Lo único que se mueve aquí es la luz, pero lo cambia todo para que nada cambie.
El taxi
Acacio camina con paciencia por la esquina desierta de la calle, mientras busca con los ojos a su amigo Saturnino y evita ser visto por su compañero de entrenamiento, aquel que se desvaneció en su asiento al ser nombrado en la reunión. Teme escuchar sus lamentos y no poder ofrecerle más que el consuelo de unas palabras vacías.
Anterior: Trimestre complicado:
Acacio queda seleccionado para ocupar el puesto de informático en la empresa de EMCU luego de tres meses de entrenamiento no remunerados.

En la reunión trimestral, de forma sorpresiva, despiden a un número significativo de personas y a él lo felicitan. Al salir a la calle, se topa con el grupo de los despedidos. Mientras espera el taxi, está ante la disyuntiva de decidir cómo proceder.
Escondido entre las sombras, el viento lo envuelve con quejas y reclamos que, por momentos, se hacen nítidas: —No salgo de mi asombro. —La indignación me embarga. —Comentan en tono dramático y la fría brisa convierte en un suspiro la última frase que llega a sus oídos: —¡Sea cual sea el motivo del despido, no es la forma de hacerlo…!
Un aire helado atraviesa el espacio para dar paso a otras voces nerviosas que, al hablar, aprietan sus chaquetas contra sus pechos: —No me nombraron, pero mañana renuncio —dice una voz juvenil, con la firmeza y el ímpetu que da la inexperiencia. Mientras su sombra introduce la mano en el bolsillo del abrigo para sacar el teléfono móvil. Se aleja un poco del grupo y su conversación, que promete alargarse, se evapora con la neblina.
Los ojos de Acacio continúan en la búsqueda de su amigo Saturnino; esfuerza la mirada para distinguir las sombras que están detrás de esos sonidos y uno en particular lo descuadra. —«Las estrellas no se miden por el tiempo que se queman… sino por cómo brillan» —exclama Diego. —Pero ¡¿qué dices…?! —¿No conoces la frase? La dijo Superman en… —¿De qué hablas? ¿No te has enterado de que esto es un problema serio? ¡No es momento!
Las voces continúan su movimiento. Entre suspiros se extienden y abren paso a reflexiones privadas que, en otras circunstancias, no se hubiesen atrevido a hacerlas públicas. En medio de ellas, Acacio distingue al compañero que ha evitado desde que se encontró inmerso en las sombras de la calle.
—No sé cómo pagar el préstamo que pedí para cubrir estos tres meses.
La angustia de su voz quiebra la noche y Acacio, contagiado por su inquietud y con un tono de voz tan bajo que apenas se escuchó a sí mismo, le interrumpe en la distancia: —¿Y si hablas con alguien para que estudien tu caso por separado?
Como era de esperarse, el compañero no escuchó sus palabras y otras voces dominan en la noche. —… ¿Me salen con esta noticia… sin ninguna explicación…? Yo no soy de los “nuevos”; llevo una década en la institución, sin faltas ni reclamos.

Palabras que resonaron altas y claras. Como una ráfaga, atraviesan los oídos de todas las imágenes presentes. Su contagioso gemido propicia que otros también se lamenten.
—¡Tengo dos años en la empresa! Ellos saben que mi mujer está a punto de dar a luz… y ahora esto… —¿Cómo le doy la noticia? —es el murmullo tembloroso de otra silueta. —Mejor vamos a otro sitio. Es una locura seguir parados aquí, rodeados de cámaras de vigilancia. —Dice la voz de la preocupación y con ella un grupo de murmullos y sombras se desplaza del lugar de donde estaban.
—¿Y tú, Acacio, qué haces aquí? —pregunta su compañero de asiento, que se acerca a la esquina de la calle arropado por el grupo que se retira. —¿No deberías irte y evitar problemas? Ya viste cómo son. —dice, en un intento de disfrazar la preocupación por sí mismo. Se detiene frente a él, con las manos dentro de los bolsillos del abrigo mientras aguarda una respuesta.
