La Vida laboral de Acacio Blanco Albar: El Taxi (2)

El taxi

Acacio camina con paciencia hacia la calle, mientras busca con los ojos a su amigo Saturnino y evita ser visto por su compañero de entrenamiento, aquel que estaba sentado a su lado en la reunión. Teme escuchar sus lamentos y no poder ofrecerle más que vacías palabras de consuelo. Escondido entre las sombras, el viento lo envuelve con las voces cargadas de quejas y reclamos.

Acacio queda seleccionado para ocupar el puesto de informático en la empresa de EMCU luego de tres meses de entrenamiento, no remunerados. En la reunión trimestral, de forma sorpresiva, despiden a un número significativo de personas y a él lo felicitan. Al salir a la calle, se topa con el grupo de los despedidos. Mientras espera el taxi, está ante la disyuntiva de decidir cómo proceder.

En la oscura esquina, las voces lejanas se hacen más nítidas: —«No salgo de mi asombro«; —«la indignación me embarga» Comentan en tono dramático y la fría brisa convierte en un suspiro la última frase que llega a sus oídos: —¡Sea cual sea el motivo del despido, no es la forma de hacerlo…!!

Un aire helado atraviesa el espacio para dar paso a otras voces nerviosas que, al hablar, aprietan sus chaquetas contra sus pechos: —No me nombraron, pero mañana renuncio —dice una voz juvenil, con la firmeza y el ímpetu que da la inexperiencia. Mientras su sombra introduce la mano en el bolsillo del abrigo para sacar el teléfono móvil. Se aleja un poco del grupo y su conversación, que promete alargarse, se evapora con la neblina.

Los ojos de Acacio continúan en la búsqueda de su amigo Saturnino, esfuerzan la mirada para distinguir las sombras que están detrás de esas voces y una en particular lo descuadra. —«Las estrellas no se miden por el tiempo que se queman… sino por cómo brillan» —Exclama Diego. —Pero ¡¿qué dices…?! —Salta otra voz molesta y sorprendida por el comentario. —¿No conoces la frase? La dijo Superman, en… —Continua el joven. —¿De qué hablas Diego? ¿No te enteras de que esto es un problema serio? ¡No es momento! —reprime con autoridad una voz de mujer, igual de juvenil.

Las voces se mueven entre suspiros, se extienden y abren paso a reflexiones privadas que, en otras circunstancias, no se hubiesen atrevido hacer pública. En medio de ellas, Acacio distingue al compañero que ha evitado desde que se encontró inmerso en las sombras de la calle: —No sé cómo pagaré el préstamo que pedí para cubrir estos tres meses —La angustia de su voz quiebra la noche y Acacio, contagiado por su inquietud y con la voz tan baja que apenas se escuchó a sí mismo, le interrumpe en la distancia: —Sabíamos que eran sin paga, pero pudieras hablar para que estudien tu caso por separado.

—… ¿Me salen con esta noticia… sin ninguna explicación…? Yo no soy de los “nuevos” llevo una década en la institución, sin faltas, ni reclamos —Se escucha otra voz alta y clara que, como una ráfaga, atraviesa los oídos de todas las sombras presentes. Su contagioso gemido propicia que otros también se lamenten. —¡Tengo dos años en la empresa!  Ellos saben que mi mujer está a punto de dar a luz… Y ahora esto… ¿Cómo le doy la noticia? —se escuchó el murmullo tembloroso de otra voz. —Mejor vamos a otro lugar. Es una locura seguir parados aquí, rodeados de cámaras de vigilancia. —Dice la voz de la preocupación y con ella el grupo de voces y sombras se desplaza del lugar en donde estaban de pie.

—¿Y tú Acacio, qué haces aquí? —pregunta su compañero de asiento, que se acerca a la esquina de la calle arropado por el grupo que se retira. —¿No deberías irte y evitarte problemas?, ya viste como son. —dice, en un intento de disfrazar la preocupación por sí mismo. Se detiene frente a él, con las manos dentro de los bolsillos del del abrigo mientras aguarda una respuesta.

—Espero el Taxi —responde Acacio en medio de pequeñas conversaciones que continúan en el grupo que se desplaza muy lento y se detienen unos segundos a cada paso que avanzan. De nuevo aparece la voz de Diego: —Como ya dijo Daredevil: «Espero que hoy se halle la justicia… antes que la justicia te encuentre a ti” —declama esto y se separa del gentío con movimientos rápidos, para perderse en la fría noche. Las voces y sus siluetas no le prestan atención a su salida que pretendió ser teatral.

