Vida laboral de Acacio Blanco Albar: ¿Cómo pongo las manos? (6)

Lo único que se mueve aquí es la luz, pero lo cambia todo para que nada cambie.

Ha transcurrido mucho tiempo y para los efectos del blog, la Vida laboral de Acacio Blanco Albar quedó aparcada. Sin embargo, él siguió su camino y hoy nos puede contar toda su historia sin que se vea interrumpida por las circunstancias reales de la autora.
Ahora que es un personaje independiente, su publicación está programada para evitar otras pausas. Sin más, dejo los enlaces de las primeras entradas con algunos cambios y que además sirven de recordatorio para aquellos que las leyeron y ya la habrán olvidado… :

Trimestre complicado (1) https://rboschetti.com/2023/10/25/la-vida-laboral-de-acacio-blanco-albar/ ; El Taxi (2) https://rboschetti.com/2023/11/29/la-vida-laboral-de-acacio-blanco-albar-2/; Motivación a ultranza (3) https://rboschetti.com/2023/12/21/la-vida-laboral-de-acacio-blanco-albar-3/; Intercambios interdepartamentales de documentos (4) https://rboschetti.com/2024/01/25/la-vida-laboral-de-acacio-blanco-albar-4/; Nuevo amanecer (5) https://rboschetti.com/2024/03/07/la-vida-laboral-de-acacio-blanco-albar-5/

¿Cómo pongo las manos?

Esa mañana, Acacio sale de su casa pensativo; no se percata de la abeja que, atenta, parece observar sus movimientos y leer sus pensamientos. «Tengo un doctorado en informática, por eso el padre de Virginia quiere que trabaje en su empresa, para explotarme al máximo; eso no lo va a lograr. Aunque en este momento me siento atrapado todos los días en reuniones infinitas, carentes de lógica, con informes en páginas mal elaboradas, por otro lado, el sueldo es atractivo, además de los incentivos económicos; tengo nuevos amigos, estoy bien encaminado. La propuesta de Daniel es interesante, significa que él y Víctor confían en mí. Nunca nadie me había tratado con tanta condescendencia… Sin embargo, fue rara la despedida; eso de ofrecerse a ayudarme en lo que necesite me descolocó… Quizás Virginia tenga razón y haya algo que no logro identificar… Debo estar atento… Lo voy a consultar con In. Contrario a su opinión, que está basada en puras elucubraciones, él es un buen compañero, da buenos consejos y parece saber más de lo que aparenta… Con Saturnino tendré que hablar sobre el proyecto… Seguro que se imaginó que pasó algo, ¿por qué será tan raro?»

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Tiene una discusión con su pareja; ella le aconseja, pero él hace caso omiso a sus palabras. Daniel llama a Acacio a su oficina, Juan Peña y Emma malinterpretan sus intenciones. 

Al llegar a las máquinas expendedoras de café del trabajo, busca a In, pero se encuentra con Saturnino y a pesar de las advertencias, lo intercepta.

—Qué bueno que te encuentro, Saturnino. Necesito hablar contigo. ¿Qué te pasa con el proyecto? ¿Piensas dejarlo?

—Caramba, Acacio, las noticias vuelan antes de que se expresen… ¿Por qué lo preguntas?

—Daniel me propuso que me encargara del proyecto…

—Ten mucho cuidado, las cosas no son tan simples como parecen… Esta tarde nos vamos juntos y hablamos; aquí no es conveniente… no sé si Virginia te comentó algo…

—No veo por qué tenemos que hablar a través de ella…

Saturnino se extraña por la reacción de su amigo; sin embargo, omite ese comentario y le responde: —Te repito que aquí no podemos hablar con tranquilidad y tú parece que evitas reunirte conmigo…

—Ay, Saturnino, déjate de tonterías y dime por qué vas a dejar el proyecto. ¿Acaso te supera?

