Pies de polvo

Como espesas gotas de barro fueron llegando, con sus características vestimentas azules ignorando el protocolo de la ocasión, creando una marcada diferencia con el negro de otros que también iban llegando en pequeños grupos con sus rasgos individuales y tenues fragancias artificiales anuladas por la fuerte emanación de ellos. Reconocí a esos que había visto por los pasillos disfrazados de gente sombra. Ellas, con sus cabellos al natural, dejando ver la sexualidad propia de cada una. Siempre mostrando todos sus atributos, decididas a explotarlos en nombre y por el bien del grupo. Ellos, con sus accesorios de gran tamaño, plata para la mayoría y oro blanco para Víctor y Daniel.

Reparé en la seguridad de los rostros de los líderes (Víctor y Daniel) cuando el número de trajes azules fue representativo y superior a los otros. Entonces, con la calma que les caracterizaba hicieron gestos que sólo los azules entendieron como una señal.

Estalló la vehemencia y la excitación, invadieron las conversaciones, el silencio y el espacio de todos. Hablaron de forma confusa, sin terminar las oraciones, trastocando las conversaciones que Onagnaz había tenido con todas sus hijas y que en algún momento ellos escucharon, usurpando así sus puestos. Contaban anécdotas que los vinculaban con lo que creían habían sido las ilusiones de Onagnaz. Sus voces crearon un ritmo vertiginoso de volumen cambiante. Todos los otros se veían incómodos y atrapados en el centro de un gran círculo difícil de evadir. Resignados, esperaban que la viuda pusiera fin a ese momento. Víctor y Daniel replegados cada uno en un extremo, vigilaban mientras fingían ver esas ruidosas pantallas rectangulares que los acompañaban todo el tiempo. Sus miradas y sus mentes estaban conectadas entre sí, como la mía con la de Anier.

Al vestido de traje largo absolutamente negro y con un pequeño rectángulo blanco a la altura del cuello, Anier le cede el poder para comenzar el ritual.

Por un segundo se respiró la calma hasta que, una mirada seguida de un pestañear de Víctor hizo explotar la tormenta nuevamente. Como si se tratara de una mala representación de una obra sin ensayo ni argumento, ese que fue mirado como al azar avanzó hasta lanzarse sobre el féretro rompiendo los jarrones llenos de flores que cayeron estrepitosamente al suelo, simultáneamente los candelabros volaron por los aires ralentizando el tiempo.

Como algo natural estos ruidos se sumaron a los lamentos, los aullidos de dolor y las risas escandalosas de ellos, acoplándose con la oratoria del que iba vestido de autoridad, que a pesar de lo grotesco de la escena y bajo la mirada vigilante de Anier nunca perdió su ritmo.

Cuando terminó, ellos estaban conmovidos e imitando a Daniel siguieron expresando con mímicas su gran sufrimiento.

Como esfinges solitarias, Anier y todas sus hijas observaban sin mirar. Permanecieron ajenas mientras eran suavemente tocadas por las manos de su familia tratando de consolarlas. Dentro de la multitud de dedos apareció el rostro de Víctor para susurrarle algo que transfiguró la cara de Anier. El ruido volvió. Los murmullos de los demás quedaban opacados por las crecientes expresiones de ellos, que parecían no tener fin.

Anier y todas sus hijas, guiadas por las manos que pretendieron dar consuelo, continuaron caminando. Llegaron sin saber cómo, ni a dónde. Sus espíritus estaban dormidos. Anier solo me veía delante de ellas, como si de mí dependiera el camino que deberían seguir. Notamos cómo sus pies se hundían en el fino polvo que rodeaba el sendero del cementerio demarcado con verdes y estilizados cipreses.

Pies de polvo es parte de Malas decisiones


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