A propósito de Horse Girl (2020)

Un relato de apariencia casual y simple, pero que avanza vertiginosamente para llenarse de emociones, símbolos y significado. Refleja la soledad más aplastante que pueda experimentar el humano: Ser consciente de la pérdida del conocimiento crítico y reflexivo de la realidad.

La desolación se apoderó de mi cuerpo a medida que se desarrolló la película. Luego de unas horas aún estaba invadida por una profunda tristeza.

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Relacionada con la realización del guión Alison Brie dice en una entrevista para Vulture: «Empecé a darme cuenta de que esto es mucho más sobre mi miedo a tener una enfermedad mental en mi línea de sangre. ¿Cuándo saldrá? ¿Y tendré la conciencia de saber cuándo está sucediendo?» 

En la vida cotidiana nos referimos a la soledad como a la carencia de relaciones inmediatas o a largo plazo, profundas o no. Es un vacío que experimentamos y que nos empuja a buscar compañía. Pero ¿Qué pasaría si nuestra realidad es confusa? ¿Qué podríamos compartir con otros o con nosotros mismos? ¿Cómo podríamos encajar en un grupo, en la sociedad? Estas preguntas surgen gracias al ritmo y la interesante narrativa del director.

Horse Girl (2020) se torna confusa: Al principio parece que se trata de algo ligero algo así como Maniac. Luego pensé: «se trata de viajes en el tiempo» estilo The OA, pero luego me di cuenta de algo (aunque haga spoiler no servirá de nada, pero por si acaso no digo de qué me di cuenta) y ya parecía una historia más estilo Undone, con el ir y venir en el tiempo, en la mente y la conciencia, hasta que comprendí que el enfoque cargado de simbolismos es más parecido a Mother! por la fuerza del personaje, sus angustias y la forma envolvente que nos hace ser partícipe sin poder de decisión. Tan sólo nos tenemos que conformar con estar al lado de la protagonista, corriendo el riesgo de pasar desapercibidos.

Los escenarios, la música, el vestuario y demás elementos distintos a las actuaciones, la fotografía y los planos de cámara, son usados para crear una atmósfera, pero hay un tipo de director que los introducen como parte de la narración, indispensables en la trama. Usan colores, vestuario, escenario y música para mostrar lo que se nos escapa en los diálogos y miradas de los actores. Para enfatizar lo envueltos, asfixiados o aislados que están los personajes. Es el caso de Jeff Baena con este film. También me vienen a la mente Darren Aronofsky (Mother! 2017), Spike Jonze (Her 2013), Hisko Hulsing (Undone 2019) y Jérémy Clapin (¿Dónde está mi cuerpo? J’ai perdu mon corps 2019).

Con la introducción de estos elementos también llega un lenguaje más abstracto, que obliga a prestar atención, interpretar y reflexionar para conectar con el sentimiento, sin muchos filtros ni adornos y más allá de cualquier efecto especial o una bella fotografía. No es recomendable para las personas que le gusten las historias que explican cada paso de la causa-efecto de las acciones o giros y secuencias, cerrando los cuadros y con una explicación implícita en cada escena.

En Horse Girl los tonos azul pastel contrastan con los naranjas para describir el estado mental de la protagonista, muestran la angustia de Sarah (Alison Brie) quien se siente asustada y trata de racionalizar lo que le está ocurriendo, buscando respuestas poco convencionales.

En un juego de imágenes y secuencias dudamos si lo que estamos viendo es real o fantasía. Es un tira y encoge que no se convierte en melodrama, ni pretende compasión, ni lástima. En una aproximación detallada en primera persona Sarah muestra su mundo interno con dignidad y un caballo como ancla. Desde la fragilidad, busca que lleguemos a comprender la lucha de la conciencia en su descenso al infierno, que seamos sus testigos empáticos. El director nos da esa oportunidad a través de Joan (personaje interpretado por Molly Shannon).

Joan es esa persona que somos muchas veces, esa que está cerca pero muy lejos a la vez, que sufre observando sin saber qué hacer exactamente, cómo aliviar, cómo ayudar. Es ese testigo empático. Da los consejos y compañía que, en la vida real, podríamos dar y de igual manera seguir ausentes.

La soledad a la que se enfrenta Sarah es la más absoluta que he visto plasmada en un film: Es la de quien no tiene familia, de quien no se encuentra, o se pierde en sí mismo, del ignorado por el entorno, por la sociedad. Soledad que pasa por el tamiz del rechazo, la incomprensión y por último el abandono.

A pesar de quedarme con una profunda tristeza no me arrepiento de haberla visto. No tengo ninguna vivencia cercana con esta experiencia (esquizofrenia paranoica), pero si he sabido de personas que la han tenido y hasta ahora no me había dado cuenta de la magnitud del problema desde el punto de vista de quien sufre esta enfermedad, solo la he vivido como referencia de tercera mano, a través de un «Joan». Compartí angustias y temores desde un punto de vista externo sin conocer a la persona que la padeció y menos aún su mente. Gracias a Baena y Brie (que escribieron el guión) me hago una idea… bueno y a Netflix por apostar por este tipo de contenidos, que de otra forma se quedarían en los circuitos de cine independiente y serían de difícil acceso.


Publicado por rosaboschetti

Relatos, historias, ilustraciones… y flexiones sobre arte

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