A propósito del visitante 1/3

Alfredo llega temprano al trabajo, en el café que está situado en el centro de Ciudad Agnus. Como todas las mañanas, organiza mesas, sillas… mientras los asiduos clientes toman sus puestos habituales, intercambian saludos entre ellos e ignoran la sonrisa que él se esfuerza en esbozar. Se limitan a mirarlo de reojo, al tiempo que carraspean la voz para pedir «lo de costumbre» y seguir con sus pláticas particulares, que solo son importantes para ellos.

Como una sombra, Alfredo se desplaza entre una mesa y otra, entre un pedido y otro. Escucha fragmentos de conversaciones para luego compartirlas con otros que, al igual que él, con su presencia subversiva, forman una minoría muy escondida en la ciudad. Casi no alzan la voz, ni para expresar sus ideas. Sus pensamientos más silenciosos lo traducen en miradas, que solo transmiten a sus iguales. Están conscientes de que si llegaran a realizar un gesto mal entregado o una mirada equivocada, se verían delatados y serían castigados severamente.

Pasar desapercibidos les permite contemplar y escuchar más allá de lo evidente. Al no ser tomados en cuenta como personas, pueden sentarse en cualquier mesa, con cualquier grupo, ya que nadie se percata de su presencia.

En el café, el día transcurre igual a todos los anteriores. El lugar se llena con el ruido de los vasos, tazas, sillas… que ruedan de un sitio a otro mientras las acostumbradas conversaciones se pierden con el sonido de las otras voces; sin embargo, estas actividades cotidianas se ven interrumpidas y el mutismo invade el espacio cuando se percatan de la presencia de uno con un caminar pretencioso. Se mueve despacio, sin borrar la falsa sonrisa que distorsiona su rostro. Piensa que sus pasos alargados son sinónimos de elegancia y, a pesar de que los contempla por primera vez, saluda de manera efusiva a los grupos que se encuentran en las diferentes mesas. Algunos le devuelven el saludo, otros se asombran y se sienten intimidados ante tanta familiaridad repentina y un grupo solo sonríe con la cara iluminada. «Evidentemente, conocen al personaje», reflexiona Alfredo en silencio, y los que son como él se limitan a observar.

El visitante muestra con ostentación sus atuendos, a la vez que expresa en voz alta: —Son modestas prendas de vestir. —Aunque a simple vista todos notan que son muy caras, nadie le lleva la contraria. Su falsa sonrisa se transforma en un rictus de satisfacción, tan pronto interpreta, en los gestos y miradas de los presentes, que a su paso causa envidia.

Superada la primera impresión, y después de unos pocos instantes, un cuchicheo comienza a surgir entre los presentes que se rompe abruptamente con los gritos de bienvenida de una mesa distante. Son las personalidades de ciudad Angus que, con palabras y gestos llenos de halagos, lo invitan a sentarse con ellos. Las lisonjas van en aumento, no disfrazan sus expectativas de lograr una cercanía con él. Esto no pasa desapercibido para Alfredo, quien piensa:  «Quizás desean obtener algo a cambio». Enseguida intercambia miradas con sus iguales y éstos afinan sus sentidos para no perder el hilo de lo que acontece.

Cuando el invitado llega a la mesa se produce un breve silencio seguido por susurros que Alfredo, a pesar de estar atento a todo lo que ocurre, no puede descifrar; sin embargo, amparado con la no visibilidad de su presencia, logra escuchar algo sobre un pacto secreto que se cierra entre ese grupo y el visitante: «deben ceder un poco de su dignidad a cambio de aquello que el visitante promete y que ellos necesitan para validarse» es lo que saca en claro después de colocar muy despacio el pedido y alejarse sigiloso. 

De inmediato, intercambia miradas llenas de sentido con las otras sombras que entienden el mensaje: «lo que pide es un despropósito», responden. «No seremos su marioneta», declara Alfredo con un pesado parpadeo de ojos. Un grupo cruzan sus miradas en silencio y sus ojos dicen: «Hablan de esa manera porque quieren disfrutar de los privilegios que ese señor parece gozar». Los más audaces, argumentan en sus mentes silenciadas «Son loros, unos flojos que no se molestan en dar dos pensamientos a una idea y simplemente se unen al coro». Esta conversación silenciosa no es percibida por los presentes que permanecen inmersos en sus asuntos.

