El insurrecto Acacio (Relato corto)

En ciudad Agnus la noticia corrió como pólvora. Muchos fueron los curiosos que se acercaron al restaurante más cercano para vivir en carne propia esa experiencia tan extraña, algunos se sorprendieron y la buscaron en el periódico Agnus Hoy para verificar la información.

Los fieles seguidores de EMCU aplaudieron la iniciativa. Era muy loable ayudar a los niños pobres de los pueblos vecinos ya que, desde que EMCU tomó el poder, en Agnus no había pobreza. Por el contrario, la abundancia era tal que los restaurantes tiraban toneladas de comida y ni qué decir de los inconscientes que malgastaban mercados completos sin ningún remordimiento. Los saboteadores del nuevo orden intentaron oponerse a la nueva normativa, pero temerosos por las represalias la mayoría terminó por guardara silencio.

Muy pocos, sumergidos en sus propias burbujas, no se enteraron de la noticia. Acacio fue uno de ellos. A la hora del almuerzo se acercó a su restaurante favorito, como de costumbre. Ordenó el menú de todos los días. Al terminar no se percató que en el plato quedaron algunas migajas y en el vaso un último sorbo de la bebida. Satisfecho con la comida, pidió la cuenta. Sorprendido por el monto, que duplicaba el coste normal, llamó al mesero. Preguntó por ese recargo y Alfredo respondió con su sonrisa de quita y pon.

—Es la nueva ley. Si no se consume todo lo que pidió hay un recargo de dos monedas por cada sobra de comida o bebida que deje.

—No entiendo, pero si son migajas de pan, algo de salsa de tomate, unas gotas de bebida ¿Cómo puede duplicar la cantidad? Además, ¿Cómo recojo una pocas migas si no se pueden ni coger? Y en el vaso ¡lo que deje fue hielo! haber puesto menos cantidad.

—Eso debió pensarlo antes de pedir el plato.

—Y si dejo el plato limpio y el vaso vacío ¿Qué pasa?

—La cuenta es la de siempre.

—Entonces trae lo que te llevaste que lo voy a limpiar.

—Lo lamento, pero ya no se puede. Los sobrantes de bebidas y comidas ya están en los recipientes para ser convertidos en deliciosos potajes y mermeladas. Luego serán donados a los pueblos vecinos para que los niños pobres puedan comer algo nutritivo.

—¡Eso es absurdo!

Al advertir el desacato del cliente el dueño del local se presentó a la mesa, seguido por un par de personas uniformadas de azul. Eran los llamados EA, Educadores Alimenticios y cuidadores del nuevo orden. El dueño se dirigió a Acacio con tono amable:

—Veo que está inconforme con la cuenta. Debo informarle que la hambruna en los pueblos vecinos se ha desatado gracias a la miseria que los embarga y aunque en ciudad Agnus no tenemos habitantes con problemas económicos, nuestras autoridades han tomado medidas efectivas para controlar el desperdicio de los alimentos. ¿Usted se opone acatarlas?

— ¡No sé de qué me habla! No me pueden cobrar el doble por haber dejado en el plato migas de pan… —No pudo terminar su frase porque los EA le solicitaron sus documentos. De no entregarlos, lo arrestarían por originar una revuelta en un lugar público. Ante esa amenaza, Acacio se vio obligado a obedecer. Tomaron nota, luego pidieron que pagara la cuenta y se retirara.

Acacio llegó al trabajo molesto y sorprendido. Una compañera preguntó qué ocurría y él contó lo sucedido.

—¿No te habías enterado? —dijo ella y ante su pregunta se topó con la mirada de asombro de Acacio. Se hinchó de poder al explicarle: —Las autoridades han decidido educar al pueblo. Por eso en los restaurantes, bares y en fin, en todo lugar que se expendan comidas y bebidas te cobrarán dos monedas por cada migaja que se deje en el plato. Con esas sobras preparan deliciosos potajes y mermeladas. Así los niños pobres de los pueblos vecinos aprenden a saborear delicias que desconocen. El dinero recolectado se divide entre los comerciantes y las autoridades. Los primeros no pierden su inversión y los representantes del nuevo orden pueden cubrir los gastos de logísticas y los nuevos empleos de los EA. ¿Sabes quiénes son, verdad? —Acacio asiente con la cabeza y ella se aleja satisfecha de haber transmitido el mensaje con claridad.

