En su habitación miró el cielo estrellado a través de la ventana «¡El viaje valió la pena!» y con este pensamiento se dispuso a dormir hasta que el amanecer barrió las sombras con su delicada luz.

Caminó con un grupo de turistas que también están fascinados con el paisaje, mientras los guías insisten: —No se dispersen. Manténganse juntos.

Pero no hace caso a las advertencias y en varias ocasiones pararon para ir en su búsqueda. Por lo general se hallaba al otro lado del sendero, su teléfono en la mano apunta para un selfie y así dejar constancia de su paso por aquella belleza natural. Alguna vez hubo que parar porque pidió un descanso, en realidad era una excusa para sentarse y subir las fotos a las redes. Ni el grupo, ni los guías reclamó sus interrupciones, de hecho, la mayoría se prestó a salir sonriente en sus fotos a cada grito:  

—¡Foto de grupo! —dicho esto, apuntaba a los presentes con su teléfono móvil. Claro que no faltó quien se tapase la cara con el sombrero, o alguno que se alejara para no salir en su encuadre, pero esto no pareció importarle.

Llegaron al lugar del descanso oficial en el lugar establecido para comer y pasar la tarde. Desde allí se ve el río que forma diferentes pozos con las grandes piedras rodeadas por una frondosa vegetación.

Empezó a narrar y comentar en directo para sus amigos virtuales:

—El calor es insoportable… los mosquitos me matan…—y repitió fragmentos de lo que uno de los guías decía sobre el lugar, además de intentar alguna que otra entrevista a sus compañeros de paseo que ya deseaban librarse de su compañía.

En vista del poco éxito con los testimonios decidió explorar por su cuenta, teléfono móvil en mano y grabación en directo activa. Enfoca con su cámara todo el lugar, gira en 360º para captarlo todo, los me gustan, los corazones, los aplausos virtuales no paran. Está en su momento de gloria. Enseñó una planta que le dio muchas reacciones instantáneas, para superarlas y no bajar las expectativas de sus seguidores enfocó y comentó la apariencia de insectos, unas lucecitas que aparecieron al atravesar uno de los matorrales y se detuvo en todo aquello que llamara su atención.

—Miren que bicho tan bonito, parece un palito de madera. Les voy a llevar uno. —Lo tomó con dos de sus dedos y con mucho cuidado lo escondió en uno de los bolsillos de la mochila.

—No toquen a los insectos que se encuentren, pueden ser venenosos. —Indicó uno de los guías en tono muy serio y para relajar el ambiente agregó: —En esas pozas pueden nadar, sus aguas son seguras y poco profundas, pero no vayan al río —dijo al señalar el corto camino hacia el agua fría de aquellos pozos.

Se encontraba lejos del grupo y no escuchó las indicaciones ni advertencias del guía. Con la atención puesta en sus descubrimientos reseñó cada hoja, piedra y palito que se encontró sin resistirse a la tentación de llevarse a escondidas algún que otro exótico souvenir de recuerdo.

Las voces y risas de los que disfrutaban en los pozos fue la guía para reencontrarse con el grupo, esta vez no hizo falta salir en su búsqueda. No se bañó, sino que se dedicó a grabar, comentar y reseñar el baño de los demás. Hasta que los reunieron:

—Ya podemos pasar a la churuata —dice uno de los guías y señala hacia una edificación redonda. —Allí nos espera una suculenta comida.

—Vamos para aquella choza —dijo a sus seguidores y se dispuso a entrar con el grupo.

Antes de que tomaran asiento en torno a la gran y única mesa que había dentro. Uno de los guías se dispuso a explicar el lugar:

—Esta especie de “choza”, como puede parecerle alguno, es un tipo de vivienda colectiva de planta circular, con horcones de madera clavados al piso y que se unen en su parte superior con vigas de madera hasta formar un círculo sobre los que se colocan maderos largos para formar el techo, que si se dan cuenta es como un cono sin pilares internos. Este techo tan alto está ensamblado con hojas de palma carata muy común en esta zona. Aquí comeremos y luego pueden recostarse en la hamaca si lo desean.

El centro de la mesa estaba repleto con alimentos típicos. El grupo toma asiento en lo que le pareció que eran sillas improvisadas, luego los guías explican cada plato, para que cada uno se sirva lo que desee:

—El casabe, está hecho de harina de yuca, asado en un budare; las Palometas son peces de la región que hemos asado en hojas de plátano…

Apenas probó bocado de todo aquello, mientras los demás devoraban los manjares.

—¿No hay platos? —Expresó para la cámara y en voz alta.

—Sí, debajo de las hojas de plátano, muchos de nuestras comidas se cocinan envueltos con ellas y luego se comen directamente —aclaró uno de los guías, al que interrumpe sin dejar de apuntarlo con su teléfono móvil para decir:

—Por salir tan temprano dejé en la habitación del hotel los bocadillos que traje desde mi casa. ¡Esto no me vuelve a ocurrir! No puedo comer cosas tan raras… y menos servida así —dijo esto y se alejó de la mesa redonda, para luego salir de la churuata.