—Espero el taxi… —Responde Acacio en medio de pequeñas charlas que continúan en el grupo que se desplaza muy lento y a cada paso se detiene unos segundos. No le da tiempo de continuar lo que prometía ser una conversación, porque la voz de Diego se impone:
—Como ya dijo Daredevil: «Espero que hoy se halle la justicia… antes que la justicia te encuentre a ti» —declama esto y se separa del gentío con movimientos rápidos, para perderse en la fría noche. Las voces y sus siluetas no le prestan atención a su salida que pretendió ser teatral.
—Me voy. Ver tantas cámaras de seguridad me crispan los nervios… —La voz de la preocupación también es absorbida por la noche y un grito apaga el sonido de sus pasos: —¡Mi mujer está de parto! —¡Ve y que todo salga bien! —le responden en coro: —¡Corre! —¡Por lo menos hay una buena noticia…! —¡Felicidades…!
En medio del barullo, Acacio Blanco Albar siente que lo toman discretamente por la parte de atrás del brazo. Es Saturnino Segundo Molina, el amigo que lo había recomendado para el cargo. Saturnino sacude la cabeza al tiempo que le habla en voz baja:
—Por fin te encuentro, hasta llegué a pensar que evitabas hablarme. —Y continúa entre cómplice y preocupado: —De ninguna forma creas en sus alabanzas, son falsas. Hoy te felicitan, para poder destruirte mañana. —El rostro de Acacio se muestra confundido y sus ojos se distraen por un segundo al distinguir a una abeja revolotear cerca de él. «Es muy tarde para que esté volando por aquí, es muy raro», piensa, mientras dice:
—No te comprendo. Tardaste mucho en ayudarme, a pesar de conocer muy bien mi situación y ahora me sales con esto. ¿Acaso dudas de mis capacidades?
—Acacio, no me vengas con cuentos. Recuerda que Virginia y yo te recomendamos en todos los trabajos de los que nos enteramos. Que no eran cargos fijos o que no resultaron satisfactorios y tuviste una malísima racha en donde solo pudiste trabajar como buzonero es lamentable, pero no me culpes a mí, por favor y mucho menos a ella, que, además de ser tu esposa, siempre ha sido un gran apoyo para ti.
—Bueno…, es verdad lo que dices, pero ¿me vas a echar en cara tu ayuda…? Además… ¿Por qué mencionas eso ahora? Recién voy a comenzar en algo dentro de mi profesión y promete ser a muy largo plazo.
—Yo sé por qué te lo digo, no tiene nada que ver con tu desempeño y mucho menos pongo en duda tus capacidades. Te llevo a tu casa y te explico en el camino. Aquí no podemos hablar —dice Saturnino y sin soltarlo del brazo, lo aparta del grupo.
Al dúo se acerca el compañero al que llaman In e interrumpe con voz alegre:
—Acacio, te buscaba para felicitarte. El proyecto en el que trabajas es muy complicado y sin embargo, has destacado entre muchos. A Finna y a mí nos encantaría que nos explicaras algunos puntos para tenerlos claros mañana a primera hora, al igual que al otro colega con el que compartimos taxi que, como sabes, también es nuevo.
Saturnino, sin soltar el brazo de Acacio, le invita a seguirlo, pero él se suelta y le dice:
—Lo siento, Saturnino, me voy con ellos. Hablamos después. No puedo perder esta oportunidad.
Se aleja y Saturnino escucha cómo In, mientras caminan hacia el taxi, envuelve a su amigo en halagos y alabanzas.
In lo guía por los hombros al mismo tiempo que le susurra: —No te dejes llevar por resentimientos ajenos. Para él hay reservada una situación «especial» —y señala con los dedos las comillas que envuelven a la palabra «especial». —Tú apenas comienzas a destacar. No cometas errores hoy, de los que te arrepentirás mañana.
Acacio, aunque está molesto por las palabras que le dijo Saturnino, siente malestar al escuchar lo que dice sobre su amigo, pero no se atreve a defenderlo, ni siquiera se arriesga a intentar averiguar cuál es la sorpresa que le tienen, por lo que permanece callado.

Llegan al taxi en donde los esperan las siluetas de Finna y el nuevo. Atrás quedaron los contornos del taciturno Saturnino y de otros, dispersos en la penumbra.