—Me voy. Ver tantas cámaras de seguridad, me crispan los nervios —La voz de la preocupación también es absorbida por la noche y un grito apaga el sonido de sus pasos: —¡Mi mujer está de parto! —Ve y ¡que todo salga bien! —le responden en coro: —¡Corre! —¡Por lo menos hay una buena noticia…! —¡Felicidades…! En medio del barullo, Acacio Blanco Albar siente que lo toman discretamente por la parte de atrás del brazo. Es Saturnino Segundo Molina, el amigo que lo había recomendado para el cargo.

Saturnino sacude la cabeza al tiempo que le habla en voz baja: —Por fin te encuentro, hasta llegué a pensar que evitabas hablarme. — Y continua entre cómplice y preocupado: —De ninguna forma creas en sus alabanzas, son falsas. Hoy te felicitan, para poder destruirte mañana. —El rostro de Acacio se muestra confundido y sus ojos se distraen por un segundo al distinguir a una abeja revolotear cerca de él. «Es muy tarde para que esté volando por aquí, es muy raro» piensa, mientras dice con voz seca:

—No te comprendo. Tardaste mucho en ayudarme, a pesar de conocer muy bien mi situación y ahora me sales con esto. ¿Acaso dudas de mis capacidades?

—Yo sé de qué te hablo. Te llevo a tu casa y te explico en el camino —dice Saturnino y sin soltarlo del brazo lo aparta del grupo.

Al dúo se acerca el compañero al que llaman In y antes de que Saturnino pueda hablar, interrumpe con voz alegre: —Acacio, te buscaba para felicitarte. El proyecto en el que trabajas es muy complicado y sin embargo has destacado entre muchos. A Finna y a mí nos encantaría que nos explicaras algunos puntos para tenerlos claros mañana a primera hora, al igual que al otro colega con el que compartimos taxi que, como sabes, también es nuevo.

Saturnino, sin soltar el brazo de Acacio, le invita a seguirlo, pero él se suelta y le dice: —Lo siento, me voy con ellos. No puedo perder esta oportunidad. —Se aleja y Saturnino escucha cómo In, mientras caminan hacia el taxi, envuelve a su amigo en halagos y alabanzas.

In lo guía por los hombros al mismo tiempo que le susurra: —No te dejes llevar por resentimientos ajenos. Para él hay reservada una situación «especial» —y señala con los dedos las comillas que envuelven a la palabra «especial»— Tú apenas comienzas a destacar. No cometas errores hoy, de los que te arrepentirás mañana. —Acacio, aunque está molesto con su amigo, siente malestar por las palabras de In, pero no se atreve a defenderlo, ni siquiera intenta averiguar cuál es la sorpresa que le tienen, por lo que permanece callado. Llegan al taxi en donde los esperan las siluetas de Finna y el nuevo. Atrás quedaron los contornos del taciturno Saturnino y de otros, dispersos en la penumbra.

Al ponerse en marcha el vehículo, In comienza a preguntar sobre el proyecto y Acacio, a pesar de que le parecen cuestiones muy básicas, responde. Da por sentado que es para aclarar esos puntos al nuevo, que permanece en silencio, como ausente y contrasta con las actitudes de Finna e In que intervienen eufóricos.

La conversación se convierte en una confusa lluvia de ideas inconclusas. De vez en vez, las miradas de Acacio y la del chofer se cruzan a través del espejo central que está dentro del coche. 

Luego del recorrido que para Acacio se hizo demasiado largo, el nuevo llega a su destino, después Finna e In quien, antes de bajarse, entre forzados abrazos, le proclama: —Como te dije, causaste muy buena impresión. Mañana te explico cómo le puedes sacar partido.

