Lo único que se mueve aquí es la luz, pero lo cambia todo para que nada cambie.
Trimestre complicado
En aquella conversación por chat, Saturnino le comentó que en la empresa donde él trabaja buscan informáticos con experiencia. Acacio, luego de que Virginia, su esposa, investigara los requisitos que exigían y comprobara que él cumple con las expectativas del cargo, se apresuró a solicitar una plaza. Después de varias pruebas, entrevistas y gracias a la intervención de su amigo, a la buena suerte, al apoyo de su pareja o a su talento, fue seleccionado. Quedaron atrás los años de incertidumbre y esa desesperada búsqueda de empleo para trabajar en lo que salga. Aunque aún le falta comprobar si superó con éxito el trimestre no remunerado de entrenamiento.
El tiempo transcurre rápido. Sin que se dé cuenta llega el momento de asistir a la reunión para evaluar los resultados. Acacio presiente que pasó con éxito el período de prueba. Piensa que fue acertado seguir los consejos de su nuevo compañero de trabajo, al que llaman In. Por alguna razón que desconoce, no se da cuenta que eran iguales a los que les sugería Virginia. Presiente que las palabras de ella se basan en elucubraciones, mientras que In conoce bien la institución; por lo tanto, se ajustan a la realidad.

Con ánimo se dirige al salón. Los organizadores les indican a los nuevos en dónde deben sentarse. Acacio, a lo lejos, divisa a Saturnino. Durante esos tres meses de prueba no ha tenido tiempo para hablar con él; sin embargo, sabe que es su mejor amigo. Ambos levantan los pulgares de la mano derecha como saludo. Cuando se completan los asientos, el silencio da paso a las palabras de los directivos.
Para Acacio, el breve discurso de Onagnaz, el presidente de la empresa, sirve de motivación para plantearse superar las metas del proyecto en el cual trabaja. Se volvió a impresionar con sus planteamientos; de nuevo reconoció que era un individuo brillante y profundo en sus opiniones. Compartió con Saturnino la admiración hacia su persona; comprendió por qué lo respeta tanto, lo cita y menciona en cada conversación que tienen. Por otro lado, las palabras del gerente Víctor le interesan, son precisas y directas.
El compañero que está a su lado, al igual que él, permanece atento durante la presentación. La oportuna intervención de Anier, la directora general de proyectos, jefe y amiga personal de Saturnino y una posible amistad suya, lo hace pensar sobre algunos aspectos que no había contemplado. A medida que su suave voz se cuela en la sala, él y su vecino de asiento intercambian miradas y pequeños gestos de aprobación a las ideas que ella presenta. En el turno del subgerente, llamado Daniel, se emociona como si presenciara una obra de teatro. Sus ademanes acompañan a la excelente voz que juega con varios tonos para dar un ritmo envolvente a su charla. Es imposible no prestarle atención; sin embargo, tanta pasión desbordada en la exposición y al extenderse más allá del horario establecido, lo abruma.
Se empieza a sentir el cansancio en los glúteos apoyados en las sillas tapizadas en tela azul damasco; las piernas piden un poco de movilidad.

Con discreción se turna el peso del cuerpo, que también comienza a extrañar un reposabrazos. Él no es el único que se mueve lento y constante dentro de su silla. Ansioso espera el cierre de la reunión y con el compañero que está a su lado cruza unos breves susurros. Se preguntan cómo y cuándo será el anuncio de los seleccionados.
Ambos quieren llegar a casa con una buena noticia; sin embargo, Daniel se extiende demasiado en sus explicaciones nada técnicas y más cercanas al discurso de motivación. Para disimular que perdió el interés en esa intervención, Acacio asume una actitud de fingida atención; no obstante, mantener la espalda erguida y los ojos abiertos se torna una labor difícil, por lo que disimula al hojear el material que entregaron a la entrada. Abre la carpeta con el dossier y lo lee, pero a pesar de esforzarse, no lo comprende. Organiza las páginas para encontrar algún orden lógico en el contenido y aunque no lo logra, le ayuda a disfrazar el hastío.
Sus pensamientos se interrumpen cuando se da cuenta de la salida de Onagnaz y Anier de la sala. Los presentes entienden que la sesión está por finalizar. Con susurros se preguntan: —¿Cómo será la notificación de los seleccionados? —…por lo general lo hacen en privado, por escrito… Estas reflexiones no los calman, solo consiguen aumentar la ansiedad y se resignan a su suerte. Piensan que ya se enterarán; el cansancio que sienten los abruma y se preparan para la retirada. Acacio respira. Su angustia crece al pensar que se irá sin conocer los resultados, pero, por otro lado, se siente aliviado al no tener que fingir más. Se mueve decidido a ser uno de los primeros en abandonar el salón; sin embargo, la voz de Daniel se impone.
