Carmen M. Sosa: pasos que parecen seguros (2)

Al llegar a su casa encuentra a su hermano menor en el salón. Le pide que llame al resto de la familia. Tiene una noticia muy importante que desea anunciar y compartir.

Carmen M. Sosa, además de tímida, es una mujer educada, le molesta hablar en voz alta y llamar con gritos a otros. Por eso le pide ese pequeño favor a su hermano. Ellos tienen la capacidad de comunicarse con alaridos.

El hermano menor, sin separar los ojos del televisor que cuelga en la pared cual obra de museo y sin despegar sus posaderas del sofá los llama a voces, con todas las fuerzas de sus 16 años. También a gritos le avisó a Carmen que el hermano mayor no está en la casa. A Carmen le aturden sus chillidos, pero los soporta esta vez porque está deseosa por compartir su buena nueva.

Los padres acuden con prisas al llamado del niño, Carmen los saluda y sin saber muy bien por donde empezar trata de darles la buena noticia, pero la puerta principal de la casa se abre de golpe, se escucha la excitada voz de su hermano mayor que, con palabras entrecortadas por la emoción, le da gracias a la vida.

Como un torbellino cuenta que un conocido le ha prometido hacer lo imposible para conseguirle una entrevista de trabajo «No es en mi profesión, es en un almacén organizando mercancías o algo así, pero algo es algo. ¡No me lo creo!» dice mientras se deshace en halagos para su amigo. La familia lo felicita, ya es tiempo que se comporte como un adulto le dicen con frases indulgentes. «Tiene dos años de graduado y eso de tomarse “unas breves vacaciones” le ha llevado mucho tiempo» piensa Carmen mientras la madre y el hermano menor se vuelcan en preguntas y fantasean sobre el triunfo que va a tener en ese trabajo. Cuando la conversación empieza a decaer la madre de Carmen recuerda por qué están reunidos en el salón:

—Hija ¿Qué quieres contarnos? —dice con inseguridad en su voz.

—¡Me han dado el trabajo! —exclama Carmen toda sonriente, contagiada de la euforia del momento y sin esconder su propia excitación, pero con una voz tan suave que contrasta con sus ojos brillantes de contento. Es un triunfo que desea saborear y compartir.  

La familia la mira en silencio, espera detalles. Ella se queda muda, espera las preguntas tal y como acaba de ocurrir cuando habló el hermano mayor. Todos la miran y ella no sabe a quién mirar ni qué decir. Luego de ese incómodo instante continúan especulando sobre el éxito que va a tener su hermano, a raíz de esa futura entrevista. Carmen sólo atina a meter su mano en el bolsillo, toca su nuevo amuleto de la suerte y sale de la casa. Aunque es de noche, camina hacia el café en donde ella merienda de manera habitual, necesita comer aquella tarta.

A la mañana siguiente se levanta temprano. En su mente se agrupan nuevas ilusiones mientras se dirige a lo que será un gran día, su primer día de trabajo. El autobús llega repleto y con retraso. Al subir se mueve con cuidado para no tropezar con el resto de las personas. Introduce la mano libre en el bolsillo del abrigo y comprueba: ¡Tiene la servilleta de la suerte! Nada puede torcerse, se están empezando a cumplir sus propósitos. 

Llega a su destino, se baja del autobús, saca la mano del bolsillo y comienza a caminar con pasos que parecen seguros. En la oficina observa que las personas se saludan con afecto. Se encuentra feliz de pertenecer a ese grupo que percibe como inteligentes y ocupadas, se imagina que las personas de su grupo vida próspera se verán con ese aspecto en la vida real.

Al concluir el entrenamiento general les indican a los nuevos su lugar en el laberinto de sillas y ordenadores. De inmediato una persona se acerca a cada uno para explicarle con detalles las actividades que debe hacer. Al llegar su turno Carmen escucha atenta, asiente con la cabeza en señal de comprender las indicaciones. Esa persona la deja sola para que realice el trabajo y le indica que ante cualquier duda la puede llamar.

Carmen se dispone a trabajar, enciende el ordenador, mira con atención al monitor y éste es asaltado con las imágenes de la tarde anterior: su familia y sus miradas silenciosas. Duda, cree que sus nuevos compañeros también lo pueden ver. Se bloquea, apaga y enciende el ordenador, el monitor. Necesita recobrar la seguridad, mete la mano en el bolsillo del abrigo.

El corazón se le paraliza, un frío le recorre el cuerpo: no encuentra la servilleta. Frenética, revisa en todos los bolsillos y como una imagen nefasta, en cámara lenta, la ve caer al suelo cuando sacó la mano del bolsillo al bajar del autobús. Palidece, permanece inmóvil en su puesto de trabajo. Mira atenta a todo lo que le rodea, pero su mente se encuentra en bucle: contempla cómo cae la servilleta una vez y otra… y otra… y otra vez.

Trata de hacer el trabajo que le han indicado sin apartar de su mente esa imagen que va, viene y como un mal presagio disipa sus ilusiones.

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Publicado por rosaboschetti

Relatos, historias, ilustraciones… y flexiones sobre arte

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