Lo único que se mueve aquí es la luz, pero lo cambia todo para que nada cambie.
Nuevo amanecer
Amanece y Acacio Blanco Albar comprueba lo cobrado el día anterior. Lo hace sin levantarse de la cama, desde la app del banco que está siempre dispuesta a mostrarse en su teléfono móvil. Al leer el saldo actual, le pregunta a Virginia en qué se ha gastado casi todo lo ingresado. Lo que queda no alcanza para cancelar el primer recibo de la deuda que tiene con sus suegros y pagar los taxis que se ve obligado a pedir todas las noches que sale tarde de esas reuniones.
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Acacio Blanco Albar, al igual que sus compañeros, se debe enfrentar a una complicada página para enviar documentos a otros departamentos.

Ella le responde que la hipoteca, que los diferentes servicios de agua, luz, comunidad, comida, transporte, no se pagan solos. Ante la cara de interrogación de Acacio, se molesta. No comprende que él no recuerde que las facturas domiciliadas el banco las cobra, incluso, antes de que el dinero esté depositado. También parece que se le olvidó el otro préstamo que pidió a sus padres y de todos los malabares que ella tiene que hacer para cancelar los recibos actuales, además de los intereses de las tarjetas que se han acumulado durante el trimestre no remunerado de entrenamiento; sin embargo, con un tono de voz que pretende disimular su irritación, le dice:
—Por otra parte, no tengo que justificar los gastos que deberías saber que existen. Aunque, al parecer, no tienes conciencia de cómo administrar el dinero; para muestra, un botón: no has recuperado lo invertido en el “taxi compartido”. —Esto lo dice con ironía y hace comillas con los dedos. Luego prosigue: —Por lo visto, solo te preocupan dos cosas: la primera deuda con mis padres, a pesar de que no te ocupes de ella y lo otro es cancelar el taxi a tus “nuevos amigos”. —Acacio pone cara de asombro, pretende decir algo, pero ella continúa: —Te asusta tanto pedirles el dinero que les corresponde a ellos que casi me atrevo a confirmar que los adoptantes, como si fueran perritos callejeros que necesitan de tu protección… Hay una pregunta que me tiene intrigada: Antes de que tú llegaras, ¿cómo se iban a sus casas…? —Acacio esquiva la mirada. —Esa postura que has adquirido últimamente me saca de quicio.
Él solo atina a decir: —Seguro me lo pagan hoy.
—Siempre dices lo mismo y ese hoy no llega… —Luego, con un tono frío, prosigue: —Por lo visto, solo te importa cómo disculpar a tus compañeros. Deja de comportarte como el salvador de las almas perdidas. Te lo repito por última vez: esa gente no actúa de forma espontánea, son calculadoras y saben manipular muy bien.
—No son disculpas, es que en el trabajo se presentan situaciones muy extrañas… y no he encontrado el momento oportuno para pedirles que me cancelen el monto de los taxis… Por ejemplo, ayer mismo teníamos que realizar unos informes que se abrían en una página que nadie sabía utilizar y yo, después de darle muchas vueltas, fui a hablar con los supervisores. —Sin darse cuenta, Acacio habla de lo que no quería comunicar, relacionado con lo acontecido el pasado día y una vez que comienza, no puede detenerse. —A pesar de que me dieron una explicación nada profesional, que confundía más que aclaraba, al observar cómo la hacían, pude abrirla. Le tuve que explicar a mis compañeros que enviaron los correos correspondientes, pero a mí no me dio tiempo, claro, se los estaba explicando a ellos…
—¿Y no te parece que eso podría ser una prueba?
—No te sigo…
—Comprobar quién necesita ser guiado y quién es capaz de pensar… para mí está claro. Como te lo he dicho en varias oportunidades, en esa institución nada es casual. He investigado sobre EMCU y…
—No me interesan tus elucubraciones…
—Pues deberías… y no son elucubraciones. Debes comenzar a pensar en cómo realizar un buen trabajo sin que ellos te involucren en asuntos turbios.