Alfredo sigue en su rutina y al atender otro pedido descubre que otras personas, las cuales sonrieron al reconocer al visitante, también guardaban la esperanza de obtener algo de él; sin embargo, no llamaron su atención.

Se aleja a una mesa vecina que permanece vacía y la limpia con mucho esmero mientras escucha que hablan sobre ese grupo distante: —Esos no pierden detalle del movimiento del recién llegado. —Las voces se diluyen entre el ruido habitual del café, pero él logra descifrar que, al parecer, ellos no fueron rechazados del todo por el personaje, sino que siguen a la espera hasta «desarrollar aquello que hay que tener» para acceder a lo que tanto anhelan.

Observa con detenimiento a los clientes de las mesas lejanas e intenta adivinar qué necesitan. Nota que sus músculos cansados siguen en tensión para parecer alegres. Aún sonríen, aunque ya forzando al máximo los cigomáticos de sus delgadas caras. «Compensan la falta de claridad propia con adulaciones hacia él. Se basan en la aparente posición de poder que ostenta el visitante, ¿alguno habrá comprobado si su poder es real?», piensa Alfredo para sí mismo al tiempo que repasa la superficie de la mesa con el trapo y tras observar cómo esas personas están determinadas a lograr sus aspiraciones y no piensan abandonar sus propósitos de pertenecer a ese nuevo grupo de elegidos.

Transcurren días, semanas, meses en donde las escenas entre los habitantes de Ciudad Agnus y el visitante se repiten.

Él llega con su andar estudiado de hombre sexi, despreocupado. Se sienta en cualquier mesa elegida como al azar y levanta la mano para llamar al mesero. Alfredo acude con su sonrisa de quita y pon, que no incluye el orbicular de sus ojos, toma nota del abultado pedido y se marcha sin que el caballero le ponga rostro o nombre a su presencia. De inmediato, con un hablar ligero que el nuevo habitante de ciudad Agnus considera cautivador, comienza a expresar en voz alta un discurso sobre la decencia, la honestidad, la necesidad de ser transparente en cada acto. Es una larga charla que opaca las conversaciones de las otras mesas. Hay quienes no desean escuchar ese cotorreo; sin embargo, se encuentran atrapados en el sitio y no tienen más remedio que oír. Algunos intentan seguir el hilo de sus palabras y, al ser difusas, contradictorias, se marean; por lo que al final terminan dando por sabias tales afirmaciones y pasan a engrosar el grupo de los aduladores.

Mientras, en la mesa elegida para disfrutar de su compañía, el ostentoso personaje no tolera interrupciones a su discurso y, ante cualquier pregunta que alguno se atreva a pronunciar, se levanta despacio, da las gracias por la invitación, se aleja y les deja la cuenta. En el grupo no faltan quienes se molestan con aquel que ha importunado a la ilustre figura con preguntas fuera de lugar, pero sus reproches quedan aparcados al formarse una algarabía. Ahora luchan para asumir el pago del consumo del visitante. Debe quedar claro para todos los presentes quién es el afortunado que cancela esa deuda. Ese sería considerado alguien cercano a él y, por tanto, una “persona de confianza”.

Una tarde ocurrió un hecho inusual en el café. Un ciudadano se quejó de haber extraviado su cartera y el señor apareció con su falsa sonrisa que considera cautivadora. —¿Te refieres a esta?, La acabo de encontrar en la puerta. —preguntó sin esperar respuesta y la entregó a su dueño. Éste, agradecido, lo invitó a tomar algo, pero él respondió: —No se moleste, lo hago porque es mi deber. Muchas gracias — y se marchó con pasos alargados que, según él, lo hacen más estiloso.

Al poco tiempo de su partida, el dueño de la cartera va a pagar su consumo y el terror se apodera de su cuerpo al comprobar que no tiene el dinero que antes guardaba en ella. Trató de insinuar que ese hombre pudo haberle robado, pero muchos de los presentes salieron en su defensa. Se formó un alboroto en donde primero lo acusaron de mentiroso; luego dejaron constancia de su maltrato hacia los vecinos… sus compañeros de trabajo… su familia… La lista de improperios fue tan larga y repetida tantas veces que ese incidente pronto se conocería en toda ciudad Agnus, sus alrededores y pueblos vecinos.