—Tu actitud es intrascendente… bastante extraña, pero ya que insistes sólo te puedo decir, aquí y ahora, que Víctor y Daniel me pidieron que elaborara una estrategia para desalojar a unos apicultores para expropiarlos de sus tierras y construir en ellas un centro para su beneficio y eso no lo voy a hacer. Lo hablé con Anier y ella está de acuerdo… —Saturnino se da cuenta de que In los observa a lo lejos y le dice: —Te dejo, que ya viene tu nuevo “asesor”. Ten cuidado con él, no es de fiar. Te repito, si quieres hablar más sobre este asunto, nos vemos a la salida o ven a mi casa, tienes la clave para entrar.

Saturnino se aleja preocupado y Acacio piensa: «Esa explicación no me convence. ¿Por qué tanto “purismo”? Si hay que desalojar a un grupo para construir algo que puede favorecer a alguien y además es lucrativo, ¿Cuál es el problema…? Aquí está la mano peluda de Victoria; se puso de acuerdo con él para controlarme. ¿Y ese comentario sobre In? ¿Ahora también piensan decirme con quién debo relacionarme? Virginia no se conforma con manejar MI dinero; ahora manda a un emisario para que repita sus palabras. Eso lo tengo que solucionar.»

In se acerca y después de un saludo efusivo, le dice:

—Acacio, hoy amaneciste conversador. ¿Qué te traes entre manos?

—Hola, In. Ayer Daniel me hizo una propuesta un tanto extraña y quería consultarla contigo.

—¿Te refieres al proyecto que va a dejar Saturnino? Me di cuenta de que tenían una conversación muy amena…

Sin esconder su admiración por lo detallista de sus apreciaciones, le responde:

—No se te escapa nada… Sí, es sobre ese proyecto. ¿Qué opinas, debo aceptar? Aún no me decido. —Guarda silencio por un instante, duda si decirle o no el comentario que le hizo Virginia. Decide hacerlo, ya que reconoce que In es un gran observador y buen amigo. —Mi esposa opina que es una traición…

—Mira, Acacio, Virginia se preocupa por tu bienestar; eso está bien, pero sus pensamientos son “raros”, como si pertenecieran a otra época… No está acorde con la realidad actual, pero quédate con lo bueno: se desvela por ti, te ama… Sin embargo, los que estamos en la vida, en el día a día, sin elucubrar grandes teorías, nos arriesgamos para conseguir nuestros sueños. Recuerda que lo bueno de la vida no debe ser solo para algunos, sino que todos debemos participar de ello; aunque unos pocos son los llamados a construir sus bases y son todavía menos los que están en capacidad de disfrutarlas y a ti te acaba de tocar la puerta… ¿La vas a dejar cerrada o la vas a abrir…?

Acacio permanece pensativo. Esas palabras le recuerdan algo, pero no sabe bien qué. De igual manera, le parece que son profundas, están llenas de una gran sabiduría. In, mientras toma su café, lo observa. Al cabo de un rato le dice de forma confidencial:

—Esta tarde hay una reunión. Presta atención y luego volvemos a hablar.

Ambos se unen a los que, entre chistes y bromas, también se dirigen a sus puestos de trabajo.

El día transcurre sin grandes contratiempos y casi a la hora de salida, deben asistir a una nueva reunión. Muchos aceleran el paso, desean empezar y terminar pronto. Algunos llevan el resto del almuerzo que no terminaron. Otros van despacio y para esconder el cansancio, bromean. Acacio se une al primer grupo que encuentra. Está liderado por Carlos, mejor conocido en el WhatsApp como «El escribiente IWN2».

—¿Saben lo que le ocurrió a Justa esta mañana? —pregunta Carlos al grupo.

—No me enteré. ¿Qué le pasó? —responde Justa, quien recién se incorpora al grupo.

—Eso mismo quería saber su supervisor cuando la vio llegar, tan tranquila, a las diez de la mañana. Entonces le reclamó: «Justa, ¡tenías que haber estado aquí a las ocho!» y ella le respondió: «¡Oh! ¿Me he perdido algo importante? ¡Cuéntame! ¿¡Qué pasó a esa hora!?».

Todos sueltan la risa. Justa responde:

—¿Y saben lo que ocurrió en la primera entrevista de trabajo de Carlos? —Todos la aúpan a contarlo. —Al terminarla, dijo: «Me caracterizo por ser una persona seria, responsable, altruista…» Y le respondieron: «Usted ha dibujado en el currículum, como si fuera su firma, una casita, un árbol, un sol y una flor…» Y él respondió con una gran sonrisa: «Es que también me gusta pintar».

