Vida laboral de Acacio Blanco Albar: Nuevo vestuario (9)

Lo único que se mueve aquí es la luz, pero lo cambia todo para que nada cambie.

Nuevo vestuario

Al día siguiente, después del almuerzo, los altavoces anuncian una nueva reunión. Muchos dejan sus puestos de trabajo rápido, deseosos de alejarse de tantos papeleos; otros van despacio, con sus pies arrastran el hastío de una mañana agotadora y algunos llevan en sus manos el resto de la comida que no alcanzaron a terminar; pero a todos los une la secreta esperanza que tienen en mente: que el encuentro se demore hasta la hora de salida; nadie desea volver a sus ocupaciones laborales.

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Acacio le propone a Daniel un cambio de vestimenta. Deja que In piense que lo manipuló para que presentara ese proyecto como si fuera una idea propia. Por otro lado, asiste a una reunión de trabajo en una nueva empresa y allí escucha que Juan Peña es un referente para los aspirantes a obtener un cargo. Se lo comenta a In y éste quedó en investigar de qué se trata.

Los diferentes grupos que se movilizan por los pasillos no paran de hablar sobre la necesidad de usar vestimentas y gafas azules. Las discusiones son acaloradas. Acacio está fascinado al escuchar cómo desarrollan las ideas alrededor de los pros y los contras que implica adoptar esa norma. Los más fieles imponen sus criterios al argumentar que de esa manera serían identificados como los representantes del cambio social que tanta falta hace. Reconoce la influencia de In en todas esas expresiones y piensa: «Con qué rapidez trabaja, es un gran motivador… sabe implantar en la mente de otros sus propias palabras… ¡En verdad es un genio!».

En el salón de reuniones, las acaloradas discusiones no cesan; por el contrario, cobran fuerza cuando uno de los fieles se dirige a la directiva que espera paciente a que se organicen y aclama con voz clara, precisa:

—Perdonen, no quiero ser imprudente, pero hay un debate encendido entre nosotros y sería prudente que nos ayudaran a aclarar algunas cosas que nos preocupan a todos.

Daniel, con la teatralidad que lo caracteriza, le pide que explique de qué se trata y el porqué de tanta pasión.

—Nos hemos dado cuenta de que es necesario unificar a nuestro grupo y queremos saber si podemos utilizar el color azul en nuestra vestimenta, el mismo del emblema de EMCU.

Daniel, Víctor, Onagnaz y Anier se miran entre ellos desconcertados. Parece que a ninguno se le ocurre qué contestar y de nuevo es Daniel quien, con un tono condescendiente, les dice:

—Es una petición, por lo menos, bastante curiosa… Ustedes son libres de usar la vestimenta que mejor les parezca. Nosotros no somos los llamados a imponerles cómo vestirse o qué complementos usar…

Las expresiones se mezclan entre los que exigen orientación y los que niegan esa idea. Se imponen las voces de los más fieles. Ante una mirada de Víctor, los presentes se callan y prestan atención a las palabras de Daniel.

—Es muy interesante lo que acaban de precisar… Me parece que la idea que se acaba de exponer, en relación con el uso del color azul, es digna de ser escuchada. Sin embargo, observo que no todos están de acuerdo, por eso debo preguntar: ¿Desean hablar sobre ello o pasamos al tema que nos trajo a esta reunión? Ustedes deciden.

De nuevo el desconcierto se apodera del salón. Muchos desean expresar sus ideas a favor o en contra; otros están atónitos, permanecen expectantes sin entender lo que ocurre. Los más fieles toman la palabra: —Queremos que nos orienten en cómo utilizar el color azul en nuestras vestimentas…

Ante la desaprobación de muchos que les parece una idea descabellada, de otros que no desean un uniforme, se impone una voz que se eleva al afirmar: —Tenemos que destacarnos del resto y representar el poder de nuestro grupo. Que nuestra vestimenta proyecte el cambio social que propiciamos con nuestros proyectos.

De nuevo se crea una confusión de opiniones; en el salón reina el barullo. Las voces de los fieles callan a los que se oponen. Levantan el tono para argumentar nuevas y novedosas ideas: —El azul es el símbolo de la divinidad, de la nobleza, la lealtad. —Además, es un símbolo de un estatus social elevado. —¡Es el color de los emperadores!

