Lo único que se mueve aquí es la luz, pero lo cambia todo para que nada cambie.
Intercambios interdepartamentales de documentos
La charla pre-jornada de esa mañana se limitó a un café rápido, un breve saludo, un comentario, alguna broma al aire y carrera al puesto de trabajo porque, aunque nadie parece recordar a los compañeros despedidos, el término insubordinado quedó plasmado en la memoria de todos como una amenaza latente para los que pretendan salirse de las normas.
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Acacio Blanco Albar pretende cobrarles a sus compañeros el monto que le corresponde a cada uno de ellos por compartir, varias noches, el taxi.

No lo logra y siente que esos recibos le pesan en el bolsillo. Por otro lado, Juan Peña y Emma lo escuchan hablar por teléfono y malinterpretan sus palabras.
Acacio, al entrar a su puesto de trabajo, lo primero que visualiza son las figuras de Juan Peña y Emma. Éstos esperan que todos estén en sus respectivos puestos para explicarles que se van a realizar intercambios interdepartamentales con los documentos de la investigación, los que encontraron el día anterior en sus escritorios. Por lo tanto, hay que llevar algunos en físico, previa copia de los mismos, a otros departamentos y el resto enviarlos por correo electrónico: —Me refiero a todos los documentos —dice Juan Peña. Emma asiente con la cabeza; los más fieles imitan su movimiento y lo acompañan con murmullos de afirmación. Juan Peña continúa:
—Los realizados en los ordenadores deben imprimirse con copia y llevarlos: Uno, al departamento de investigación general y el otro, al departamento de evaluación.
—Les sugiero que pasen primero por mi departamento. Porque yo les voy a dar, como acuse de recibo, un formulario para que lo llenen —dice Emma. —Es indispensable que escriban, con letra clara, el número del documento; además del apellido, nombre, código de empleado y no se olviden de firmar en el borde derecho de la hoja, antes de escanearla. —Realiza un breve silencio para asegurarse la total atención.
Ella y Juan Peña observan que Acacio es el único que apunta, en un esquema, los pasos a seguir; el resto solo parece que presta atención y embelesados, asienten con sus cabezas.

Luego continúa. —Una vez escaneada, hay que anexarla al certificado correspondiente y de nuevo enviarla por correo al departamento competente. La planilla en papel la guardan en una carpeta de archivo que diga en la etiqueta: Acuse de recibo, seguido por sus nombres y apellidos. Así que, repito, cada uno debe tener un archivador con sus respectivos resguardos. —Concluye y junto con Juan Peña se dirigen al escritorio de Acacio. Juan Peña toma la palabra:
—El documento en el ordenador, al que ya le sacaron las dos copias correspondientes y que se entregaron en sus respectivos departamentos, debe permanecer en la misma carpeta de archivo y enviarlo al correo que tienen señalado en este portal del empleado. —La cual abre en el ordenador de Acacio Blanco Albar y explica al resto del grupo cómo hacerlo. Todos miran al monitor de él y luego al propio. Emma y Juan Peña supervisan que todos tienen el portal abierto, para luego volver al puesto de Acacio.
Juan Peña continúa: —Traten de enviar, por lo menos, veinte correos al día. En sus ordenadores está la página abierta en una pestaña. No la cierren, porque necesitan una contraseña para abrirla y no se las puedo dar y tampoco me voy a quedar con ustedes todo el día… aunque me encantaría… —Dijo esto como una broma. Los fieles seguidores ríen y celebran. —En relación a los documentos que están en papeles, sobre sus escritorios, les daremos las indicaciones más adelante. De momento, deben seleccionarlos por trimestres.
Al terminar de hablar y como al descuido, cierra la página del ordenador de Acacio; luego se dirige junto con Emma a la salida, pero la llamada de éste los detiene en la puerta. El resto de los compañeros, que miran en sus monitores al tan mencionado portal, voltean para observar la escena.