—Este trimestre ha sido crucial en nuestra investigación. Aquellos que carecen de la implicación necesaria para el proyecto no continuarán con nosotros. Si escuchan su nombre, por favor, retírense. —Víctor, cuya mirada parece traspasar el alma sobre quien la posa, no se mueve de su asiento. Observa en silencio cómo los asistentes se incrustan en sus asientos.
A medida que el subgerente parece regocijarse con la lectura del listado de nombres y apellidos, el cual recita lento y pausado, el semblante de los presentes se llena de asombro al oír mencionar a compañeros que no esperaban. Fue una sorpresa saber que no contratan a los que el grupo consideró los profesionales más destacados y el estupor fue mayor al citar a antiguos empleados.
Los murmullos entrecortados recorren las filas de asientos; repiten preguntas sobre el criterio de la selección. Sus voces se hacen sonoras; algunas se escuchan como gemidos, otras son gimoteos lastimosos que, al unificarse, se convierten en un bramido difícil de ignorar. La incertidumbre se apodera del espacio. Algunos se levantan para exigir explicaciones. Otros de los nombrados alzan la voz para pedir razones a Onagnaz, el presidente de la institución, que ya no está en el salón. Daniel continúa y se detiene luego del apellido de cada uno, un poco para medir la reacción del afectado o bien para dejar fluir el drama de los acontecimientos. Para él la teatralidad es algo natural y junto con Víctor disfrutan de la puesta en escena en las diversas intervenciones que realizan.

Los que aún no han sido mencionados permanecen en silencio; temerosos, se tragan sus expresiones.
No desean escuchar sus nombres, por lo que intentan pasar desapercibidos. Un laberinto de voces se enciende y apaga en toda el área. Lamentos, apelaciones al reconocimiento del buen desempeño, peticiones para hablar con representantes sindicales, amenazas con leyes laborales… Daniel no disimula su expresión de agrado con el giro dramático que le ha dado a esta reunión tan técnica y seria.
A los pocos minutos de la ebullición de emociones por parte de los afectados, Víctor hace una señal con sus ojos y los empleados fieles a él empiezan a actuar en el salón. Algunos se levantan de sus sillas y se dirigen a hurtadillas hacia los que vociferan reclamos desde sus asientos. Hablan en un tono de voz muy bajo; Acacio no logra escuchar lo que dicen. Presiente que es algo definitivo porque estos dejan de gritar y salen sin disimular su enfado. Alguien se va solo, pero son más los que se resisten y son sutilmente cogidos de hombros y codos para ser guiados hasta la puerta de salida, que se cierra tras ellos. Un grupo de trabajadores de confianza interpelan a gritos a los compañeros que se han puesto en pie para exigir explicaciones. Las palabras atropelladas de unos y otros se confunden en el tumulto de frases perdidas.
En medio del caos, Acacio y su vecino de asiento permanecen en silencio, paralizados en sus sillas, hasta que escuchan el nombre de uno de ellos.
De inmediato, sus miradas se cruzan y quedan clavadas en las respectivas pupilas del otro.

El compañero es poseído por la indignación que llena de sangre sus mejillas y lo eleva con ímpetu y determinación desbordada. Como un poseso, mira al frente, se levanta y grita:
—Ayer me dijeron que mi desempeño era ejemplar, no dejaron de felicitarme y ¿hoy me despiden? ¡No tiene sentido!
Habló tan fuerte, rápido y alto que, al terminar, perdió el equilibrio y cayó desplomado en la silla. Acacio permanece inmóvil, no encuentra palabras; el miedo encontró cabida en su interior y se dibujó en sus ojos. Siente que unas manos lo apartan y toman al colega que, sin resistencia, se retira. Intentó interponerse; sin embargo, pensó que de momento la fortuna le sonríe, pero que no debía tentarla al apoyar a un individuo que conoció apenas hace tres meses.
Aún la lista no había terminado de pronunciarse. Luego de tanto tiempo de gastos y esfuerzo sin remuneración alguna, Acacio no podía permitirse ni siquiera el pensar en que no consiguió el trabajo. Buscó con los ojos a su amigo Saturnino y cuando sus miradas se cruzaron, él levantó el pulgar; una sonrisa se asomó en su rostro en señal de que todo iría bien. Lo conocía y sabía que ese gesto no significaba que él tuviera conocimiento de algo extraordinario; solo era apoyo moral, pero lo tranquilizó.
