El grupo de investigación se reunía en diferentes lugares públicos, pero El Detective, al no tener los conocimientos para descifrar los mensajes de las miradas y gestos de sus compañeros, no se enteraba de nada. Para ponerse al tanto, tuvo que realizar un curso forzoso y veloz con Alfredo.
Anteriormente. A Ciudad Agnus llega un visitante que burla a «El Detective» quien se ve forzado a pagar su consumo en el café y molesto decide atraparlo. El grupo que se mueve en silencio, con una presencia subversiva, le pide que se una a ellos. Él acepta y se disponen a recopilar pruebas de sus fechorías.

La reunión la hacían a las afueras de Ciudad Agnus, bajo la estricta vigilancia de sus compañeros, pendientes de miradas extrañas y detectores de intrusos. Al más leve aviso de amenaza, Alfredo y El Detective guardaban silencio y fingían un encuentro casual. Luego de comprobar que la zona estaba despejada, continuaban con sus prácticas.
Fue imperativo para El Detective memorizar el significado de los sutiles parpadeos, los tenues cambios en la luz de las pupilas, un cambio de olor repentino, un sonido más agudo o grave de lo habitual, entre otras expresiones y acciones que sin un exhaustivo entrenamiento eran imposibles percibir. Pensó que tenía medio camino hecho con el arte de pasar desapercibido, por lo que le dedicó menos tiempo a perfeccionarlo.

Las visitas obligatorias al café con sus compañeros de trabajo y sus respectivos jefes, le servían para practicar el doble lenguaje. A los pocos meses logró traducir sus pensamientos en gestos, miradas y reconocer las señales de los otros sin dudar del significado. Sin embargo, le tomó más tiempo llevar el hilo de estas conversaciones en paralelo y cuando pudo mantener fluidos ambos diálogos, se sintió lleno de satisfacción, realmente ya formaba parte de un grupo.
Por otro lado, estas prácticas, combinadas con las horas en vela que pasaba en su habitación para repasar lo aprendido, lo tenían exhausto. Aún no dominaba el arte de ser inadvertido y por esta razón sus compañeros notaron su cansancio. Dedujeron que requería de un estímulo que despertara su vitalidad. Hablaron con los jefes y ellos, después de varias discusiones, decidieron que necesitaba nutrirse de nuevas ideas. Le asignaron custodiar las reuniones de los directivos de EMCU para que abriera su mente hacia otras perspectivas.
Al comunicarle al grupo de esta misión, ellos vieron la oportunidad que esperaban, ya que no tenían acceso al Café de la Tertulia de la Tarde, lugar de reunión de EMCU. Los pocos que se acercaban a ese sitio eran sacados con la excusa formal de que las mesas estaban llenas y aquellos que insistían en quedarse, no los atendían. Alfredo le encomendó que tomara nota de todo lo que ocurriera allí, le pareciera relevante o no.

Las tardes y noches comenzaron a ser pesadas para él. Las constantes charlas de los ejecutivos de EMCU con sus grupos de estudio se convirtieron en un dolor de cabeza. Palabras y frases que expresaban una idea y la contraria al mismo tiempo, personas que, como zombis, los adoraban y repetían sus conceptos huecos, convencidos de que eran verdades absolutas. Sin embargo, pudo poner en práctica la sonrisa de quita y pon que tantas veces había ensayado. De esa forma se ganó la confianza de ellos, de sus jefes y también la de sus compañeros de trabajo, que dejaron de fastidiarlo por el momento.
Lo primero que observó fue que todos los integrantes llevaban atuendos azules, al igual que unas gafas del mismo color. Por fortuna, no tuvo que utilizar esa indumentaria; a los directivos les parecía conveniente que el resto de la población notara que era un empleado gubernamental.
Un día, que transcurría como los anteriores, se presentó al Café de la Tertulia de la Tarde el nuevo visitante de Ciudad Agnus. Llegó muy entrada la noche, y casi después de un breve saludo, los directivos dieron por terminada la reunión. Los tres personajes se marcharon en silencio y el detective se vistió de sombra para seguirlos.