—Acacio Blanco Albar, ¿qué te ocurre? ¿No te quedó clara la información? —El tono de voz y los gestos de Juan Peña le recuerdan a Daniel, el subgerente. Sin embargo, Acacio hace caso omiso a esa impresión y responde de forma amigable:
—No es eso, Juan, es que la página… —Juan Peña lo interrumpe y en tono sarcástico le dice:
—¿¡Ya se cerró tu página…!? ¿Fue un descuido? No pasa nada… Esas cosas ocurren, pero ¿tan rápido… o es que amaneciste despistado…? —dice mientras se acerca junto con Emma; ella introduce la clave y el sitio web vuelve a la pantalla. Juan Peña alza la voz para callar las palabras que apenas se asoman de los labios de Acacio. —Recuerden: ¡No cierren el portal! —Esto lo grita. Todos lo miran y sus rostros reflejan: “¡¿Cerró la página?! ¿Se habrá pasado al grupo de los insubordinados?”
—Nosotros volvemos a media mañana para ver cómo están. Claro… nos pueden llamar si es necesario, pero… procuren no despistarse… —Y de nuevo mira a Acacio.
—Perdona, Juan, yo no cerré la página. Es probable que no te hayas dado cuenta, pero lo hiciste tú… Además, no soy, ni amanecí, despistado.
—Tranquilo, no quise etiquetarte. Por favor, no te sientas mal, que me vas a echar a perder la mañana… —Sus palabras las acompaña con una breve reverencia. Emma esboza una sonrisa y ambos vuelven a la salida. Acacio Blanco Albar trata de explicar al compañero más cercano, quien lo mira con curiosidad, pero éste se da cuenta de su intención y se hunde en el escritorio e impide cualquier conversación.
Todos los presentes se centran en sus ordenadores y mientras sus documentos hacen cola para imprimir las dos copias que deben llevar al departamento de investigación general y al de evaluación, buscan, en la tan mencionada página, el correo de la división al cual enviarlo.
La dichosa página es complicada de manejar: Primero deben poner el PIN del empleado, el nombre y la clave del documento, en ese orden. De lo contrario, regresa al inicio. Al hacerlo de la manera correcta, aparece una pestaña con un Excel que se debe llenar con algunas informaciones; luego surge una contraseña en el borde inferior del monitor, del lado izquierdo, de color azul y al poco tiempo, casi de inmediato, se abre otra que lo devuelve al comienzo y de nuevo, es obligatorio introducir el título del expediente junto con el código que dio la pantalla anterior, para que aparezca la dirección del correo del departamento al cual enviarlo. Se tienen seis segundos para copiarlo. Transcurrido ese lapso, si no se ha introducido el e-mail, retorna al principio y hay que comenzar el proceso.

La mayoría no sabe cómo funciona la página; ni Juan Peña ni Emma lo explicaron, pero algunos ponen cara de saber lo que hacen y prestan una excesiva atención a sus monitores. Otros se centran en organizar las carpetas y miran sobre sus hombros con la secreta esperanza de encontrar a alguien que les explique. El silencio sepulcral se mezcla con la tensión; tan solo se escuchan los pasos de los que van de sus escritorios a la impresora y las voces de los que preguntan de quiénes son los documentos impresos para entregarlos. Han transcurrido más de dos horas y la respiración entrecortada de unos ya comienza a escucharse. Acacio Blanco Albar explota:
—¡Haga lo que haga, vuelve a la página de inicio! Si alguien sabe en dónde aparece la clave para que dé el correo, por favor, que lo diga. ¡Después de lo que pasó, no quiero llamar a Juan Peña ni a Emma!
No hay respuesta, tan solo se escuchan algunos movimientos de sillas, de papeles. Acacio ya está dispuesto a desplazarse a otros escritorios y alguien susurra:
—Es complicada…
—Más que complicada, ¡es absurda! ¡No pienso pasar todo el día en esta tontería!

Se para, camina iracundo. En sus manos lleva el bloc de notas y un lápiz, los cuales siempre guarda en su bolsillo. Apenas sale, uno de ellos corre hacia la puerta para espiar. Se asegura de observar bien para dónde se dirige. Con cara de asombro emite un murmullo audible para todos: —¡Entró a la oficina de Juan Peña y Emma! —El resto de los compañeros comenta: —¡No sabe en qué lío se metió! —Menos mal que fue a buscarlo… si no, nadie saca el trabajo… —Y entre comentarios y comentarios, transcurre el tiempo.