Deambuló por los alrededores en búsqueda de más cosas interesantes que mostrar, a la vez que dejó clara su opinión sobre la gastronomía del lugar con las respuestas que ofreció a las preguntas de sus seguidores. En un árbol encontró una forma amarilla, que no era una hoja, parecía suave y peluda. El bicho perfecto para dejar de responder a las incómodas preguntas sobre el sabor y olor de aquel pescado gordo.

—Miren, parece un peluche.

—Haz zoom, que no se ve qué es. —Leyó en los comentarios mientras hablaba en un intento por describir a ese “bicho raro” como lo llamó.

Detalló la imagen de aquel insecto: Su aspecto amarillo y sedoso, su falta de ojos y cara, su movimiento lento, pero acertado. De todo lo que llevaba de grabación aquello fue lo que más llamó la atención, causó reacciones y despertó comentarios que exigían más detalles, así que lo tocó y el tacto de esa capa de pelo sedoso le provocó un intenso dolor.

—Cógelo, trae uno para tu colección de cosas raras —Le animó uno de los comentarios. Sin pensarlo, lo metió en su mochila. No dijo nada del dolor que iba en aumento y se extendía hasta el hombro. Ni de la irritación que sintió en la piel de la mano. El dolor intenso acompañado de una sensación de calor, no fue un impedimento para sentir orgullo por sus pequeños trofeos. Supuso que el raro sarpullido que comenzaba a brotar desde la mano era producto del calor y los gigantes mosquitos de la zona.

Hizo un gran esfuerzo para disimular su malestar. Se despidió y apago la cámara, luego se recostó a la sombra de un árbol, el dolor en la parte posterior de la cabeza fue penetrante, luego vinieron las náuseas y dolores abdominales. Cerró los ojos con la esperanza de que pasara el malestar. A duras penas se durmió. El grupo se dio cuenta de que se había acurrucado a la sombra del árbol, y hastiados de sus impertinencias, optó por no molestar sus sueños.

Después de más de ocho horas de intensa actividad llegó la hora de volver. Aun dormía bajo el árbol y uno de los guías fue el encargado de ir de nuevo en su búsqueda.

—¿Has comido algo por su cuenta?; ¿Has tocado algún animal… alguna planta? —preguntó con alarma al ver el estado en que se encontraba.

—Debe ser una intoxicación por la comida autóctona. —Fue su respuesta. Con molestias se incorporó. Pudo caminar. Hizo el camino de regreso en silencio, con la mochila bien sujeta y sin dejar de enviar mensajes a sus amigos virtuales con el pulgar de la mano que no tenía lastimada:

 «Un desastre”; “Sirven los alimentos en hojas, ¡que a lo mejor están llenas de bichos!»; «No se preocupen que a los guías le va caer una denuncia por negligencia»; «Y ya mismo hago la reseña negativa en el blog que recomienda este viaje, no sé porque habré hecho caso»; «Lo único que vale la pena son las cosas que recolecté» Le costaba caminar, pero no se detuvo, no se quejó, deseaba descansar de verdad lejos de los mosquitos y del calor.

Al llegar al hotel fue directo a la habitación. Se quitó la mochila que quedó entreabierta para dejar al descubierto algunos de sus «trofeos» y se lanzó en la cama. Sus ojos comenzaron a cerrarse mientras un sudor frío recorría su cuerpo, sintió calor, las náuseas regresaron. Pensó que era mejor vomitar, intentó ir al baño así fuese a rastras, pero al darse cuenta de que sangraba por la nariz y por las encías llamó a la recepción del hotel para pedir ayuda, luego se tumbó en la cama.

Como en un sueño vio que de su bolso salía una mariposa de peluche. Su mirada siguió el vuelo a la par que se desmayó mientras, tocaban a su puerta.

Como no hubo respuesta los empleados abrieron y encontraron su cuerpo con los ojos hacia el infinito.

La oruga megalopyge opercularis, uno de sus «souvenir», se había trasformado en mariposa. En su aleteo se llevó la evidencia más importante de su imprudente paseo, aunque queda el video. Los empleados llamaron a las autoridades y éstas trasladaron su cuerpo a la morgue con discreción. Los demás turistas no notaron su ausencia.


4 comentarios sobre “Peligroso souvenir del Amazonas (relato corto)

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  1. Me ha echo gracia lo de “comer cosas raras” pero me ha llamado tanto la atención la yuca … hmmm … que rico!! con salsa, o con caracoles de guinea. Lo siento pero está muy bueno el plátano frito y todo lo que se puede encontrar las ciudades y pueblos. ¡Hay que investigar! Y sobre el relato, qué te voy a decir, si lo haces genial. Es un buen inspirador a iniciarse a probar cosas nuevas, pero con prudencia. Un saludo!! K

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