Al ponerse en marcha el vehículo, In comienza a preguntar sobre el proyecto y Acacio, a pesar de que le parecen cuestiones muy básicas, responde. Da por sentado que es para aclarar esos puntos al nuevo, que permanece en silencio, como ausente y contrasta con las intervenciones eufóricas de Finna e In.
La conversación se convierte en una confusa lluvia de ideas inconclusas. De vez en vez, las miradas de Acacio y la del chofer se cruzan a través del espejo central que está dentro del coche.
Luego del recorrido que para Acacio se hace demasiado largo, el nuevo llega a su destino, más tarde Finna. Después de un corto trayecto se queda In, quien, antes de bajarse, entre forzados abrazos, le proclama:
—Como te dije, causaste muy buena impresión. Mañana te explico cómo le puedes sacar partido.
El vehículo permanece en silencio. Acacio se recuesta en el asiento, cierra los ojos. En su imaginación cobran vida los antiguos fantasmas que, durante años, rondaron sus días y noches mientras buscaba trabajo dentro de su profesión. Siente náuseas; un nudo en el estómago lo obliga a doblar la espalda. Como secuencias inconexas, aparecen escenas en donde es rechazado por su edad; humillado, escucha los tonos condescendientes en las voces de las infinitas entrevistas, por no tener el rango acorde a su preparación; burlado en su buena fe, al tiempo que realizó trabajos de reparto para ayudar con los gastos que cubría Virginia y poder sobrevivir. Abre la ventanilla e inhala el frío aire de la noche.
A sus pensamientos se suman los aplausos y diversos acontecimientos de la reunión que acaba de terminar, las palabras de Saturnino, las de In. Anhela llegar pronto para contarle a Virginia lo ocurrido y así vaciar su mente de tantas imágenes. El chofer lo observa por el espejo, nota el rictus de su cara y sus manos nerviosas. Mira la hora en su reloj y piensa: «Se ve raro… ¿Le habrá pasado algo malo…? Aunque por la conversación que traían, parece más bien que todos estaban borrachos. Ojalá no ensucie la tapicería; estoy muy cansado para limpiarla a estas horas».
Al poco tiempo, la voz del conductor lo devuelve al presente.
—Perdona, amigo, pero ¿qué te ocurre? ¿Un mal día en el trabajo?
—A decir verdad, hoy fue un día muy raro, pasaron cosas que, si no las hubiera vivido, no me las creería.
El chofer, al darse cuenta de que no está borracho, le dice de forma condescendiente:
—Lo bueno es que ya llegamos. Descansa y trata de poner en orden tus ideas —le informa el monto de la carrera y con una amplia sonrisa agrega: —Me hiciste recordar los comentarios de algunos antiguos empleados de esa institución. Ellos también decían que allí pasaban cosas raras.
A duras penas paga y le solicita un recibo para tener constancia y pedirles a los compañeros lo que corresponda a cada uno; seguro se lo darán mañana. El chofer le entrega el comprobante y él sale del vehículo. Camina aislado de la realidad. No se percata de que una abeja sigue sus atolondrados pasos. Entran en el ascensor, seca su rostro con una toalla desechable, la guarda en el bolsillo de la chaqueta, saca las llaves, abre la puerta, continúa rumbo a su casa junto a la abeja que pasa inadvertida para él.
Virginia, preocupada, lo espera en la sala. Es cierto que en este trabajo el horario es irregular. Por lo general llega a deshora todas las noches, pero lo de hoy es anormal. El televisor proyecta su programación desde que llegó en la tarde, después de un día de labor nada alentador; lo encendió y aún no lo ha apagado.

Reconoce que son voces que repiten hasta el cansancio testimonios absurdos que se hacen realidad en los más confiados, por eso ni lo mira. Piensa que al no prestarle atención no los asimila; son inofensivos para ella; tan solo enciende la T.V. para aliviar su soledad y sentir la compañía de alguien familiar.
Al entrar, él la saluda con normalidad, pero Virginia intuye que algo inusual ocurrió. La abeja pasa desapercibida, vuela hacia el salón y los observa mientras comen una cena rápida, miran de reojo el televisor que continúa encendido, mantienen una charla entrecortada sin advertir su presencia. Ante la insistencia de las preguntas de ella, Acacio habla del tema que le cuesta trabajo abordar.