Al entrar Acacio a la oficina de Juan Peña y Emma, éstos se sonríen. Juan Peña, en tono irónico, le pregunta:
—¿Se volvió a cerrar tu página?
—No, Juan, a ustedes se les olvidó explicar cómo abrir la página para encontrar el correo que corresponde a cada documento.
—Pero, ¿era necesario…? Es tan sencilla que hasta un niño puede hacerlo…
De inmediato asume una pose de profesor de escuela. Con un tono de voz suave, de forma pausada, con palabras bien moduladas, como si hablara con un niño pequeño, le da una charla confusa sobre el funcionamiento de la dichosa página. Lo hace varias veces, con diferentes explicaciones. Acacio no le interesa lo que dice, está atento al monitor y descubre cómo abrirla. Juan Peña y Emma continúan divertidos con sus diversas demostraciones en torno a lo práctica y funcional que es la dichosa página que ellos dos diseñaron. Entre una demostración y otra, la abren y cierran con mucha rapidez. Acacio se cansa de ese juego; se dedica a observar la estancia.
Lanza una mirada panorámica y le llama la atención que por todos lados están apiladas muchas de las cajas con los artículos de oficina que organizaron el día anterior y llevaron al salón de reuniones. Posa su vista en uno de los grupos y verifica que sí son las mismas. En las etiquetas reconoce las letras de varios compañeros y otras que él mismo escribió. De pronto Emma cierra la página; al parecer los dos se han dado cuenta de la observación de Acacio y le preguntan:
—¿Necesitas otra demostración para que comprendas lo fácil que es?
—No, muchas gracias por la explicación. —Dice Acacio mientras se retira bajo las sonrisas de burla de Juan Peña y Emma.
Apenas cierra la puerta, ambos se preguntan si habrá notado las cajas, si las habrá identificado y para no dejar ningún cabo suelto, deciden poner en marcha el “plan de las amonestaciones”. Van a esperar un rato a que Acacio esté en su puesto para ir a la oficina de Daniel.
Mientras esos dos están aún en su oficina, Acacio se detiene en el pasillo para apuntar en su bloc:
→Pin del empleado. Nombre y clave del documento →Excel (escribir la información que pide) →Borde inferior del monitor, lado izquierdo: sale la contraseña, color azul →Volver a poner el título del expediente junto al código que dio la pantalla anterior →Aparece la dirección del correo correspondiente (departamento al cual enviarlo) OJO: Hay que hacerlo rápido; en 6 s se cierra.
Retoma el camino mientras piensa: «Bonito diseño que hicieron estos “informáticos”». Aquel, que está vigilante en la puerta, anuncia: —Parece que viene… —Corre a su puesto y asume una postura de “estar muy ocupado”.
Acacio Blanco Albar entra a la oficina y se dirige a su escritorio; en su rostro se nota el disgusto. Nadie se atreve a preguntar qué pasó, aunque esperan ansiosos que hable, pero él está ocupado en su ordenador y comienza a enviar los primeros correos.
El mismo que corrió hacia la puerta para espiar, camina con disimulo, se detiene cerca del escritorio de Acacio. Al ver que puede acceder a los correos, se le escapa: —¡Envió el correo!
De inmediato se forma un pequeño alboroto y todos corren. Se paran detrás de Acacio Blanco Albar para observar. —¿Cómo se hace? —¿En dónde aparece la clave?
Él explica paso por paso y les obliga a tomar nota para que no olviden el proceso.
—Tienes razón, Acacio, ¡esta página es absurda! —dice alguien mientras lee los apuntes y camina a su escritorio.

Los compañeros, entre palabras de agradecimiento, se desplazan a sus respectivos puestos. Sin embargo, muchos le piden ayuda. Él va a sus escritorios y aclara las dudas. Al terminar de explicarles, ya comienza a asomarse la tarde. El almuerzo lo han hecho como han podido: sentados en sus escritorios, entre el envío de un correo y otro, de pie o aún no lo han hecho, como ocurre con Acacio Blanco Albar, que pretende terminar con el primer listado de veinte correos antes de pararse para almorzar, pero sus intenciones se ven truncadas al aparecer Juan Peña y Emma.