—¡Bravo, Justa!

—Carlos, a ver cómo respondes a eso…

—Y de paso cuenta de dónde viene el nombre de «El escribiente IWN2» —dice otro, entre risas generalizadas.

Carlos se dispone a responder, pero Onagnaz, Víctor y Daniel pasan con su caminar pausado, como a dos tiempos. El grupo guarda silencio y se detiene. Los chistes y las bromas quedan para más tarde. Al continuar su camino, sin darse cuenta, se tropiezan con ellos mismos. Se genera una pequeña confusión que aprovecha Anier para entrar al salón. Con un movimiento de cabeza les da las gracias al permitir el paso, mientras continúa su conversación por el móvil.

En la entrada hay carpetas, lápices, todo lo necesario para la gran velada de esa tarde. Toman asiento justo cuando Daniel inicia la reunión.

—Señoras y señores, vamos a tratar de ser breves. Hemos observado que están muy atareados con los arreglos que se han tenido que realizar a última hora. Esto era algo que se veía venir… nosotros no queríamos que se hiciera tan rápido… pero bueno… ¡Ustedes mandan! Ya el cambio está hecho y ¡tenemos que ponernos al día!

Al escuchar estas palabras, la confusión es general. Nadie sabe a qué cambio se refiere, ni quién lo propuso. Sin embargo, son pocos los que tratan de intervenir y al comenzar a formular preguntas, los compañeros que están cerca de ellos les piden silencio. Daniel agradece la colaboración de esos fieles: los menciona con nombres y apellidos y reconoce el gran trabajo que han hecho durante tanto tiempo. Promete que sus esfuerzos serán compensados.

—En especial debo mencionar a Juan Peña por la iniciativa de organizar los objetos, que de momento vamos a sacar de circulación, en cajas muy bien identificadas y que están guardadas en la oficina que está aquí, en el salón de reuniones. Ya que representan las ideas obsoletas con las cuales no nos identificamos. Estamos estudiando cuál es el mejor y más productivo uso para esos artículos. Pronto le haremos llegar ese informe.

Ante estas palabras, Emma mira con disgusto a Juan Peña, quien le devuelve el gesto con una sonrisa. Daniel observa el incidente y sin dejar de vigilarlos, persiste en hablar sobre los artículos que encontraron en la mañana dispersos por las oficinas. Hace hincapié repitiendo que son obsoletos, de otra época, que representan todo lo que ellos rechazan, pero los presentes no comprenden. Algunos valientes susurran entre ellos:

—¿De qué habla? —Se refiere a los artículos que estaban dispersos por el suelo de las oficinas. —¿¡A los bolígrafos?! —Sí, al parecer y por lo que he escuchado por los pasillos, la tinta es negra, los lápices son amarillos… y todo debería ser azul… —¡Nooooo…! —¿Y el color de la tinta qué representa? —No sé… un boli es un boli… digo yo. —No creo que hable de eso… nos hemos perdido algo… —Sí, mejor prestamos atención…

Acacio escucha los comentarios y a pesar de que los comparte, al notar los signos de interrogación en la mayoría de los rostros cercanos, no da señales de ello. Al mirar el móvil, se percata de que la hora de salida ha pasado. La reunión continúa entre los ocultos bostezos de unos, el fastidio disimulado de algunos y la desmedida atención de los más fieles. Esos que aplauden a cada punto y aparte, que gritan alabanzas sin escuchar.

En algunos semblantes se dibujan señales desesperadas que gritan no saber aún cuál es el motivo de la reunión ni el porqué de esta o a qué cambios se refiere Daniel, aunque no para de hablar de ellos y el encuentro promete prolongarse.

Acacio se pierde, intercambia una rápida mirada con IN, recuerda sus palabras y permanece neutral. Hace abstracción de las palabrerías de Daniel y presta atención al entorno. El compañero que está a su lado le susurra:

—¿Mandaste los veinte archivos?

—No, estaba en ello cuando llegaron Juan Peña y Emma.

—Yo tampoco terminé,… ¿Sabes si alguien más no los mandó?

