El expulsado: una lengua roja atraviesa el salón (1)

Para Saturnino Segundo Molina las incómodas cenas no tienen fin. En el intento de estar ausente se movió despacio, como si en cada bocado se le fuera la vida. Su vista siguió el vuelo de una abeja, que al igual que las palabras de sus padres, revolotea de forma absurda por el salón-comedor.

Discusión en el salón comedor de casa de los padres de Saturnino Segundo en forma de lengua roja
Destino monstruoso

Los reproches de los Molina Molina habían dejado de importarle desde temprana edad, sin embargo alguno se cuela en su interior, para anidar allí con fuerza. Esa noche en concreto antiguos y nuevos reclamos se confabularon para romper el estudiado mutismo:

—¡Ya! Como si me dedicara a contemplar el infinito.

—Me aburres Segundo, deja de desviar la conversación —interpela la madre.

Saturnino Segundo busca la complicidad que en algún momento existió entre ellos, pero solo encuentra la imitación del rictus severo de su padre.

—¡Haber hecho una fábrica de hijos! Así podrían repartir las quejas y por lo menos mi nombre tendría sentido… Mira que llamarme Segundo. ¡Si soy el único! —continúa Saturnino Segundo a manera de defensa.

—Esa investigación que haces es una pérdida de tiempo —prosigue la madre, que ignoró sus comentarios y alarga el brazo hasta el puesto del padre, para hacerle llegar la fuente de la ensalada. Saturnino Segundo tiene que apartarse para dejarlo pasar.

—¿Los últimos cursos te han servido? ¿Has aprendido algo que valga la pena? ¿Lo mandaron tus jefes? —pregunta el padre con la mirada clavada en él, para luego coger la fuente de la ensalada.

—Por favor… ¡tus preguntas ofenden! ¡Claro que aprendo cosas importantes! Son ustedes los que no quieren entender lo complicado de mi trabajo. Y no, nadie me mandó hacer nada, yo los hago porque son necesarios para mejorar mi investigación… —Saturnino Segundo habla de forma atropellada, ya casi sin paciencia.

—Y el préstamo… ¿por qué lo pediste a tu nombre?… si esos cursos son tan necesarios… ¿por qué no lo cubren ellos? —grita el padre mientras balancea el trozo de pan que tiene en la mano. Así muestra su desespero por hacerle entender que su trabajo no le reporta beneficios y que debe asumir, de una vez por todas, que algunos nacen para obedecer.

—Estamos hastiados de ayudarte. Bastante hicimos mientras estudiabas para que ahora te empeñes en trabajar en lo menos productivo de la profesión —habla la madre, mientras sirve el vino en el vaso del padre. Saturnino Segundo se ve de nuevo obligado a dejar el cubierto en el plato para dar paso.

—Ustedes no ME pagaron los estudios —dice Saturnino Segundo, mientras apunta con el índice hacia su pecho en repeticiones nerviosas del gesto. —La beca la gané con MIS calificaciones.

—¿Cuál es tu perspectiva de futuro? Ya tienes edad para vivir solo y sin embargo sigues sin aportar lo suficiente a esta casa, vamos que es muy poco —continúa el padre sin mirarlo.

—Con lo del préstamo y lo que les doy… Apenas puedo ahorrar, pagar mis cosas —responde Saturnino Segundo al ponerse de pie. Forzó al padre a ver cómo se mete las manos en los bolsillos y muestra el revés de éstos, que están vacíos.

Retrato familiar de los padres de Saturnino Segundo se inunda de rojo. Discusión
Discusión

—¡No seas infantil y siéntate que no hemos terminado! —ordenó su madre y él obedeció. — ¿En qué gastas el dinero? Y si nos morimos ¿he? ¿Qué vas hacer? —Para alimentar viejos resentimientos, sigue la madre: —Ya ni novia tienes. ¡Perdiste tu oportunidad con Anier! …te vas a quedar solo. Y para colmo ahora con… ¡con ese!… ¡tan arrogante!… «¡Ese que dices es tu amigo!»

El aludido, que durante toda la discusión estuvo sin moverse, ladeó un poco la cabeza y abrió los ojos con asombro para cruzar la mirada con la de Saturnino Segundo. El padre molesto al percibir ese gesto lanzó el trozo de pan que aún estaba en su mano y rozó la cara del amigo, quien reaccionó al correr hacia la habitación. Con la dignidad aporreada y la autoestima por el suelo Saturnino Segundo lo sigue. Dejó la cena sin terminar y al padre con la palabra en la boca, quien decidido a darle una lección y entre otras muchas maldiciones e improperios, gritó con voz seca:

— ¡Que se vayan de la casa!

— ¡Deja la grosería y saca a «ese» de tu habitación! —Agregó la madre desde el salón-comedor.

Saturnino Segundo seleccionó la música más estridente de su playlist y conectó los altavoces del teléfono móvil al máximo volumen.

🔊… ♫♪Somos una combinación ♫ que provoca discusión… ♪♪

El padre vociferó reclamos al golpear la puerta con ímpetu. Saturnino Segundo y el amigo ofrecieron la música como respuesta:

🔊… ♪♪ A los críticos los veo con optimismo ♫ Le dedican más tiempo a mi vida, que a la de ellos mismos… ♪♪


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Empieza a recorrer el laberinto de historias junto a Saturnino Segundo Molina, ahora ¿qué hará?

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