—Acacio Blanco Albar, ¿Cómo te ha ido con el trabajo? —¿Pudiste superar los primeros traspiés? —Sin esperar respuesta, Juan Peña continúa: —Por otro lado, veo que los demás están adelantados con el envío de los correos, pero no han llevado los documentos a los respectivos departamentos…
—Aún sigo en espera, con los acuses de recibo en mano… —dice Emma con una amplia sonrisa. Se escuchan murmullos con diversas excusas que Juan Peña interrumpe:
—Vamos a dejarlo así por hoy. Cierren todas las páginas y apaguen sus ordenadores. Mañana Emma y yo volvemos a abrir la página, la que para alguien ha sido tan molesta. —Al decir esto mira al puesto de Acacio Blanco Albar y algunos esbozan una sonrisa. —De momento hay una breve reunión en el salón.
Se perciben movimientos de papeles, sillas, teclados. Los que ya terminaron salen y esperan en la puerta a sus compañeros. Acacio Blanco Albar está molesto por el comentario de Juan Peña, apaga su ordenador y se dirige a la salida. Al pasar cerca de Emma y Juan Peña, éste, en voz baja, casi en un susurro, le dice: —Veo que sabes distinguir entre la idea que puedes compartir, con aquella a la que debes obediencia. Me alegra que solo compartieras la información del envío de los documentos.
Acacio Blanco Albar escucha con asombro y percibe en esas palabras una amenaza, pero no distingue el motivo que la origina. Se voltea para enfrentarse a Juan Peña, pero Diego, que ha presenciado la escena, le pasa el brazo por el hombro y mientras lo lleva a la puerta le dice: —«Las olas son solo agua. El viento, solo aire. Y sin embargo, aunque el relámpago sea fuego… debe responder a la llamada del trueno».
Acacio no se toma la molestia de preguntarle a Diego quién dice esas frases. Con una interrogación dibujada en su rostro y la cabeza llena de palabras confusas, se dirige con pasos inciertos al salón de reuniones.

Con una exhaustiva mirada, busca a In. No lo distingue en el salón. Toma asiento y apenas se entera de los temas que se tratan.
En su mente rebobina los sucesos del día. Al recordar las caras contrariadas de Juan Peña y de Emma, piensa: «Será porque pude descifrar el enigma de la tan mencionada página», pero este razonamiento no le convence; sigue sin entender qué ocurrió realmente. «Hay algo que se me escapa. ¿Habré descubierto, sin darme cuenta, algún documento oculto, confidencial, turbio? Sea lo que sea, sospecho que nadie me lo va a aclarar. Ojalá no me despidan».
Dándole vueltas a este pensamiento, pero con su cuerpo en postura de interés por lo que ocurre a su alrededor, transcurre el tiempo. La reunión se prolonga hasta bien entrada la noche y piensa: «Muy tarde para ir a la casa de Saturnino Segundo». Sus pies se mueven guiados por la preocupación. Con mucha hambre y la sensación de haber vivido un día muy extraño, llama al taxi. Los habituales compañeros de ruta se le suman. No tiene fuerzas ni ánimo para reclamar los diversos recibos que no le han cancelado y de nuevo, guarda silencio. Cuando se queda solo con In, le comenta lo que vio en la oficina de Juan Peña y Emma.
—Eran las cajas con los artículos de oficina que se habían guardado en el salón de reuniones, estoy seguro.
In lo mira pensativo y Acacio también le pregunta:
—¿Qué quiso decir con que solo compartí la información del envío de los documentos? ¿Acaso había otra?
Los ojos de In brillan en la oscuridad y felicita al despistado Acacio.
—Tranquilo, voy a investigar en qué andan esos dos, pero ¡alégrate! Acabas de alejarte de las garras de Juan Peña y Emma. ¡Te independizaste de la monotonía! —El taxi se detiene para señalar que In llegó a su destino. Éste, a modo de despedida, le dice: —¡Mañana seguimos con esta conversación! Has demostrado que puedes distinguir entre una verdadera investigación y el trabajo rutinario del resto.