—A decir verdad, no me he enterado de nada…

—Espero que no tengamos problemas… Recuerda lo que ocurrió en aquella reunión…

Acacio va a responder cuando la voz de Daniel sube de tono, corta esa incipiente conversación y los obliga a prestar atención. La charla les impidió enterarse de lo que había hablado antes, pero se dan cuenta de que Daniel cambia su postura y asume la actitud histriónica que tanto le gusta para decir:

—Onagnaz: Al caminar, ¿cómo debo colocar las manos para verme más inteligente?

Otra vez el desconcierto es total; los murmullos y exclamaciones inundan el salón. El Director General demanda silencio y le pide a Daniel que termine de desarrollar su idea.

Enseguida los más fieles se quedan mudos, atentos, asumen que es algo de sumo interés. Otros, nerviosos, callan; bien, porque no quieren ser rechazados por el grupo o porque temen perder sus trabajos. Otros comprenden de un solo golpe que es una pérdida de tiempo estar allí. Comienzan a arreglar la retirada y con ello, sus pertenencias. También hay los que el cansancio los doblegó y están sentados en sus sillas, ausentes de la reunión y no se habían enterado de lo que se habla ni de lo que sucede hasta ese momento, en que los susurros y comentarios a su alrededor los hacen aterrizar en la realidad. Asimismo, hay quien comprende que debe unirse a un grupo si desea continuar en este trabajo, pero aún no sabe a cuál asociarse.

Juan Peña y Emma se dan cuenta de que el reciente interlocutor de Acacio lo fulmina con una mirada llena de asombro e interrogación, mientras él permanece con una expresión neutral. Daniel, atento a lo que ocurre, lanza una mirada paternal y con gestos amistosos, amables, retoma la palabra:

—Los que estamos aquí somos personas con afinidades comunes, nos une el amor al trabajo, a esos proyectos en los cuales hemos dedicado nuestras mejores horas y esfuerzos. Todos deseamos, a través de ellos, dejar una huella en la sociedad. Y yo creo que con nuestras enseñanzas, gestos, maneras, ritos —y ante un incipiente murmullo, exclamó —¿Por qué se asombran si digo que son ritos? —Logró captar de nuevo la atención de los fieles; los temerosos, despistados, hasta los que piensan desertar se mantienen atentos. Los nuevos siguen los acontecimientos con ojos desorbitados. El interlocutor de Acacio vuelve a mirarlo con asombro; Juan Peña y Emma no pierden detalles de la extraña actitud serena que éste tiene. Daniel prosigue: —Sí, me refiero a los ritos. Porque son los ritos que somos capaces de inventar, de realizar a diario en nuestras tareas cotidianas, los que nos van a unificar y diferenciar.

Daniel posa su mirada en unos y otros, luego continúa:

—Realizo esta pregunta porque quiero confesarles un temor personal. —Hace una pausa teatral y luego de comprobar el efecto que causa en el ánimo de los presentes, prosigue: —Hay estudios que dicen que las personas que usan gafas son percibidas como más inteligentes. Yo uso unas por razones médicas —dice esto con voz temblorosa, mientras se toca la cara y las gafas con los dedos. —Pero si supiera cómo poner las manos al caminar, seguro que me reconocerían como a uno de ustedes, una persona en verdad inteligente.

Todos se miran con rostro de interrogación, Onagnaz incluido, pero a pesar de la sorpresa y del vuelco que dio la reunión, decide responder a esa peculiar pregunta. Se toma su tiempo, se regodea en su importancia, marca distancia para ratificar su superioridad. El silencio del salón es sombrío. El interlocutor de Acacio vuelve a intercambiar miradas en diferentes momentos, como si un tic nervioso se hubiera apoderado de él. La mirada de In se cruza de vez en cuando con la de ellos. Juan Peña y Emma continúan atentos, no pierden detalle de lo que ocurre.

