Lo único que se mueve aquí es la luz, pero lo cambia todo para que nada cambie.
Cambio de nombre del proyecto
En Ciudad Agnus el tiempo transcurre en medio de una nueva monotonía. Los habitantes trajeados de azul, aunque no son mayoría, crean en sus calles un aturdidor alboroto que eclipsa a los que arrastran sus pasos con el peso de sus vestimentas azules y a los que se niegan a llevar esa indumentaria. En todos los lugares públicos y privados, los llamados negazulados comienzan a cuidar sus opiniones, a comunicarse a través de señas, de miradas y susurros inaudibles a terceros.
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Ciudad Agnus se llena de tiendas que venden gafas, trajes, accesorios, zapatos, abalorios, cintas, mecheros, adornos para el hogar y un sinfín de implementos; todos en azul y bajo el mismo slogan: “Lo indispensable para existir”.
Por las calles es normal contemplar a las personas trajeadas en azul y se escucha un nuevo vocabulario como si fuese el de siempre. Virginia intenta hablar sobre la vestimenta azul y él evade el tema. La conversación termina en discusión cuando ella descubre que él retiró su firma de la cuenta que tenían en común.
Mientras, en EMCU, cada vez es menos frecuente apreciar otro color. Ya no son visibles los negazulados y los pocos que existen están rezagados a la indiferencia. Las conversaciones vuelven a centrarse en cómo arreglar lo malo de las cosas, en chistes, temas de superhéroes y frases de motivación. Acacio permanece atento a estas señales; piensa que In tenía razón al afirmar que era prudente dejar pasar un tiempo. Espera, con fingida paciencia, a que su amigo le indique el día y la hora para volver a hablar con Daniel y proponerle el cambio de nombre del proyecto. No escucha las palabras de Virginia y evade a Saturnino.
Una mañana, en las máquinas expendedoras de café, In lo sorprende con la noticia: la tan esperada reunión la va a tener ese mismo día. Con un creciente júbilo que debe contener, se dedica a su trabajo y a repasar lo que piensa exponer. Juan Peña y Emma notan su actitud centrada en el ordenador y piensan que las amonestaciones le han hecho efecto.

Recibe el WhatsApp. Verifica el contenido del pendrive, lo guarda de nuevo en el bolsillo. Se levanta, camina despacio por el pasillo hasta la oficina de Daniel. La abeja, como un testigo silencioso, lo acompaña. Juan Peña y Emma lo siguen con una atenta mirada sin darse cuenta de su presencia y se felicitan por lo que consideran le espera a Acacio: la amonestación final.
Daniel, quien le había dado la orden a In para que propiciara esta reunión, al llegar Acacio, lo saluda con una expresión facial intencionadamente falsa, pero bien ejecutada. Se sienta frente a él, le habla con un tono amigable, fraternal.
—Acacio, un “pajarito” me habló algo sobre una brillante idea que parece rondar por tu cabeza…
Acacio recuerda la sugerencia de In, entonces le responde:
—Bueno, sí hay otra idea que aún tengo que madurar, pero es más o menos esta… El proyecto en el cual trabajamos y me propusiste que me encargara tiene un nombre bastante simple: “La distribución de la ciudad por sector económico” no está mal; sin embargo, a lo mejor… otro más elaborado estaría más acorde con los ideales de la institución… Además, si te fijas, está escrito con letras negras… en negritas…
Daniel hace gala de su capacidad histriónica. Expresa una creciente e inesperada sorpresa y pregunta:
—Entonces aceptas reemplazar a Saturnino.
En ese momento Acacio siente que la abeja lo mira de forma inquisitiva. Le parece absurdo. La ignora y responde:
—Sí, ya hablé con él.
Daniel, dramatiza un creciente interés. Se acomoda en la butaca, junta sus manos como si fuera a aplaudir y le pregunta:
—¿Y cuál es la idea que se te ocurrió?
—Un nombre más elaborado y de color azul. Te traigo un primer diseño para que te hagas una idea. —Al decir esto le entrega el pendrive.