El dibujo de interrogación que había permanecido en el rostro de Acacio se transforma en una mueca de asombro, como una litografía impresa en su piel. El taxi avanza lento; él abre la ventana para que el frío aire le devuelva algo de color a sus mejillas. El taxista lo mira a través del espejo y se aventura a decir:
—Perdona que me meta en tus asuntos, pero me temo que estás en un aprieto. Al parecer, has desenmascarado una trama.
Acacio sigue sin comprender y le pide que se explique mejor. El taxista continúa:
—Es muy simple, existe una realidad que todos ven, comparten y defienden, pero esta esconde otra verdad que mueve los hilos y ella, de vez en cuando, necesita ser renovada para crear la sensación de justicia o de progreso. Llegado ese momento, se muestra algo de su lado oscuro y se señalan culpables, a los que se persigue, se les castiga.
—Creo que eso ya pasó… con los despidos. —Atina a susurrar Acacio y el poco aliento que tenía se escapó sin que él pudiera contenerlo. Cierra la ventana y la máscara que esconde su rostro se fractura. Deja entrever el tormento de su pálida expresión. El taxista continúa y su calmada voz devuelve la sangre al cuerpo. La piel comienza a mostrar sus colores.
El chofer continúa: —Al ponerle cara a los «culpables», la mayoría aprueba complacida y se tejen nuevas historias, comprueban la veracidad de sus creencias. Mientras pierden sus días en ello, se instala otra nueva realidad para ser compartida por todos, sin modificar las verdaderas intenciones, que siempre han sido las mismas. Si se cuestiona este proceso, que creo que fue lo que te pasó, se abre una puerta que permite vislumbrar parte de la realidad que mueve los hilos, pero si te fijas bien, te darás cuenta de que esa verdad esconde otras, difíciles de imaginar.
—Perdona, pero sigo sin comprender tus palabras…
—Piensa un poco en ellas, presta atención a tu entorno y podrás comprenderlas… —Se queda en silencio para contemplar el rostro de Acacio; luego, con un tono más apacible, continúa: —Lo único seguro es que, una vez que cuestionas lo visible, el camino se complica; vas contra corriente y debes decidir si continúas defendiendo la realidad que todos ven y comparten, aunque tú no lo hagas, o si te enfrentas al nuevo camino que te proporciona el abrir las otras puertas. En cualquier caso, desvelaste el misterio y ya no hay vuelta atrás… Por otro lado… creo que debes usar otra estrategia con tus compañeros y prestar más atención.
Al terminar de hablar, el coche se detiene. Acacio Blanco Albar ha llegado a su destino. Al cancelar el monto de la carrera, los dos intercambian miradas y el chofer, quien sospecha que sus compañeros de taxi no le pagan lo que les corresponde, se atreve a proponerle:
—Cuando me vuelvas a llamar y esos compañeros se vengan contigo, te llevo primero a ti. Luego los dejo a ellos, no importa en qué orden.
—Pero eso me traerá problemas… Lo más seguro es que se molesten…
—Voy a poner como excusa el cierre de alguna calle, no te preocupes. Por otro lado, con «algo» tienes que comenzar a cambiar… ¿Qué te parece?
—Está bien… es una jugada audaz, pero buena… Me alegro de haber hablado contigo; ya me deben una buena cantidad…
Ambos sonríen. Acacio Blanco Albar guarda el nuevo recibo junto con los anteriores y se dirige a su casa. Piensa que, para evitar problemas con Virginia, lo más conveniente es pedir un préstamo para tapar el hueco que han dejado en su economía las carreras «compartidas» del taxi. La saluda; durante la cena tardía, la aturde con una larga conversación sobre diferentes temas intrascendentes para no contarle lo ocurrido en la oficina. Ella comprende que no pretende “involucrarla” en sus planes de trabajo y para prevenir una nueva discusión, le sigue el juego. Mañana será otro día.
Sigue en: Nuevo amanecer.5

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Gracias. Un abrazo 🐾
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Lo más triste es que esa forma de trabajar se pueda acercar a algunos trabajos reales en la actualidad. Saludos y buen finde.
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Así mismo es Federico. Tan solo que la realidad supera a la fantasía. Gracias por el comentario. Buen fin de semana para tí también. Un abrazo 🐾
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