—Es una pregunta muy interesante… —El tono profundo y real que Onagnaz le aporta a la atmósfera con su voz, sella de forma simbólica y definitiva la vinculación de los más fieles. Entre ellos se desata el incipiente deseo de expresar esa preocupación compartida, vital y sin respetar los momentos de reflexión después de las palabras del maestro; estallan eufóricos:

—Es verdad, ¡nunca sé qué hacer con las manos! —A ver, las mías las guardo, una en el bolsillo… y con la otra sujeto el bolso. —¡Las llevo sueltas, no sé qué hacer con ellas! —¡Yo las guardo en los bolsillos del pantalón…!

Ante una oportuna señal de Víctor, se calman y vuelven a prestar atención a Onagnaz. Anier se molesta al comprobar que le va a seguir el juego a Daniel y le lanza una mirada de reproche. Él le responde con una sonrisa, satisfecho por el giro que le piensa dar a esa tonta pregunta.

—Tu temor es comprensible, Daniel… Es importante saber cómo llevar las manos, cómo colocar los brazos en armonía con lo que deseamos proyectar; si no, lanzas señales erróneas a los que te observan. Y este consejo va para todos: ¡La imagen que proyectamos habla de nuestra eficiencia! ¡No basta con hacer un buen trabajo, hay que proyectar que se hizo un buen trabajo! Recuerden que en el mundo de las ideas todo es perfecto; todos participamos como una copia de esa perfección. Nuestro deber es proyectarla.

Los que acaban de exclamar sus temores estallan en aplausos eufóricos que activan las alarmas internas de los potenciales desertores, pero se quedan inmóviles al comprobar el incómodo y excesivo arrebato general.

Entre aplausos y vítores se retiran del salón: Anier, molesta y Onagnaz con una sonrisa disimulada, cargada de ironía. Cómo es su costumbre él deja que Víctor y Daniel se encarguen de hacer el resumen que corresponda.

Daniel termina la reunión con palabras de agradecimiento por la atención prestada y los presentes comienzan a salir bajo la atenta mirada de In, Emma y Juan Peña. Algunos van desorientados ante las vehementes exclamaciones de los fieles seguidores. Hay quienes no comprenden y están al margen, esperan que les digan qué hacer; otros, entre ellos el interlocutor de Acacio, se asustan, se marchan en silencio, sin despedirse.

Acacio camina pensativo. Debe aclarar lo que ocurrió en esa reunión. Presiente que allí se manejaron hilos que no es capaz de observar, pero que si los identifica, le pueden ser muy útiles para ratificar su permanencia en la institución o quizás llegar a ser parte de los directivos, que es donde le gustaría estar. Ese juego de poder que manejan Onagnaz, Víctor y Daniel le parece fascinante.

Mientras esperan el taxi, In le dice en voz baja, como si revelara un gran secreto:

—Mañana proponle a Daniel algo así como… un cambio de vestimenta, con gafas incluidas. Todo en azul. También piensa en cambiar el nombre del proyecto, es muy corto. Métele más palabras… Se me ocurre que: «Economía y Geografía ambiental, rural y urbana, para un próspero desarrollo sostenible a largo y mediano plazo», suena más institucional.

Acacio no comprende. Lo mira con cara de interrogación e In le repite:

—Antes de encargarte del proyecto de Saturnino, es prudente que inicies uno propio y esta es tu mejor oportunidad. Yo me encargo de pedirle la cita a Daniel, no te preocupes por eso. Piensa en cómo lo vas a presentar. Revisa el chat esta noche para que te inspires. Si tienes dudas, lo podemos hablar en la mañana.

Los pasos de sus antiguos compañeros de taxi interrumpen la conversación; ambos observan cómo se alejan de ellos, se sonríen y al llegar el taxi, se marchan.

Camino a sus casas, a petición de Acacio, In se queda primero. Al quedar a solas Acacio y el taxista, hablan de temas generales. Él no quiere perder el hilo sobre la reciente reunión y la conversación con su amigo. El chofer no pretende influir en su actitud, la cual nota diferente.

Durante la cena, Virginia le comenta que Saturnino la llamó y él la interrumpe para decirle con un tono seco:

—¿Cuál es el compinche que se traen ustedes dos? Te recuerdo que él no es tu amigo, es MI AMIGO.

Esa noche no vuelven a intercambiar más palabras. Virginia se encierra en la habitación y él, teléfono en mano, busca en dónde echarse.


Sigue en: El chat de In (7)


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