Mitos y leyendas: Fergus y el monstruo (relato corto)

Cuentan que hace muchos años existió un rey llamado Fergus. Su mayor pasión era realizar largas caminatas para disfrutar de los lagos que existían en sus lejanas tierras. Escondidos entre la vegetación unos hombres, de aproximadamente quince centímetros de estatura, lo siguen a diario. Sus rostros enmarcados con espesas barbas esconden una expresión traviesa y para jugarle bromas al rey esperan que, cansado de su expedición, se quede dormido.

Ese día pretendieron mover al rey para que se asustara al despertar en un lugar diferente, algunos lo rodearon y otros subieron sobre él. Fergus sintió el cosquilleo de sus pequeñas manos, abrió los ojos y se incorporó de golpe. Se produjo una estampida, algunos cayeron al suelo antes de emprender la huida y con un rápido movimiento Fergus logró atrapar a uno de los rezagados.

Al tenerlo entre sus manos Fergus fijó su mirada sobre el osado prisionero, sabía que en el momento en que dejara de verlo desaparecería. El hombre de quince centímetros, deseosos de zafarse, le ofreció al rey bolsas de oro. Era bien sabido que ellos eran muy ricos, poseían incontables vasijas de barro llenas de tesoros, pero el rey no deseaba más riquezas, solo quería que le concediera un deseo: poder respirar bajo las aguas de sus amados lagos.

A cambio de su libertad, el pequeño hombre le concedió su deseo y para ello le dio unas hierbas: —Estas para oler y estas van en los oídos, con ellas podrás estar sin peligro en las profundidades de tus lagos —dijo con voz grave —pero te advierto, no debes nadar bajo las aguas de un loch.

El rey lo miró sin comprender a qué se refería. El hombre de quince centímetros aclaró que el loch era una masa de agua salada: —aunque semejante a un lago, es un brazo del mar. Este es un buen ejemplo —dijo al señalar el hermoso loch que tenían a pocos metros.

—¿Y por qué un ser tan diminuto como tú me prohíbe a mí, que soy un rey, nadar en mis propias aguas?

—Porque si lo haces verás emerger tu alma, tu verdadera imagen. Ella se proyectará en tu rostro y todos podrán verla. Muchos son los valientes que han intentado vivir con ello y pocos los que lo han logrado.

A Fergus le pareció una advertencia muy tonta. Su verdadera imagen era encantadora y conocida por todos. No dudó ni por un momento. Deseoso de nadar en las profundas aguas fingió aceptar la advertencia, aunque seguía sin comprender el peligro al que se refería el prisionero. Cogió las hierbas con la mano que tenía libre y abrió la otra para dejarlo marchar.

Al quedarse solo, usó las hierbas según le indicó el pequeño hombre. Con rapidez caminó los pocos metros hacia el loch y se sumergió en sus profundas aguas. Quedó extasiado con la hermosa vegetación, con los colores. Unas rocas llamaron su atención y al nadar hacia ellas lo sorprendió un enorme monstruo marino que al respirar se hinchaba y deshinchaba como si fuera el fuelle de una gigantesca forja. Fergus quiso enfrentarlo, pero era tal su tamaño y tanta su fealdad que no pudo. Nadó rápido hasta la orilla y se alejó con pasos apresurados.

Ya en palacio, las personas se horrorizaron al ver el rostro de Fergus sin boca. Nadie se atrevió a expresar de alguna manera aquel horror que producía su aspecto, por temor a la posible reacción del rey. Muy rápido se extendió el rumor de que fue víctima de algún hechizo. Con un acuerdo tácito los habitantes de palacio guardaron silencio sobre la imagen del rey y continuaron con sus actividades. No tardaron en comprender que él no era consciente de su aspecto, así que escondieron tantos espejos y objetos que reflejaran las imágenes como les fue posible.

El final de aquel día transcurrió sin aparente novedad, hasta que llegó la temida hora de la cena. Todos se preguntaban si el rey se daría cuenta al comer o si el hechizo haría que siguiera sin notar que su boca estaba detrás de su cabeza, como una grotesca mueca.

El rey se sentó a la mesa. Se respiraba una tensa calma… Estaban expectantes… Fergus tomó una porción de los suculentos manjares a los que estaba acostumbrado, lo acercó a la cara y no encontró su boca. Sorprendido, miró con desprecio a la mujer que servía, la atrapó por los cabellos y le preguntó qué estaba pasando. Ella balbuceó unas palabras que, ante las insistentes preguntas del rey, nadie pudo escuchar. Además Fergus acompañó sus gritos frenéticos con innumerables golpes hasta que ella, sin más fuerzas para sobrevivir, cayó al suelo. Con ella cae también la bandeja resplandeciente que llevaba en sus manos y reflejó parte del rostro del rey. Éste, incrédulo ante el fragmento de su propia imagen, puso la bandeja frente a su cara y miró con asombro su monstruoso rostro. Fue entonces que recordó su paseo y la advertencia del pequeño hombre.

La salida de Fergus hacia el loch fue violenta. En su arrebato se precipitó sobre los objetos, sobre las personas que encontró a su paso. Los sirvientes que lograron presentir su furia  se apartaron, pero a los desprevenidos los empujó hasta hacerlos caer. Fergus pisoteó sus cuerpos, al igual que a los alimentos y utensilios que rodaban por el suelo, mientras partía para buscar al monstruo que, según él, cambio su verdadera imagen. Lo vencería para recuperar el aspecto de su alma.

La curiosidad y el miedo hicieron que las personas del palacio y todas aquellas que vieron su carrera, lo siguieran. Ellos observaron cómo, de forma compulsiva, el rey se sumergió en el loch y permaneció bajo sus aguas toda la noche.

Al día siguiente las personas que habían permanecido en el lugar contemplaron asustados cómo el agua del loch hirvió y se tiñó de rojo cuando Fergus emergió tambaleándose y con la cabeza de un gigantesco monstruo en sus brazos.

El susto de los presentes se transforma en asombro al contemplar el cambio del rostro del rey mientras camina hacia ellos. La boca retoma su lugar y su sonrisa característica, dulce y fría a la vez, se vuelve a dibujar. Al llegar a la orilla Fergus posa la cabeza del monstruo en la tierra húmeda, la deja como un trofeo y ya sin fuerzas, él también cae muerto.

Ante las miradas atónitas la cabeza del monstruo y el cuerpo de Fergus se unen y crean una unidad.

Se hicieron pomposos funerales. Nadie habló del horrible rostro de Fergus ni de la transformación que presenciaron a la orilla del loch. La noticia de aquel hechizo no salió de palacio. Se engrandecieron sus pequeñas virtudes y para olvidar lo sucedido en aquella cena acordaron, tácitamente, presumir del gran amor que profesaba hacia su servidumbre. A los pocos días el nuevo rey mostró una sonrisa que sería el sello de su reinado: dulce y fría a la vez. Lo conocido inspiró confianza y todos lo alabaron.


Relato basado en la leyenda Celta llamada Fergus y el caballo de río


Publicado por rosaboschetti

Relatos, historias, ilustraciones… y flexiones sobre arte

4 comentarios sobre “Mitos y leyendas: Fergus y el monstruo (relato corto)

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