Daniel se levanta, invita a Acacio a que lo acompañe. Al llegar al escritorio, introduce el pendrive en su ordenador y al mirar el diseño, exclama:
—¡Excelente, Acacio! El nombre me parece idóneo, no le cambio nada. —Lee el título con una amplia sonrisa de satisfacción: —«Economía y Geografía ambiental, rural y urbana, para un próspero desarrollo sostenible a largo y mediano plazo» —luego continúa: —Sin embargo, no podemos ponerlo así como así, tiene que ser algo que surja de las masas, que cubra la necesidad de ellos con ellos mismos. —Ante la cara de interrogación de Acacio, Daniel con una sonrisa le explica: —Ten en cuenta esto: para que una idea sea aceptada como propia, se debe sentir que surgió de una necesidad personal, que es única. De esa manera nace el deseo de compartirla, de defenderla hasta que se imponga como una verdad irrefutable. Solo así el individuo tiene la falsa ilusión de que es importante.
Acacio se contagia con el entusiasmo y pregunta:
—¿Cómo se puede hacer eso?
—Es muy fácil…, pero, como me has manifestado, no te apuntas en estas prácticas de persuasión; voy a hablar con In para que se encargue de todo. —Se levanta, lo abraza y Acacio responde con timidez a ese abrazo tan efusivo.
Comienzan a caminar hacia la puerta; Daniel lo lleva con su brazo sobre el hombro mientras le dice: —En la próxima reunión, cuando el grupo escoja el nombre que has creado: «Economía y Geografía ambiental, rural y urbana, para un próspero desarrollo sostenible a largo y mediano plazo»; debes recordar que tú eres el creador de esa maravilla. Desde ya estamos comprometidos para celebrarlo junto con Víctor y por supuesto, con In.
Lo vuelve a abrazar para despedirse. Acacio se dirige a su puesto de trabajo, camina con seguridad, sabe que está en el camino correcto. No se puede conformar con un cargo de “Gerente de operaciones informáticas”,como le ofrece su suegro, él se merece algo mejor. Juan Peña y Emma lo observan, no comprenden la seguridad que transmiten sus pasos, pero están convencidos de que recibió la última amonestación.
El día transcurre sin novedades hasta que, al llegar la hora del almuerzo, comunican que esa tarde habrá una nueva reunión. El efervescente nerviosismo de Acacio no se calma; por el contrario, se convierte en un estado de exaltación creativa que muchos notan y animan. Algunos lo observan con recelo; no lleva la vestimenta azul, pero no se atreven a mostrar sus dudas y tapan sus pensamientos al unir sus voces con el resto de los compañeros.
Ante su propio asombro, los chistes y frases motivacionales que salen de sus labios son catalogados por el grupo como los más incisivos, los mejores. Saturnino lo observa en silencio en las máquinas expendedoras de café; se marcha solitario con el corazón lleno de tristeza.
Antes de finalizar la jornada del día, todos se dirigen a la tan ansiada reunión. Muchos van con pasos cansados, como si arrastraran sus espíritus y fingiendo interés; otros se enfilan eufóricos, además de los indiferentes que caminan resignados.
Como es costumbre, los recibe Daniel. Con su retórica llena de frases motivacionales, no logra despertar interés en los displicentes que se esmeran en esconder su apatía. Los fieles, entre aplausos desmedidos, no se enteran de lo que dice, pero expresan su aprobación en cada punto y aparte.
Los directivos siguen atentos a la actitud e intervenciones de los asistentes. Daniel los anima a integrarse en la discusión.