Acacio permanece impasible, no aprueba las opiniones que expresa Virginia; sin embargo, le parecen interesantes, se asemejan a las de Saturnino y son las mismas que niega In. Ella lo observa. No está muy segura de que a él le interese lo que dice; a pesar de ello, se atreve a aconsejarle:
—Aprovecha la felicitación que te hicieron para presentar algún proyecto, pero ojo: ellos te pueden proponer algo que afecte a terceros… que traiciones a alguien o hables mal de algún compañero.
Acacio se dice para sí mismo: «Virginia cree que lo sabe todo y siempre quiere controlar. Hasta mi dinero en el banco. Mañana mismo arreglo ese asunto» —y le responde con naturalidad: —La verdad es que no comprendo por qué estás tan molesta. Yo hago mi trabajo lo mejor que puedo, pero te repito que allí se plantean cosas absurdas.
—Eso te pasa por no escuchar. Te repito que debes espabilarte. Allí se plantean cosas que te niegas a ver. Te quedas en la “forma” y te niegas a ver el “fondo”.
Ante la cara de interrogación de Acacio, le explica:
—Te distraes con el chismorreo de los pasillos y no te centras en lo que en verdad es importante.
—Eso no es cierto. In tiene razón al decir que en el día a día es que se conocen bien a las personas… Es esencial escuchar los chistes… comentarios…
Virginia lo mira en silencio y cansada de repetir palabras al aire, con una calma repentina que no disimula su decepción, le dice:
—Estoy cansada de darte ánimos y de alertarte de esas personas que te empeñas en llamar “amigos”. Sí, me refiero al tal In; parece que te dicta órdenes y no buenos consejos. Es tan obvio… No logro comprender que no veas su manipulación… Por otro lado, ese empeño de pasar “desapercibido” te hace tomar posturas que van en tu contra. ¿Cuándo lo vas a entender? ¿Te gusta ser la marioneta de otros…? —Ante la cara de “inocencia fingida» que asume Acacio, Virginia explota: —O asumes una actitud más guerrera o me temo que vamos a llegar a una ruptura definitiva.
Le da la espalda y sale de la habitación. Él se queda con la mente en blanco, el rostro pálido y la alarma del móvil le recuerda que debe apurarse; ya está retrasado.

Recorre todo el camino a la oficina con la creciente preocupación por lo ocurrido. De vez en vez, le parece observar a una abeja, como si lo siguiera. Piensa que es absurdo: «No hay flores cerca. Si fuera una mosca, sería más lógico. Igual la ducha de anoche se hubiese vencido y necesitaría otra esta mañana, pero una abeja, ¿por qué me sigue?», sacude la cabeza para ahuyentarla, aunque vuelve a revolotear sobre él. Corre al transporte público y la abeja entra junto con él. Decide no hacerle caso.
Ya en el trabajo, mientras hace la fila de los torniquetes trípode para control electrónico de acceso a la entrada, sus pensamientos no se detienen y siente náuseas. Respira profundo. Con pasos lentos, desplaza la mirada de un lado a otro en busca de In, sin visualizarlo. Antes de llegar a las máquinas expendedoras de cafés, lo interceptan Emma y Juan Peña. Éste, a manera de saludo, le dice:
—Entre la mayoría de los empleados eras el que más prometía, pero después de la actitud de ayer, sumada a las anteriores, has demostrado que eso era una falsa apreciación. —Ante la mirada de asombro de Acacio, Juan Peña levanta la voz y continúa: —Cerraste el portal recién comenzó la mañana, luego irrumpiste en una reunión muy importante con el pretexto de que la página era complicada; sin embargo, a pesar de tus malos modales, te dimos la explicación que pedías. Emma y yo teníamos razón, fuiste el único que no pudo manejar el programa. En todo el día nadie puso quejas, no hicieron preguntas. Por el contrario, todos mandaron los respectivos correos, un promedio de veinte por empleado y tú apenas doce…
Acacio va a responder, pero Emma interrumpe:
—Por todo lo dicho por Juan Peña, creo que te has ganado un premio, así que, por favor, acompáñame. Daniel quiere hablar contigo ahora mismo. —Le hace una señal para que lo siga. Acacio, evidentemente contrariado, comienza a caminar. Algunas palabras entrecortadas de sus compañeros crean un leve susurro que se apaga a medida que se alejan y él se percata de que la abeja sigue sus pasos. «¿Será la misma de antes o será otra?».