El vehículo queda en silencio y Acacio se recuesta en el asiento, cierra los ojos. En su imaginación cobran vida los antiguos fantasmas que, durante años, rondaron sus días y noches mientras buscaba trabajo dentro de su profesión. Siente náuseas, un nudo en el estómago lo obliga a doblar la espalda. Como secuencias inconexas aparecen escenas en donde es rechazado por su edad, humillado por no tener el rango acorde a su preparación, burlado en su buena fe, con tonos condescendientes en las voces de las infinitas entrevistas, al tiempo que realizó trabajos de reparto para sobrevivir. Abre la ventanilla e inhala el frío aire de la noche. A sus pensamientos se suman los aplausos y diversos acontecimientos de la reunión que acaba de terminar, la conversación con Saturnino, las palabras de In. Anhela llegar pronto para contarle a Virginia lo ocurrido y así vaciar su mente de tantas imágenes. El chofer lo observa por el espejo, nota el rictus de su cara y sus manos nerviosas. Mira la hora en su reloj y piensa «Me libré de los otros tres, pero falta este borracho. Ojalá no ensucie la tapicería, estoy muy cansado para limpiarla a estas horas».

La voz del conductor lo devuelve al presente. —Ya llegamos… —A duras penas paga el importe total de la carrera. Le solicita un recibo para tener constancia y pedirle a los compañeros lo que corresponda a cada uno. Seguro se lo darán mañana. El chofer le entrega el comprobante y él sale del vehículo. Camina aislado de la realidad. No se percata que una abeja sigue sus atolondrados pasos. Entran en el ascensor y él seca su rostro con una toalla desechable, la guarda en el bolsillo de la chaqueta, saca las llaves, la puerta se abre, continúan rumbo a su casa.

Virginia lo espera preocupada en la sala. Es cierto que en este trabajo el horario es irregular. Por lo general llega tarde todas las noches, pero lo de hoy es anormal. El televisor proyecta su programación desde que llegó a la hora del almuerzo y lo encendió.

Reconoce que son voces que repiten, hasta el cansancio, testimonios absurdos que se hacen realidad en los más confiados, por eso ni lo mira. Piensa que al no prestarle atención no los asimila, son inofensivos para ella, tan solo enciende la T.V. para aliviar su soledad y sentir la compañía de alguien familiar.

Al entrar él la saluda con normalidad, pero Virginia intuye que algo inusual ocurrió. La abeja pasa desapercibida, vuela hacia el salón y los observa mientras comen una cena rápida, miran de reojo el televisor que continúa encendido, mantienen una charla entrecortada sin advertir su presencia. Ante la insistencia de las preguntas de ella, Acacio habla del tema que le cuesta trabajo abordar.

—Daniel, el sub-gerente, despidió a un montón de personas. Las razones no las explicó, pero se desató una situación terrible. 

—¿Y cómo te enteraste de que los despidieron?

—Lo hizo en plena reunión, cuando creíamos que ya había terminado…

—¿En público…? ¿En una reunión…?

—Sí, así fue…

—Escuché que eso pasó en un país, hace ya un tiempo. Creo que despidieron por televisión a un grupo grande de una compañía petrolera… —Virginia sacude la cabeza y vuelve a la conversación actual, —pero cuenta ¿A quiénes echaron? Seguro que la mayoría eran mujeres… Lo he escuchado en varias oportunidades, no recuerdo en dónde, pero hay estadísticas que dicen que hay empresas que hacen despidos injustificados a mujeres, de forma masiva.

—¡Virginia, para ya! Despidieron a varias personas, de ambos sexos.

—Por favor Acacio, no te pongas así. Son cosas que uno escucha y algo tendrán de cierto… ¿A quiénes despidieron entonces? ¿A Saturnino no, verdad?

—No, a él no, pero se comportó de forma extraña.

—Bueno, él es casi siempre muy raro, pero dime ¿Te enteraste cuál fue el motivo del despido?

—No, creo que nadie lo sabe, solo escuché quejas y lamentos en la calle, al llegar el taxi me vine. 

—¿Tienes el móvil de alguno de ellos? Digo, para que lo llames y te enteres qué pasó, por si está relacionado con alguna actividad del proyecto. Sería bueno que lo supieras, para que no cometas el mismo error…  y ¡Claro!, le des tu apoyo… O mejor llama a Saturnino, seguro sabe algo.

—La amistad con Saturnino creo que se terminó —al decir esto vuelve a sentir un nudo en el estómago y sin darle tiempo a Virginia para reaccionar, continúa: —Por otro lado… En la misma reunión, después de leer la lista de los despedidos, Daniel me felicitó por mi trabajo, me puso como un buen ejemplo.