Decidió quedarse inmóvil, con la expresión más neutra que pudo colocar en su rostro. Sin embargo, su semblante deja descubrir brevemente una pizca de asombro al percibir que Emma, la cual permanece sentada al lado contrario del colega que ya no está, extiende su brazo para cruzarlo sobre él; con el cuerpo ladeado, busca dialogar con el que se encuentra en la silla próxima a la vacía, que recién ha sido nombrado.
—Será mejor que te retires. Con este alboroto, no vas a conseguir hablar con nadie —dice ella con su voz modulada y convincente.
Después se levanta e ignora la existencia de Acacio, que ha quedado en medio del trío. Puede observar el cabello recogido en su nuca y cómo toma al otro despedido por el codo para impulsar que se levante. Lo hace con sutileza, habla en voz baja, únicamente para que él escuche.

La mirada de Acacio se pierde detrás de Emma, quien persuade tan solo con su presencia. Al caminar, luce su sobrio traje de taller marrón y jersey verde de cuello de cisne. Con una voz bien modulada conduce al inesperado excompañero hasta la salida.
De repente, la voz de Daniel sobresale y lo obliga a mirar al frente:
—Por favor, ¡sean respetuosos! Se abrirán canales de comunicación para dar las explicaciones que consideremos oportunas.
—¡Esto es el colmo, exigen lo que ustedes no son capaces de dar! —Se escuchó decir a uno, antes de ser guiado fuera del salón.
Víctor hace otro gesto y los empleados que custodian las puertas, para impedir que alguien se devuelva y continúe con los reclamos, se dispersan por el pasillo hasta la salida del edificio. Daniel contempla el salón semivacío y continúa cual anuncio publicitario:
—¡Le damos la bienvenida a los que han salido victoriosos en el duro entrenamiento! Entre ellos, una promesa en el campo de la informática y por ende de nuestra investigación: ¡Acacio Blanco Albar!
Estas palabras crean un nuevo, aunque discreto, revuelo. Las miradas de los presentes se clavan en la piel de Acacio, quien, aplastado en su asiento, desea desaparecer. Siente una mano en su hombro que lo coge desde atrás, por encima de su silla. Luego, un aliento fresco que se acerca a su nuca. Es uno de los compañeros con los que ha compartido taxi en estos meses y le ha dado tan buenos consejos. Ese, al que llaman In, le dice:
—No seas tímido, disfruta. Es tu momento. —Acacio, entre sorprendido y abrumado, mueve la cabeza. In, para calmar su ánimo, se ríe y le dice: —Cuando llegues a tu casa con la buena noticia, prepárate,… te espera una larga noche de pasión…
Acacio responde con una tímida risa. In suelta una carcajada y luego continúa:
—Después de eso, cuando comience a disponer de tu sueldo, te diga con quién puedes reunirte o no, a qué hora debes llegar… no te quejes… Y echa mano de tus amigos, que para eso estamos; sabes que cuentas conmigo para lo que necesites. Recuerda que la mujer es un juguete peligroso para el hombre y también una fuerza estratégica.
En el salón, las risas continúan; se pierden entre el nervioso mutismo por parte de los seleccionados y la euforia desmedida en los aplausos de los antiguos empleados; el encuentro termina de forma inesperada. El recinto se vacía poco a poco.
Manuel usa sus habituales frases ocurrentes para indicar que la salida de emergencia ha permanecido abierta y que el portón principal tiene ya muchas horas cerrado. Solo una abeja trasnochada y perdida parece divertirse con sus palabras. En otras circunstancias, las personas a las que están dirigidos estos mensajes también se hubiesen reído, pero lo miran con desaprobación mientras murmuran entre ellos. Él continúa con sus expresiones graciosas hasta que se encuentra con Víctor y Daniel, últimos en abandonar el recinto; entonces su semblante se vuelve más profesional y servicial.
Estos dos se detienen a contemplar su mirada. Le hablan despacio mientras caminan pausadamente hasta la salida. En la mente de Manuel retumba la frase de Víctor para explicar lo que había pasado esa noche en la reunión: «Lo bueno de la vida no debe ser solo para algunos, sino que todos debemos participar de ellas; aunque unos pocos son los llamados a construir sus bases y son todavía menos los que están en capacidad de disfrutarlas». Se queda meditabundo sobre esos asuntos de respuestas nada fáciles ni rápidas. En ese momento se siente un individuo valorado. Se encuentra muy impresionado por la inteligencia de ellos para aclarar las verdades que se ocultan ante sus ojos.