Al llegar a la oficina del gerente general, Emma, en voz baja, habla con la secretaria de rostro serio y luego se retira. Ésta hace señas para que Acacio tome asiento y espere.
El tiempo se hace interminable, le permite recordar todo lo acontecido el día anterior; visualizar el espacio; repetir una a una las palabras de Virginia; volver a preguntarse por In. Cuando su mente va por su tercera ronda con el mismo recorrido, la secretaria rompe el silencio con labios y ojos que se curvan en una sonrisa por un instante, pero pronto vuelven a su expresión recta y severa para pedirle que pase.
Acacio Blanco Albar entra; la imponente oficina lo intimida. Queda de pie, distante, frente al extraordinario escritorio de Daniel; al fondo, en el gran ventanal, vuelve a observar a una abeja. Parpadea, trata de ignorarla. Daniel lo observa. De manera amigable le da la mano en señal de bienvenida y le pide que tome asiento en una de las butacas.
—Ponte cómodo, Acacio —dice y continúa con voz suave —¿Cómo te sientes con nosotros, en este trabajo?
—Bien… aún estoy poniéndome al día con algunas tareas… —Comenta, un poco dudoso de la respuesta que se espera de él y sin dejar de observar a la abeja que parece seguirle.
Daniel, con voz calmada, como la de un padre que conversa con su hijo pequeño, comienza a hablarle:
—Entiendo que tienes proyectos personales, que te gustaría poner en práctica. —Acacio, aunque no tiene nada en mente, asiente con la cabeza. Daniel lo mira complacido y continúa: —Víctor y yo hemos pensado que podrías encargarte del proyecto “La distribución de la ciudad por sector económico”.
—Pero… ese es el proyecto en el cual trabaja Saturnino…
—De momento sí, pero, por desgracia, está un poco intransigente. —Se queda unos segundos en silencio para que sus palabras penetren en la mente de Acacio; luego, con un tono de voz más íntimo, le dice: —Estamos en una etapa decisiva en la investigación y necesitamos compromiso. En esta fase crucial nos urge tener a nuestro lado a personas fieles, integradas con el proyecto. —Con el rostro ladeado y una expresión suave que muestra un profundo pesar, concluye: —Sabemos de tu amistad con él, por eso es delicada tu decisión; sin embargo, hay momentos en la vida en que debemos elegir si continuamos con los lazos afectivos o nos lanzamos a cumplir nuestros sueños.
—Pero… en el supuesto de que yo llegara a aceptar, ¿en qué trabajaría Saturnino? ¿Cómo sería eso…?
—Saturnino ya está desilusionado con el proyecto y es probable que lo deje. De allí que Víctor y yo nos hayamos atrevido a hacerte este ofrecimiento. —Le lanza una mirada paternal mientras le dice: —No tienes que responder ahora mismo, toma tu tiempo de reflexión; sin embargo, nos encantaría que no te demoraras en la respuesta. Reflexiona también en estas palabras: Lo bueno de la vida no debe ser solo para algunos, sino que todos debemos participar de ella; aunque unos pocos son los llamados a construir sus bases y son todavía menos los que están en capacidad de disfrutarlas y nosotros te hemos escogido a ti para que nos ayudes en esa construcción. En ti está aceptar o no la oferta.
Acacio se siente reconocido, importante; sin embargo, recuerda las palabras de Saturnino: «De ninguna forma creas en sus alabanzas, son falsas. Hoy te felicitan, para poder destruirte mañana… No creas en todo lo que dicen, presta atención a lo que hacen» y se confunde, siente que sus hombros le llegan hasta las rodillas, sus ojos siguen estirados al máximo, temerosos a recuperar su tamaño normal y darse cuenta de que lo que ocurre no es producto de su imaginación, es algo real.
Daniel, quien no ha dejado de observar las reacciones de Acacio, le dice con una voz envolvente:
—Acacio, si nos prometes ser fiel al compromiso del proyecto, podemos ayudarte en lo que te haga falta: una vivienda, algún préstamo o, no sé, algo que necesites. Solo háznoslo saber. Considera esta oficina como tu casa y a nosotros, tus mejores amigos.