—Daniel, el subgerente, despidió a un montón de personas. Las razones no las explicó, pero se desató una situación terrible.
—¿Y cómo te enteraste de que los despidieron?
—Lo hizo en plena reunión, cuando creíamos que ya había terminado…
—¿En público…? ¿En una reunión…?
—Sí, así fue…
—Escuché que eso pasó en un país, hace ya un tiempo. Creo que despidieron por televisión a un grupo grande de una compañía petrolera… No recuerdo bien… —Virginia sacude la cabeza y vuelve a la conversación actual: —Pero cuenta, ¿a quiénes echaron?
—No te voy a repetir todos los nombres, no los recuerdo y además tú no conoces a ninguno; son MIS compañeros. Confórmate con saber que despidieron a varias personas, de ambos sexos.
—Por favor, no te pongas así. Si no me cuentas lo que pasó, ¿cómo voy a opinar cuando me pidas algún consejo? —Lo mira con atención y le pregunta: —¿A quiénes despidieron entonces? —Ante el silencio de Acacio, vuelve a preguntar: —¡¿A Saturnino?! No puede ser…
—No, a él no, pero se comportó de forma extraña.
—Bueno, él casi siempre es muy raro, pero ya que no me vas a dar el “listado de los despedidos», por lo menos dime si te enteraste cuál fue el motivo de los despidos.
—No, no me enteré, creo que nadie lo sabe, solo escuché quejas y lamentos en la calle. Al llegar el taxi, me vine.
—¿Tienes el móvil de alguno de ellos? Digo, para que lo llames y te enteres qué pasó, por sí está relacionado con alguna actividad del proyecto. Sería bueno que lo supieras, para que no cometas el mismo error… Y, ¡claro!, le des tu apoyo… O mejor llama a Saturnino, seguro sabe algo.
—Te repito que la amistad con Saturnino sufrió un traspié; me habló de una forma extraña. —Al decir esto vuelve a sentir un nudo en el estómago y sin darle tiempo a Virginia para reaccionar, continúa: —Por otro lado… En la misma reunión, después de leer la lista de los despedidos, Daniel me felicitó por mi trabajo, me puso como un buen ejemplo.
—¡Así mismo pasó en ese lugar que te mencioné…! —pensativa, busca el recuerdo de aquella vieja noticia, luego continúa como si la hubiese encontrado en su mente —Sí, un presidente. Por televisión despidió a un grupo de una empresa importante del Estado y alabó, entre aplausos y vítores, a sus amigos, que se convirtieron en sus sustitutos.
Acacio Blanco Albar la mira sin comprender de qué habla y Virginia, incómoda, continúa:
—En la reunión de hoy sucedió algo más… No es casualidad que ese hecho se repita. Por otro lado, deberías hablar con alguien para averiguar qué ocurrió; quizás Saturnino te pueda aconsejar a quién dirigirte o él mismo lo sepa y no pudo contarlo esta noche, con tanta gente alrededor y por eso te habló, como me dices, de forma extraña. Piensa que hoy les pasó a ellos… mañana puedes ser tú…, pero dime: ¿qué fue lo raro que te dijo Saturnino?
—Algo así como que no creyera en esas alabanzas, porque son falsas. Hoy te felicitan, para poder destruirte mañana. A lo mejor tiene razón y mi trabajo no es tan necesario como pretendo creer.
—Ay, Acacio, ¿hasta cuándo vas a seguir lamentándote de tu vida? Te felicitaron y punto. Eres muy bueno en tu profesión. Esas palabras de Saturnino no tienen nada que ver con tu desempeño, se refiere a la empresa… a los directivos, los compañeros… no sé. Llámalo para salir de dudas.
—No, Virginia, te repito que Saturnino está raro conmigo.
—Ahora soy yo la que no entiende. Él te puede ayudar para maximizar tu perfil profesional dentro de la institución. La conoce bien y además es un buen amigo.