Ante una señal de Víctor, un grupo de esos fieles calman las voces y Daniel vuelve a tomar la palabra:

—Me parece que hablo en nombre de toda la directiva al decir que está bien. Por lo que han expresado, desean representar en sus vestimentas símbolos muy loables, pero personalmente, sigo sin entender lo que necesitan de nosotros.

—Que nos orienten cómo usarlos. —Esto lo dijeron a coro, como si representaran un acto cultural.

Anier no soporta el espectáculo y le expresa al resto de la directiva que la reunión se convirtió en un circo, que lo más sensato es suspender; lo que dicen es absurdo. Daniel, asombrado, argumenta que es una petición espontánea y que no pueden darle la espalda. Onagnaz y Víctor permanecen en silencio, observan al grupo que no ha parado de discutir entre ellos.

Al cabo de unos segundos, Onagnaz levanta su brazo en señal de silencio. Todos se callan y prestan atención.

—Hay mucha pasión en todo lo que han expresado… Recuerden que: «Todo lo que se hace por amor, se hace más allá del bien y del mal». —Realiza una pausa. Anier lo mira con desaprobación y él se dirige de nuevo al grupo, aunque la cita que hace va dirigida a ella. —»El grado de libertad del espíritu no se mide por su capacidad de decir sí o no, sino por su habilidad para decir sí a nuevas ideas». —Ante la cara de asombro de Anier y antes de que ella pueda responder, concluye: —»El que no puede mandar sobre sí mismo, debe obedecer. Y hay muchos que saben obedecer, pero pocos que saben mandarse a sí mismos». Daniel orienta a estos jóvenes en cómo usar la vestimenta que tanto anhelan, ya que «Sólo las preguntas con respuesta son las que llegamos a comprender».

El salón permanece en silencio; recapacitan sobre las palabras que acaban de escuchar. Daniel se toma unos segundos y luego retoma el diálogo con el grupo.

—¿Cómo se imaginan esa vestimenta?

De inmediato vuelve el lío de voces; los que aún siguen en contra son apabullados por los fieles que alzan su voz: —Pantalones y camisas azules para los hombres. —Nosotras, las mujeres, necesitamos, además de vestidos azules, otros elementos… —Quizás cintas en el cabello, del mismo color… —Sí, con el pelo suelto para que luzcan mejor… —¡Las gafas! ¡No podemos olvidar las gafas! —Que sean iguales para todos, de color azul, a juego con el vestuario…

Ante esa avalancha de comentarios, Onagnaz se voltea hacia Anier y le comenta: «El mundo real es mucho más pequeño que el mundo de la imaginación». Ella se levanta y sale del salón; Onagnaz le sigue. Víctor y Daniel permanecen para dar por terminado el encuentro.

De nuevo Daniel se dirige al grupo para anunciar:

—Con estos acuerdos sobre la vestimenta y el uso de gafas azules, damos por terminada la reunión. Recuerden que es un acto voluntario, que solo aquellos que deseen identificarse con EMCU los usarán y nosotros estaremos muy agradecidos con ellos; tendrán una recompensa por su fidelidad; por otro lado, sabremos respetar a los que no los usen. —El desconcierto se instala en los que se oponen. Las palabras de Daniel los colocan dentro de la lista de opositores a los ideales de EMCU. Sienten que el miedo penetra por sus pies y se apodera de sus cuerpos. Los fieles se ponen de acuerdo para comprar la vestimenta, complementos, gafas… Daniel, satisfecho con el revuelo del salón, espera unos minutos para concluir: —El tema que se iba a plantear queda aplazado para el próximo encuentro. En el momento oportuno se les avisará cuándo lo haremos.

Víctor y Daniel salen. El grupo comienza a desplazarse entre alabanzas y vítores de alegrías y las frases de desconcierto de otros. Los más fieles calman los ánimos y llevan a los descontentos a la salida. Saturnino está impactado por el giro de la reunión, busca a Acacio, pero se da cuenta de que éste se encuentra a la espera de In y se aleja sin mediar palabras con aquellos que se atraviesan en su camino.

In habla con Acacio antes de tomar el taxi; ambos se felicitan por el éxito de la reunión. Acacio, al llegar a su casa, le menciona a Virginia que presentó un proyecto a Daniel, que lo aprobó y esa tarde lo puso en práctica. Ella desea conocer los detalles y él alega estar muy cansado, que luego se lo explica y sin decir nada más, se va a dormir.

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