Se levanta, extiende la mano para ayudarlo a levantarse y lo despide con un abrazo. Acadio, de forma automática, responde al saludo. Sale aturdido; aún no asimila lo que acaba de ocurrir.
Camina en silencio; al llegar a las máquinas expendedoras, saca un café y sigue su recorrido hasta la oficina. No sabe si es su imaginación o si la abeja sigue a su lado. Se da cuenta de que Juan Peña y Emma lo observan e intentan interceptarle, pero algo impide que se acerquen. Piensa: «Quizás sea la abeja que los asustó» y continúa su camino.

Entra al cubículo, se sienta en su puesto de trabajo con la mente en blanco y la bebida intacta.
Los compañeros, a pesar de observar su extraña conducta, no se atreven a preguntar qué le ocurre. Así, con los músculos de su cuerpo inmóviles y el café inamovible sobre el escritorio, transcurre el día.
Juan Peña y Emma no han perdido detalles de su comportamiento. Concluyen que Daniel prestó atención a sus quejas y por eso lo llamó. Ambos se imaginan la posible conversación entre ellos y están convencidos de que, al no estar contento con su actitud en el trabajo, le hizo la primera de las 3 amonestaciones laborales.
Emma, para alardear de sus conocimientos, recita: —La primera: Falta leve. Amonestación verbal o escrita leve. En este caso fue verbal y se aplica por incumplimientos puntuales sin gran trascendencia, como retrasos ocasionales o descuidos menores en el trabajo.
Juan Peña puntualiza: —En este caso fue por descuidos menores en el trabajo.
Ambos ríen y recuerdan que aún les falta propiciar las dos faltas laborales restantes.
Acacio, ajeno a este cuchicheo, sin perder esa extraña y distante actitud, al finalizar la jornada se aleja del cubículo. Para sorpresa de todos, esa tarde no hay reunión; la salida se hace puntual. A pesar de que es temprano, como un autómata llama al taxi y los acostumbrados compañeros de ruta ya están a su lado.
Suben al vehículo y ocupan sus puestos habituales. Observan su inusual conducta, pero ninguno pregunta qué le pasa. Simulan estar distraídos, hablan de sus cosas, cuentan chistes…
A través del espejo retrovisor, Acacio y el taxista se miran. Éste desvía la ruta para dejarlo a él primero. El resto de los pasajeros, que desconocen el acuerdo hecho la noche anterior entre ellos, solo tienen tiempo para sorprenderse. No pueden manifestarlo, ya que Acacio Blanco Albar se baja del taxi y camina con premura hacia su casa. Emma y el otro compañero, mientras contemplan cómo se aleja, juran vengarse de ese proceder que catalogan como traición, In se mantiene pensativo.
Al hablar esa noche con Virginia, él no hace ningún comentario de lo ocurrido en la oficina. Evade cualquier conversación al repetir los chistes del día; sin embargo, ella lo interrumpe, le comenta que, después de conversar con Saturnino, llamó a su padre.
—Él me ratificó que sigue a tu disposición el cargo de gerente de operaciones informáticas. Sigo sin comprender por qué no quieres aceptarlo.
Acacio no responde. Da la impresión de que está sumergido en otros pensamientos y Virginia, en un intento para que él abra los ojos, le pide que llame a Saturnino. En el trabajo no pueden hablar con tranquilidad; ambos creen que esa gente es manipuladora, peligrosa; con tal de hacer realidad sus planes, son capaces de pedirle que haga algo que perjudique a terceros o que traicione a alguien. A pesar de la cara de póker de Acacio, también le alerta sobre In, le parece peligroso. Él se limita a escuchar en silencio.
Sigue en: ¿Cómo pongo las manos? (6)
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La muerte de Saturnino es un poco sospechosa. Veamos que ocurre en el próximo capítulo. Saludos y buen fin de semana.
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Hola Federico, tienes razón. Su «suicidio» pasa a engrosar otro misterio que nunca se resolverá. Buen fin de semana para tí también. Un abrazo 🐾
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Hello friend, I enjoyed your cool post. I subscribed. See you often. Have a happy day🌙💫🔆😸🌼
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Hello. Thanks for the comment. Have a nice day too 🐾
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