—Eso de destacar me asusta… Tienes que cuidarte las espaldas constantemente y yo no puedo vivir así… Prefiero pasar inadvertido…
—Me abruma tu pasividad. Con esos pensamientos no vas a levantar cabeza. Siempre vas a estar al final de la fila…
Arcadio continúa mirándola con cara de interrogación y comienza a recoger los platos de la cena. Van a la cocina y ella sigue con sus conjeturas:
—Lo que ocurrió hoy en esa reunión me intriga. ¿Tendrá algo que ver con algún nuevo método de motivación? Que despidan a un significativo grupo de esa forma, tan inusual y feliciten a otro en el mismo momento…
—No tiene sentido… Eso se hace con más frecuencia de lo que creemos, es para confundir y evitar que surjan preguntas… Suena más a una mecánica de disuasión… a una coacción.
—No tiene sentido…
—Eso se hace con más frecuencia de la que creemos, es para confundir y evitar que surjan preguntas… Suena más a una mecánica de disuasión… una coacción.
—No te entiendo…
—Es muy sencillo: todos quieren saber qué pasó, pero el temor los obliga a permanecer callados. Así nadie se puede organizar, nadie puede reclamar. Por lo general, la discusión posterior se centra en la forma en la que se hizo y no en el porqué… El elemento sorpresa es la clave.
—Suena a teoría de la conspiración, es muy rebuscado. En todo caso, creo que fue casual.
—Para esa gente nada es casual. Te vas a dar cuenta de que tengo razón. —dice Virginia al secarse las manos.
Acacio guarda el último plato y replica: —Vamos a acostarnos, estoy agotado.
Con estas palabras dan por terminada la conversación. Luego apagan el televisor y ambos, sin percatarse de la presencia de la abeja, se dirigen a la habitación. Ya en la cama, Virginia escribe “EMCU” en el buscador de su teléfono móvil y lo que encuentra la asombra de tal manera que desea hablarlo con Acacio Blanco Albar, pero él ya tiene los ojos cerrados.
Sigue en: Motivación a ultranza. 3
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Gracias por el comentario. Un abrazo 🐾
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Hola, Rosa.
Sigue la intriga y la situación parece agravarse al separar amistades e incluso poner barreras en la pareja.
Acacio cree necesario aprovechar la oportunidad, pero parece no darse cuenta de que se está metiendo en algo muy oscuro. O eso parece, ¿no?
Te sigo leyendo en la próxima entrega.
Un Abrazo.
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Hola José. Así mismo es. Acacio, no parece darse cuenta de dónde se está metiendo. A veces la necesidad de sobrevivencia, aprobación, etc. puede más, pero bueno esto es pura fantasía o eso quiero creer. Gracias por el comentario. Un abrazo 🐾
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Creo que Acacio no es consciente del embolao en el que se está metiendo. A ver cómo va emergiendo. Un placer leerte. Un abrazo
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Hola Nuria, Creo que Acacio piensa que «la necesidad tiene cara de perro». Gracias por el comentario. Un abrazo 🐾
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Entre el ambiente de la noche, las voces y las sombras crean una atmósfera angustiante. Algo muy gordo está pasando en esa empresa, tanto que va en ello la calidad de vida de las familias. ¿Y Acacio? Me dan ganas de darle un meneo para que abra bien los ojos y se entere de los que está pasando. Tal vez sea una pieza más en el engranaje que será desechada en el momento que no se la necesite. ¿Ficción? Yo mas bien diría triste realidad.
Un abrazo, Rosa.
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Hola María Pilar. La realidad es tan fuerte, que, para mí, es inevitable retratar lo que está pasando; sin embargo, vamos a ver por dónde me tira Acacio. Gracias por el comentario. Un abrazo 🐾
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Vaya cómo manejas el relato, Rosa.
Logras que ese entramado en el que está metido Acacio se parezca cada vez más al mundo en que vivimos. Igual que él, nos se timos zarandeados y llevados de un lado para otro por circunstancias y razones que no llegamos a entender. Enhorabuena.
Un fuerte abrazo 🙂
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Es cierto Miguel, en algún momento de nuestras vidas nos hemos encontrado en circunstancias parecidas a las que atraviesa Acacio y no siempre hemos salido bien parados. Vamos a ver cómo le va a él. Graqcias por tus palabras. Un abrazo 🐾
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