Entraron a la sede de EMCU y allí permanecieron hasta el amanecer. No pudo escuchar lo que hablaron, pero era evidente que algo se traían entre manos.
Mientras esperaba, El Detective pensó que lo bueno de esta nueva actividad era que lo mantenía alejado de sus compañeros de faena, pero lo malo era que los encuentros con Alfredo y el resto del grupo tenía que hacerla en la madrugada, ya que las reuniones de EMCU se alargaban hasta altas horas de la noche. Disponía de unos pocos momentos de sueño antes de comenzar su verdadero trabajo, para informar sobre las andadas de éstos. Sin embargo, esa mañana no durmió. La espera en las afueras de EMCU se alargó demasiado. El sol anunció el amanecer y de inmediato corrió a la cita con sus iguales para comunicarles el acontecimiento.
Luego de percibir con detenimiento la silenciosa información de El Detective, Alfredo les pidió a todos que agudizaran sus sentidos para descifrar qué se había pactado. Estaba seguro de que el resultado de dicha reunión, de alguna manera, se vería reflejado en el funcionamiento de la ciudad.
A los pocos días la ciudad se inundó con mercancía en todos los locales con el mismo slogan: “Lo indispensable para existir” aparecieron tiendas enteras con gafas, trajes, accesorios, zapatos, abalorios, cintas, todas iguales y bajo el mismo lema. Las sombras se percataron de otro cambio, aparentemente insignificante: en su habitual discurso sobre la decencia, honestidad, necesidad de transparencia, El Visitante de Agnus había añadido una coletilla de velada publicidad para dichos establecimientos. Con su fingida sonrisa empezó a decir cosas como: «La identidad es fundamental. Lo indispensable para existir es un modelo a seguir para ser, en verdad, diferentes al resto. Recordar que, no solo hay que serlo sino parecerlo».
De madrugada, el grupo llegó a la conclusión de que había que dar un paso más allá. Se harían con una de las prendas para poder analizarlas.

Para el encargado de recopilar las cosas no fue nada fácil obtenerlas. Dichas acreditaciones se conseguían después de descargarse una planilla en la página oficial de EMCU, llenarla, enviarla y esperar la aprobación. Luego se tenía que realizar un curso e-learning, aprobarlo e inscribirse en uno de los grupos de estudio de su comunidad virtual sobre “Nuevos modelos del progreso actual”. La puntuación obtenida en dichos cursos le daban al participante la posibilidad de adquirir la mercancía. A mayor calificación, más acceso a diferentes artículos.
Este hecho activó las alarmas de Alfredo y del grupo. El resto de la población lo vio como algo curioso… moderno… Muchos de los habitantes de Agnus comenzaron a descargar las planillas y realizar sus cursos, para poder comprar en dichas tiendas.
Los que quisieron acercarse al visitante desde su llegada a Ciudad Agnus, pero no lo lograron, bien porque llegaron tarde al reparto de funciones, porque no pudieron explicar sus razones con claridad o porque no estuvieron a la altura del pago exigido, se apuntaron primero. Al parecer, la indiferencia que este personaje tuvo con ese grupo no significó un rechazo hacia ellos, sino que tenían que desarrollar «aquello que hay que tener» para acceder a lo que tanto anhelan.
Con la apertura de estos comercios, ellos ven la oportunidad para iniciar una búsqueda personal, tan solo deben poner a prueba sus propios límites. Llenos de esperanza, absorben con esmero las enseñanzas para obtener la máxima puntuación y comienzan a trazar planes para pasar a engrosar la lista de los elegidos. A los pocos días, entre los despistados, los que deseaban estar en la vanguardia y los aduladores, la ciudad parecía uniformada.
Para los habitantes de Ciudad Agnus el tiempo transcurría casi monótono. Por las calles ya era normal contemplar a las personas trajeadas con atuendos azules y se escuchaba un nuevo vocabulario como si fuese el de siempre; sin embargo, El Detective y el grupo al que pertenecía, no dejaban de observar con asombro los cambios y cómo estos afectaban la objetividad de muchos.
Un día de aburrimiento en una de las reuniones, al observar a la mesera del Café de la Tertulia de la Tarde, El Detective recordó una conversación con Alfredo. Él le dijo que se decidió a formar el grupo a raíz de una mala experiencia que tuvo con una chica que frecuentaba el café y siempre pedía tarta de chocolate. Estaba arrepentido de los comentarios que él, junto con algunos habituales clientes, hacían sobre ella.
—Parecía una muchacha formal, en búsqueda de aprobación, y al cabo de un tiempo la vi con los símbolos de EMCU: traje, gafas, cinta en el cabello, todo del mismo color azul. Igual pasó con su compañero, quien también parecía un buen hombre. Ambos estaban desorientados, buscaban ser aceptados y probablemente yo pude ayudarlos; sin embargo, me limité a llenar mi vacío con palabras banales. Ahora los veo y me siento mal por no haberlos ayudado. Quizás hubiera logrado advertirles que ese no era el camino, no sé… —Con esta confesión de Alfredo en la mente, fue que El Detective reconoció a Carmen. Que iba y venía entre las mesas. Le pareció que aún seguía perdida en un mundo ajeno, pero de momento tampoco podía ayudarla. Pensó que a lo mejor más adelante esa joven y otros como ella abrirán los ojos y verán la realidad que los rodea.