Al regresar a la sala de reuniones, contempla el descomunal desorden. Debe arreglarlo para que esté impecable en la mañana. Es la misma rutina de todas las noches: Manuel sale de su diminuta pieza anexa al salón, en donde ha permanecido sentado en su silla plegable de metal, en espera a que finalicen. Organiza las sillas y mesas. Recoge papeles, restos de vasos con cafés, servilletas. Limpia la amplia área y apaga las luces. Termina exhausto, ya que su horario se extiende habitualmente mucho más de la jornada establecida; pese a ello, al mismo tiempo que concluye su labor, piensa: «Las cosas que opinan los expertos son en verdad interesantes. Saben lo que dicen y lo hacen con elegancia». Se siente muy afortunado al poder escuchar fragmentos de esas intervenciones, a pesar de las inevitables cabezadas que da mientras aguarda a que terminen.

Mientras, en la calle, Acacio se encuentra a los que fueron despedidos y al grupo que espera a Víctor y a Daniel para continuar la charla en otro lugar. Los dos están claramente diferenciados. Unos y otros hablan entre ellos sobre las respectivas estrategias a seguir en los próximos días.
En la confusión, Acacio ha perdido de vista a Saturnino; al parecer, este ya se ha marchado. Como se ha hecho costumbre durante estos tres meses de prueba, pide un taxi para que lo venga a recoger y se encuentra a la espera. Camina con discreción, busca alejarse de ambos bandos. Se percata de que una abeja permanece cerca de él; le parece extraño que ronde por ese sitio a esas horas; se queda parado para dejarla transitar con libertad. Observa a lo lejos cómo la gente que va con los directivos se desplaza y se desvanece en la huida de vehículos particulares.
Avanza un poco y se sorprende al observar que los cuerpos de los ahora excompañeros se desvanecen; sus figuras se han transformado en siluetas impersonales. Él no sabe si lo que le impide distinguirlos es la noche cerrada, el ángulo de su visión en la esquina del callejón opuesto o es la situación que convierte a estas personas en seres sin presencia. Lo cierto es que los compañeros reunidos allí afuera dejan sus formas naturales para convertirse en sombras. Solo conservan en sus voces algunas características individuales.
A manera de susurro, el viento eleva algunas voces del grupo que aún permanece en el calor del debate. Se escuchan como si fueran ajenas, pero muy cercanas al corazón de Acacio:
—En cinco años, no tengo ni una amonestación, ¿cuál es la excusa para despedirme? —¿Nos van a pagar? —Deberían pagarnos el doble y liquidarnos muy bien, es un despido injustificado. —Dijeron que iban a abrir canales de comunicación para dar las explicaciones que ellos consideren oportunas, ¡qué irónicos! —¿Será que se van a declarar en quiebra? —No lo creo, han despedido a unos y contratado a otros. —Eso no se entiende. —Necesitamos la ayuda del sindicato, debemos permanecer unidos.
Acacio Blanco Albar distingue la voz del que estaba sentado a su lado y aumenta su incomodidad; se siente obligado a dar una palabra de aliento a quien compartió con él horas de café y consejos profesionales. Nervioso, se percata de que la abeja vuelve a revolotear cerca. Respira profundo, cierra los ojos mientras espera a que aparezca Saturnino, a que llegue el taxi, a que la abeja se aleje o que los compañeros se retiren. Vive el tormento de no poder decidir si se arriesga y se une a las palabras de los despedidos o permanece aislado en la esquina, con los oídos sordos a su conciencia.
Continua en: El taxi
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La mafia empresarial siempre ha jugado con el esclavo, por eso mejor no darles más de lo estrictamente necesario.
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Hola Cabrónidas, gracias por el comentario. Vamos a ver cómo lo resuelve Acacio. Un abrazo 🐾
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Hola, Rosa.
Inquietante relato. He vivido esa atmósfera y es peor que la casa del terror. Te juegas las ilusiones, el futuro y la autoestima. Es cruel y doloroso, pero así es la vida. Para que unos avancen, otros se tienen que quedar en el camino.
Veremos como enfrenta el destino Acacio.
Espero no perderme la continuación. Ya sabes como va mi cabeza.
Felicidades. Un Abrazo
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Hola José, lamento que tú también hayas pasado por esa experiencia, en esas circunstancias es muy cierto que la realidad supera a la ficción. Quiero que Arcadio salga victorioso, pero sabemos cómo es esto. Vamos a esperar para ver qué pasa con él.
Por otro lado también creo que. llegado el momento, hay que echarse a un lado y darle paso a otros, pero no me parece justo que se haga a través de un espectáculo público.
Gracias por el comentario. Un abrazo 🐾
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Buen día Rosa, te paso link, ya publicaremos la segunda parte. saludos jua,n
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Hola Juan. Gracias por compartirlo. Un abrazo 🐾
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