La misma historia se volvió a repetir sin ritmo, pero de forma constante, hasta que le llegó el turno al que llamaban “El Detective”, conocido con ese apodo por sus aires de investigador cuando su trabajo no era otro que regular el tráfico de las calles cercanas. Ese día El Detective perdió su cartera y el visitante se la entregó. Contrario a lo que hizo en otras oportunidades, en esta ocasión sí se sentó en la mesa con él. Realizó su acostumbrado pedido abultado y hablaron de temas diversos, como suele ocurrir entre desconocidos. Luego de consumir casi todo el extenso menú, se levantó y se marchó sin pagar. 

A la hora de cancelar su consumo, El Detective comprobó que en su cartera no había dinero. Horrorizado, pretendió ir detrás de él, pero sus superiores le pidieron que guardara silencio y que pagara la totalidad de la cuenta.

Ante la insistencia de sus colegas que se sumaron a lo dicho por los jefes, no le quedó más remedio que negociar con el dueño del café. El monto que le presentaron superaba con creces lo que en condiciones normales hubiera podido pagar. Tuvo que lavar los platos, las tazas, barrer el local con las impertinentes burlas de sus compañeros que lanzaban colillas y servilletas al suelo para que volviera a limpiar. Llegó la noche y ayudó a Alfredo a recoger mesas, sillas… Terminó su labor muy tarde, molesto y decidido a atrapar a ese delincuente.

Al salir del café, que ya tenía sus puertas cerradas, fue interceptado por Alfredo y algunos otros de los que no había notado antes su presencia, aunque le indicaron ser asiduos al local. Entre sonrisas amistosas le recordaron que, en algunas ocasiones, él los multó. Trató de recordar, pero fue en vano y con cierta vergüenza articuló: —Ahora es que les veo sus rostros con detenimiento y por primera vez escucho sus voces. —Alfredo sonríe y le dice con voz clara. —Tendrás que afinar el apodo… Porque de detective e investigador poco, ¿no?

Todos ríen discretamente y le piden que se una a ellos. Le explican que trabajan desde las sombras y Alfredo le advierte que tiene sus riesgos. Quizás él, aunque se comporte como uno de ellos, no logre pasar desapercibido. El Detective toma consciencia del peligro que ello conlleva, pero no duda y acepta el trato. De esa manera se ponen de acuerdo para comenzar una ardua tarea: necesitan recopilar datos que den muestras fehacientes de los diversos actos ilícitos en donde esté involucrado ese individuo. A partir de ese momento, los días, tardes y noches en el café comenzaron a tener otro sentido.

Próxima entrega en construcción



3 comentarios en “A propósito del visitante 1/3

  1. Hola, Rosa.

    Me ha gustado cómo le has otorgado a estos abnegados y pacientísimos profesionales una labor de observación y vigilancia. Para mí, junto a los taxistas, son los que tienen más posibilidades de escuchar a los demás sin que se den cuenta. ¿Cuántas historias tendrán para contar?

    Veremos como sigue la historia. Parece que el Visitante es otro más de los muchos «ladrones» y aprovechados que abundan en nuestra política y sociedad.

    Abrazo Grande.

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    1. Hola José.
      Es curioso que existan algunos oficios, profesiones y situaciones que hacen «invisibles» a algunas personas. Esta peculiaridad les abre la puerta para conocer a los demás de una manera más profunda, más allá de las formalidades del trato social. Ese es el secreto de estas personas-sombras que encabeza Alfredo.
      Por otro lado, ese Visitante no es de fiar; sin embargo, parece ofrecer negocios atractivos para algunos.
      Y, a amanera de broma, podría haber comenzado el cuento con la aclaratoria de «Basada en hechos reales. Los nombres, lugares y etc. han sido cambiados para proteger a los personajes…», pero prefiero decir que «cualquier semejanza con la vida real, es mera coincidencia»
      Un fuerte abrazo 🐾

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