Mientras esto ocurría, el resto del grupo había recopilado pruebas sobre las acciones delictivas del forastero y sus secuaces. Bien resguardadas y custodiadas en diferentes lugares, se acumulaban las licencias fraudulentas, los permisos pagados y el uso indebido de la información personal de los ciudadanos, que se recaudaban a través de los cursos, formularios, compras y toda actividad que ahora implicaba dejar un rastro. Ya tenían reunidos unos centenares de videos y documentos en donde se veía la clara participación de dicho sujeto con los directivos de EMCU y otras personalidades de Agnus. Quedaba documentado cómo los influyentes habían cedido sus contactos al individuo en cuestión y actualmente él también gozaba de esas influencias. Asimismo, existían grabaciones de conversaciones que ponían en evidencia el proceder y las intenciones de dichos asuntos.
Al cabo de varios meses lograron reunir muchas más evidencias: más de cinco mil páginas de documentación, sesenta videos que mostraban a ese señor junto a sus secuaces en los diferentes robos y tráfico ilegales. Al momento de reorganizarlos, Alfredo y el grupo asignado, tuvieron que realizar un gran esfuerzo para verlos por lo repugnantes que eran. Además de otros delitos que, por razones de censura, no se pueden mencionar. En conjunto, llenaron muchos portafolios y cajas.
El Detective propuso que, para proteger al grupo, solo él daría la cara al momento de la denuncia. Sería la pieza a sacrificar en este intrincado juego. Después de varias horas de deliberación, acordaron que era delicado, pero necesario. No sabían qué podía resultar de toda esta compleja jugada.
La mañana que El Detective entró a la oficina del comisionado, fue de gran impacto. Le informó del día y la hora de un trámite de índole dudosa que se llevaría a cabo. Éste no pudo negarse a emitir una orden, a pesar de no estar de acuerdo con la denuncia que le presentaba. Fueron al sitio y el forastero fue apresado en el instante en que hacía esa transacción ilegal. Sus cómplices eran demasiado influyentes para ser detenidos, por esa razón sus expedientes quedaron para ser estudiados más tarde.
Para ese grupo, que seguía inadvertido, fue una pequeña victoria. Ahora tocaba esperar.
Próxima y última entrega, en construcción


Me ha gustado todo, las ilustraciones me han hecho reir 😅 lo mejor!!! Jjjj
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Valentina, me alegra que te parecieran divertidas. Yo disfruté mucho mientras las hacía. Gracias por el comentario. Un abrazo 🐾
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