Amores perrunos (Relato corto)

Esa mañana Luisa salió al jardín para cuidar sus rosales, pero el alboroto de los vecinos atrajo su atención.

— ¡Ya nacieron…! —Se decían unos a otros con evidente alegría, ella prestó atención para enterarse quiénes eran esos recién nacidos causantes de tal algarabía.  

—La pekinesa de María tuvo cachorros —escuchó y tras estas palabras los vecinos se enfilaron tres calles más abajo para conocerlos. Luisa salió de su casa y se unió a ellos.

Sin intención de perturbar a los recién nacidos llamaron a la puerta con precaución, pero la euforia del grupo era efervescente. Al abrir, María se vio obligada a demandar calma y silencio. Luego los invitó a pasar al salón de dos en dos para mostrar con orgullo la cesta en donde descansaban la madre y sus crías, mientras Luisa y el resto aguardaban su turno expectantes y en absoluto silencio.  

Al tocarle el turno a Luisa una perrita abrió sus enormes ojos color de miel y le devolvió la mirada. El corazón de Luisa dio un vuelco y quedó prendada de ella.

Llegó a su casa emocionada, les contó a todos sus hijos lo hermoso que eran los perritos, en especial esa pequeñita que la miró de una forma tan expresiva. A partir de ese momento no perdió oportunidad de visitar a María y llevar algún aperitivo para la familia perruna, en particular para la de los ojos grandes y mirada expresiva que crecía un poco al margen de la manada.

Pasaron los meses hasta que una mañana María informó que muy a su pesar debía regalar a los cachorros, se tenía que mudar a una nueva vivienda mucho más pequeña. Entonces Luisa decidió adoptar a esa perrita que siempre estaba solitaria y que la miraba con sus enormes ojos.

—Pensé que por ser la más pequeña y un poco retraída no iba a encontrar un hogar —dijo María entre melancólica y feliz, luego continuo: —Estaba preocupada, creía que tendría que llevarla algún refugio.  

—No te preocupes por ella, la voy a cuidar bien — dijo Luisa y le dio unas palmaditas en el hombro para darle ánimos antes de agregar: —además, puedes venir a visitarla si quieres.

María le entregó a la perrita, Luisa la abrazó y se fue feliz. Al entrar a su casa todos sus hijos se sorprendieron al verla.

—¿Cómo se llama? —Preguntaron casi al unísono mientras le acariciaban su pelaje abundante, largo, liso y se la pasaban de un brazo a otro.

—Muñeca —respondió Luisa sin titubear. Al escuchar ese nombre la perrita la miró y movió su hermosa cola en señal de aprobación.

La familia pasó muchos meses feliz por compartir con Muñeca los días y las noches. Sin embargo, algo raro ocurría, aunque ella no estaba enferma no ladraba, no emitía ningún sonido, tan solo levantaba la cabeza y sus enormes ojos quedaban enmarcados por sus largas orejas colgadas a ambos lados de su rostro que hacían el marco perfecto a su expresión. De esa manera un tanto teatral, ella miraba y todos entendían lo que quería decir. Así ocurrió durante el año que vivió como dueña y señora de esa casa y sus habitantes. Hasta que un día apareció una de las hijas de Luisa con otro perrito al que llamaron Negrito, por su color. Muñeca vio opacado su reinado, lo observó distante y recelosa.

La alegre personalidad de Negrito rompió la desconfianza de Muñeca. Se hicieron amigos, aunque en el ambiente se notaba que él escondía otras intensiones hacia ella. Se ponía en evidencia en los pequeños gestos: él se apartaba para que ella decidiera en cuál plato comer, lo mismo ocurría con los juguetes o con las chucherías, Negrito lo tomaba con cuidado y se lo llevaba a Muñeca para que ella decidiera si lo compartía o no con él. Durante dos años Negrito se mantuvo atento a sus necesidades, complaciente en todo momento, sin perder oportunidad para jugar con ella, hacerle gracias, regalos, hasta ladraba escondido en el jardín para no molestar el mutismo de ella. En la casa de Luisa reían con estas ocurrencias.

Pero una tarde esa rutina se rompió con la visita de una pareja y sus niños. Muñeca con la cara furiosa se puso en pie y en un rincón de la sala acorraló a uno de los niños de la visita. Amenazante no paró de ladrar. El asombro paralizó a la familia hasta que Luisa reaccionó ante los ladridos:

—¡Puede hablar! ¡ladra! —dijo llena de alegría.

Los habitantes de la casa celebraron jubilosos ante el asombro y el susto de la pareja de invitados que no entendía lo que ocurría y tampoco se atrevían alejar a su hijo de Muñeca, porque era la furia hecha perro. Daba terror. Al cabo de unos segundos Muñeca mostró sus colmillos y fue decidida a las piernas del niño, quien aterrado soltó la mochila que tenía aprisionada en su pecho. Al caer al suelo la mochila se abrió y dejó libre a Negrito, quien también le mostró los colmillos al niño y sin dejar de mirarlo caminó en dirección a Muñeca.

Ya juntos se calmaron. Se acomodaron en el cojín que desde ese momento compartirían. Parecían una pareja de reyes después de ganar un gran batalla. El silencio en la familia fue de absoluto respeto. Los invitados se excusaron, se fueron y nunca más los volvieron a ver. Desde ese día, Negrito y Muñeca vivieron un sólido romance.

A partir de allí ladraban a la par, corrían por toda la casa, se escondían detrás de los muebles para asustar a la familia, disfrutaban de tomar el sol entre los rosales, correteaban y se revolcaban por el jardín a sus anchas. Los mimos y juegos se multiplicaron. Una vez encontraron la puerta del jardín abierta y salieron a investigar por las calles. Luisa los buscó al darse cuenta de que los perros no estaban. Al encontrarlos se los llevó a la casa en brazos no sin reprender y tachar de mal comportamiento esa salida sin humanos. Los regañó para que no lo volvieran hacer, pero ellos no hicieron caso y al cabo de un tiempo aprovecharon un descuido para volver a salir solos.

Luisa no se había enterado de esa escapada, desde su cocina escuchó un golpe fuerte y los frenos de un auto. El corazón le dio un vuelco. Corrió, encontró a Muñeca y a Negrito que caminaban despacio hacia la casa. Les abrió la puerta del jardín y ellos entraron.

Al llegar a los escalones del porche delantero Muñeca se acostó, miró a Negrito con sus enormes ojos, los cerró y murió. A su lado Negrito lloraba desconsolado, Luisa no pudo hacer nada.

Pasaron los días y la tristeza no abandonó a Negrito, la familia le hizo mimos e intentó animarlo, pero él ya no jugaba. Solo quiso sentarse en el escalón donde Muñeca había muerto para suspirar y llorar muy quedo, con un lamento profundo que arrancaba las lágrimas de Luisa y todos sus hijos. Un día su lamento se convirtió en un sonido extraño, como de despedida, luego cerró sus hermosos ojitos. La familia de Luisa disfrutó por muchos, muchos años de ellos y con gran pesar entendió que se fue al encuentro de Muñeca, su gran amor.


Este relato está basado en una historia real, con algo de fantasía. Recuerdo los momentos alegres, divertidos que vivimos con Muñeca (la perrita que enamoró a mi madre) y Negrito (mi primer amigo perruno). Decirle adiós a ellos fue muy triste y doloroso, como suelen ser las despedidas inesperadas.


Publicado por rosaboschetti

Relatos, historias, ilustraciones… y flexiones sobre arte

3 comentarios sobre “Amores perrunos (Relato corto)

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