—¡Así mismo pasó en ese lugar que te mencioné…! —pensativa, busca el recuerdo de aquella vieja noticia, luego continúa como si la hubiese encontrado en su mente: — Sí, un presidente. Por televisión despidió a un grupo de una empresa importante del Estado y alabó, entre aplausos y vítores, a sus amigos, que los sustituirían.

Acacio Blanco Albar la mira sin comprender de qué habla y Virginia, incómoda, continúa: 

—¡Haber aprovechado que te mencionó para pedirle explicaciones! Si no pones los puntos claros desde el principio, ¿Cómo vas a defender tus derechos?, hoy les pasó a ellos, pero mañana puedes ser tú y eso no nos lo podemos permitir. Recuerda que tenemos una deuda con mis padres que hay que pagar.

Arcadio continúa mirándola con cara de interrogación y comienza a recoger los platos de la cena. Van a la cocina y ella pregunta:

—¿Tendrá algo que ver con algún nuevo método de motivación? Qué despidan a un significativo grupo de esa forma, tan inusual y feliciten a otro en el mismo momento…

—No tiene sentido… Eso se hace con más frecuencia de lo que creemos, es para confundir y evitar que surjan preguntas… Suena más a una mecánica de disuasión… a una coacción.

—No te entiendo…

—Es muy sencillo: todos queremos saber qué pasó, pero el temor nos obliga a permanecer callados. Así nadie se puede organizar, nadie puede reclamar. Por lo general, la discusión posterior se centra en la forma en la que se hizo y no en el por qué… El elemento sorpresa es la clave.

—Suena a teoría de la conspiración, es muy rebuscado. En todo caso, creo que fue casual.

—Para esa gente nada es casual. Te vas a dar cuenta de que tengo razón. —dice Arcadio al guardar el último plato y Virginia se seca las manos. —Vamos a acostarnos, estoy agotado. 

Con estas palabras dan por terminada la conversación. Luego apagan el televisor y ambos se dirigen a la habitación. Ya en la cama, Virginia escribe “EMCU” en el buscador de su teléfono móvil y lo que encuentra la asombra de tal manera que desea hablarlo con Acacio Blanco Albar, pero él ya tiene los ojos cerrados.

Sigue en: Motivación a ultranza. 3


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10 comentarios en “La Vida laboral de Acacio Blanco Albar: El Taxi (2)

  1. Hola, Rosa.
    Sigue la intriga y la situación parece agravarse al separar amistades e incluso poner barreras en la pareja.
    Acacio cree necesario aprovechar la oportunidad, pero parece no darse cuenta de que se está metiendo en algo muy oscuro. O eso parece, ¿no?
    Te sigo leyendo en la próxima entrega.
    Un Abrazo.

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    1. Hola José. Así mismo es. Acacio, no parece darse cuenta de dónde se está metiendo. A veces la necesidad de sobrevivencia, aprobación, etc. puede más, pero bueno esto es pura fantasía o eso quiero creer. Gracias por el comentario. Un abrazo 🐾

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  2. Entre el ambiente de la noche, las voces y las sombras crean una atmósfera angustiante. Algo muy gordo está pasando en esa empresa, tanto que va en ello la calidad de vida de las familias. ¿Y Acacio? Me dan ganas de darle un meneo para que abra bien los ojos y se entere de los que está pasando. Tal vez sea una pieza más en el engranaje que será desechada en el momento que no se la necesite. ¿Ficción? Yo mas bien diría triste realidad.
    Un abrazo, Rosa.

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    1. Hola María Pilar. La realidad es tan fuerte, que, para mí, es inevitable retratar lo que está pasando; sin embargo, vamos a ver por dónde me tira Acacio. Gracias por el comentario. Un abrazo 🐾

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  3. Vaya cómo manejas el relato, Rosa.
    Logras que ese entramado en el que está metido Acacio se parezca cada vez más al mundo en que vivimos. Igual que él, nos se timos zarandeados y llevados de un lado para otro por circunstancias y razones que no llegamos a entender. Enhorabuena.
    Un fuerte abrazo 🙂

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    1. Es cierto Miguel, en algún momento de nuestras vidas nos hemos encontrado en circunstancias parecidas a las que atraviesa Acacio y no siempre hemos salido bien parados. Vamos a ver cómo le va a él. Graqcias por tus palabras. Un abrazo 🐾

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