Carmen M. Sosa: El espejo en la puerta (3)

Tiempo estimado de lectura: 7min 4sec

Desde la ventana de su habitación se dibuja un amanecer gris, con muchas nubes. En la casa se respira la rutina: aroma de café recién hecho, sonidos de platos, de tazas, mezclados con aires de amabilidad, de frases entrecortadas dichas entre los integrantes de la familia.

Al levantarse, el único cambio que percibe es el no tener a dónde ir esa mañana. No le dijo nada a la familia al llegar la tarde anterior y ahora, envuelta en las sábanas, lucha por decidir si decirlo o no.

La rabia la invade al recordar el nulo entusiasmo que mostraron cuando ilusionada les contó la gran noticia y ahora que se transformó en algo negativo, no ve por qué debe explicarlo. Sabe que al enterarse del mal momento que vive le van a prestar atención, siempre ha sido así, luego eso servirá para alimentar las burlas o tal vez crear algún nuevo chiste sobre ella, pero en esta oportunidad no está dispuesta a seguirles el juego. Para callar sus propios pensamientos y no despertar sospechas en la familia, decide vestirse y salir como si nada hubiese pasado. «Nadie en la casa tiene que saber lo que me ocurre» pensó al dirigirse fuera de la habitación.

Sus hermanos sueltan una risotada muy sonora al contemplar su aspecto. Califican su ropa como «disfraz de oficinista». Ella responde algo que nadie escucha. Entre risas el menor le dice: «con esa vocecita no vas a poder atender a muchos clientes», ambos continúan sus burlas al imitar su voz y posturas en la supuesta actividad de su trabajo, ante la sonrisa mal disimulada del padre y la abierta simpatía de la madre hacia los chistes a costa de Carmen.

Ella ya no escucha. En su mente está la cara de su coordinadora, tan amable al recibirla y tan seca al decir «no cumples con el perfil que esperamos, lo siento pero no superas el período de prueba». Se vio esa misma mañana asentir con la cabeza antes esas palabras. Recordó el deseo de salir rápido para encontrar lo perdido. Apresuró sus pasos, recorrió el mismo trayecto, la buscó con la mirada… todo en vano, no la encontró. El día anterior se llenó de altibajos y no pudo concentrarse. Volvió a su casa en silencio sin el trabajo que logró y perdió gracias a su servilleta de la suerte.

La voz de su madre la saca de sus pensamientos:

—¿No tienes ni un día y ya vas a llegar tarde? Anda ¡vete ya! que eres muy lenta al caminar, te va a dejar el autobús y tu padre no te puede llevar, lo sabes —continúa su madre quien no sirvió tostada ni café para ella. —Ya tomarás algo por allí, llévate unas monedas de la mesita.

Molesta por el comentario de su madre, las palabras de sus hermanos y el silencio sonriente de su padre, se dispuso a salir. Al llegar a la puerta miró su reflejo en el espejo que está en la entrada y notó en su rostro un rictus que antes no había percibido. Esas marcas cerca de sus labios no deberían estar allí. La imagen que proyecta de vuelta aquel cristal no le gusta, piensa que es muy joven para tener una expresión tan rígida.

Se esfuerza en dibujar una sonrisa y los hermanos, que están atentos a sus movimientos, sueltan una carcajada. Ella sale despavorida.

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Publicado por rosaboschetti

Relatos, historias, ilustraciones… y flexiones sobre arte

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