Pasó la tarde rumiando su frustración y decidió que a la salida del trabajo pasaría por el supermercado para comprar algo y preparar la comida en su casa, aunque tardara toda la noche. No volvería a comer nunca más en ningún restaurante, él no iba a colaborar con esa locura.

Así lo hizo, pero cuál no sería su sorpresa que antes de llegar a la caja para pagar lo interceptaron algunos agentes de la EA. Revisaron su compra, preguntaron para cuántas personas cocinaría y al decir que solo para él, le retiraron varios alimentos. Molesto, Acacio se opuso y los EA le pidieron sus documentos. De no entregarlos, lo arrestarían por originar una revuelta en un lugar público. Ante la experiencia que vivió en el restaurante, se los entregó. Éstos leyeron el documento y llamaron a un escuadrón.

—Tenemos a un disidente. En un mismo día lleva dos faltas.

Sin darle tiempo a reaccionar y ante las miradas de reproche de los presentes se lo llevaron esposado. Pasó la noche detenido. A la mañana siguiente lo despertaron casi de madrugada para que asistiera a una charla sobre alimentación y economía global. En la sala se encontró con otras personas y en silencio escucharon por dos horas las palabras de varios expertos.

Llegó el momento de practicar una de las recetas, de las muchas que se habían indicado. El chef los invitó a degustar un plato hecho a base de conchas fritas de plátano, acompañadas con un guiso de cebolla, ajo y tomate.

Para Acacio fue una tortura. Por temor a las nuevas represalias se vio obligado a comer su parte, tuvo que hacer un esfuerzo para ocultar las muecas de desagrado y las arcadas que aquel plato le provocaron. Mientras comía, observó a los demás: la sala estaba en perfecto mutismo, algunos con cara de asco mal disimulada, otros pocos toleraron bien el plato y hasta pareció gustarle. Acacio tan solo deseaba que los dejaran irse. Al terminar les dieron un carnet para que se presentaran todas las semanas, durante seis meses, a los diferentes cursos que debían aprobar. Luego los dejaron en libertad. Ya casi era la hora de entrada a su trabajo. Tomó un taxi y aún molesto, se dirigió para allá.

Al llegar no pudo pasar la tarjeta de entrada. En recepción informaron que estaba despedido. Quiso hablar con alguien de RRHH para saber el motivo, pero los guardias de seguridad llamaron a los defensores del orden y de nuevo fue detenido.

Al día siguiente, en el periódico Agnus Hoy se leyó la noticia:

Las autoridades han capturado a un individuo peligroso, que amenazó en varios lugares público a un grupo de ciudadanos. Fue un caso aislado, al parecer el sujeto era asiduo al consumo. No se han registrado, por el momento, más casos de insubordinados al nuevo orden establecido.

Agnus hoy

Publicado por rosaboschetti

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4 comentarios sobre “El insurrecto Acacio (Relato corto)

  1. Buenas tardes, Rosa.
    Pues no estaría mal la medida, al menos para algunos. Me entra una cosa mala cuando veo como la gente pide de más y deja los platos casi llenos. Y de los buffets no te digo ná.
    A mí desde luego no me multan, siempre rebaño el plato. 😝
    Aunque en el super, no sé yo. 🤦🏻‍♂️
    Muy buen relato. Te hace pensar y sentir empatía.
    Un abrazo.

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    1. Hola JascNet. jajaja a mí tampoco me cobrarían de más😁, yo también dejo el plato limpio. Tu comentario me hace pensar en una nueva idea: que las autoridades de ciudad Agnus consideren esta actitud como algo malo y se inventen otra normativa para los golosos como nosotros jajajaja 😁
      A mí esa manía de «regularlo todo» que se apoderó de ellos, me pone nerviosa. Gracias por el comentario. Un abrazo 🐾

      Le gusta a 1 persona

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