Grietas domésticas (relato corto)

Una madeja de fibras me cerró el acceso a los pensamientos de Anier, quien volvió a sentir sonidos que no corresponden con las desorganizadas imágenes. En un intento por organizar, me detuve en unas siluetas lejanas de su mente. Distinguí una tarde soleada, una salida en pareja que prometía terminar en noche de estrellas infinitas. Algunas copas de árboles rodeaban aquellas pequeñas y acogedoras mesas dispuestas como un oasis en mitad del parque. Logramos centrarnos en esa visión.

De aquellos árboles salieron los dos jóvenes, que aún poseían sus andares rápidos y decididos. Entusiasmados en su conversación y sin prestarle mucha atención al entorno se toparon con el lugar y la pareja. Tomaron asiento, celebraron  la «casualidad» así la llamaron, aunque Anier no le pareció tal. No era la primera vez que estos dos se presentan para interrumpir la velada con preguntas urgentes y necesarias para avanzar en sus vidas y con el proyecto, según decían y que Onagnaz con una paciencia que le gustaba poner en práctica solo con ellos respondía gustoso. Así, entre tazas de cafés y tartas multiplicadas por preguntas y sus respectivas respuestas, esa tarde la situación se alargó durante mucho tiempo. Cuando por fin la pareja recuperó su soledad había estrellas sí, pero sin intimidad.

Fue en el paseo corto, pausado y contemplativo que los llevaría de vuelta a casa cuando Anier, traicionada por el cansancio de una conversación circular y la sensación que queda después de ingerir tanto café, se refirió a esos dos. Pero no los llamó por sus nombres, sino por el apodo que les daba a cada uno para sí misma. Una vez que estos motes salieron de su boca ya no pudo recogerlos. Ante esta ocurrencia Onagnaz sonrío y ella se sintió liberada de su secreto. Desde ese momento compartió esos apodos abiertamente con él, porque confió en que sería «uno de esos elementos que hacen cómplices a las parejas» según me dijo.

Llegaron otras imágenes en donde surgían conatos de «intercambios de opiniones» como le gustaba llamarlos a Onagnaz, aunque en realidad eran brotes de discusión en la incipiente pareja que aún sin hijos y con esta presencia constante ya eran mucho más de dos. Anier empezó a ser consciente de que ya no podía reclamarle al que fue su compañero.  «Se construyeron formas sobre un fondo agrietado» reconoció buscando mi mirada. Ahora también yo veía claramente esas grietas.

MALAS DECISIONES

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