—Les recuerdo que estamos aquí para modificar el nombre del proyecto, porque el actual: «La distribución de la ciudad por sector económico» no nos identifica, no proyecta nuestra esencia de grupo emergente, nuestra exclusividad…
Víctor lo interrumpe. Se dirige al grupo con voz paternal, casi en tono de lamento:
—Los aportes que han dado hasta ahora son muy pobres… han hablado del ambiente, de geografía, de economía, de los cambios urbanos… pero claro… de eso trata el proyecto. No parecen cosas de ustedes… No expresa la voluntad que tienen de comprometerse… no tanto con la Institución, sino con nosotros: Daniel, Onagnaz, Anier y ¿por qué no decirlo? ¡Conmigo mismo! Nosotros hemos estado al lado de ustedes, velando por cada uno… Eso me entristece —dijo esto como en un susurro que muy pocos logran escuchar; sin embargo, todos prestan más atención. —Me niego a que nos vayamos sin cambiar el nombre a otro con más contenido. Que refleje nuestra verdadera aspiración a la perfección personal, que se vea que trabajamos en ella a diario. —En estas últimas palabras alzó su voz grave, profunda. Inspiró más respeto de lo habitual.
—Decir «Distribución de la ciudad…» señala que solo nos ocupamos de lo urbano; se deja a un lado el aspecto rural… Creo que es algo por corregir…
Al parecer, la audacia del nuevo, que intervino de forma tímida, desató la necesidad de otros por sobresalir y demostrar a la directiva el compromiso, la lealtad que tenían con ellos y por supuesto, con el proyecto. Sin embargo, otro grupo sigue en su mundo personal, espera irse y aunque sus rostros no muestran esta incomodidad, sus gestos los delatan al arreglar con disimulo sus carpetas y efectos personales.
—Si miramos a la economía desde su esencia: «Como la ciencia que se enfoca en la resolución de las necesidades, generación y administración de la riqueza.» Y a la geografía, no solo «como la ciencia que estudia la superficie terrestre, sino también a las sociedades que la habitan, sus territorios, paisajes, lugares o regiones que la forman al relacionarse entre sí». Podemos decir que nuestro proyecto es humanitario… —dijo uno de ellos que se caracteriza por hablar con citas casi textuales y provocó una lluvia de ideas:
—¡Claro! Está ambientada en lo rural y urbano… —Podemos llamarlo algo así como «Economía y Geografía ambiental… rural, urbana…» —y le añadimos: ¡Busca tu prosperidad…! —¡Desarrolla tu potencial…! No sé… algo que suene interesante…
—¡Vamos bien encaminados! Los felicito, podemos comenzar con «Economía y Geografía ambiental, rural y urbana…», pero, como dicen, falta “algo” para cerrar la idea… —dijo Daniel emocionado. —Las palabras prosperidad y desarrollo me gustan… ¿Qué opinan ustedes? —dijo esto último mirando a los presentes de manera desafiante.
—«Economía y Geografía ambiental, rural y urbana, para un próspero desarrollo» —dijo otro, con voz clara y alta. Era el momento que esperaba para destacar y ser invitado a las reuniones del grupo en el Café de la Tertulia de la tarde. La mirada que le dirige Daniel compensa su esfuerzo y ya se ve en esas exclusivas reuniones.
Víctor le hace una señal de aprobación a Daniel, quien, sin dejar de mirar a ese, concluye:
—«Economía y Geografía ambiental, rural y urbana, para un próspero desarrollo sostenible a largo y mediano plazo». ¡Este será el nuevo nombre del proyecto!

Se escuchan aplausos de los fieles seguidores, a los que se suma el resto de los presentes. Uno por uno respiró con alivio, no porque el nombre les pareciera el más acertado, sino porque la reunión llegó a su fin.
Después de la retirada de los directivos, el grupo de asistentes comienza su salida entre palabras de regocijo, el bostezo disimulado de algunos y la cara de tristeza de Saturnino, quien, al pasar cerca de Acacio, observa lo embelesado que está ante las palabrerías de In.
Aunque Saturnino ya decidió irse de ciudad Agnus, porque no quiere entrar en los juegos turbios de Víctor y Daniel, se siente en la obligación de prevenir a Onagnaz. Él ha sido su maestro; además, es el marido de Anier, su amiga de la universidad y actual jefe. Cuando habló con ella para exponerle sus motivos, ambos decidieron que era oportuno que Onagnaz se enterara del porqué de esa decisión; además tiene una buena oportunidad de trabajo en otro lugar. Con pasos seguros y sin perder de vista a Acacio, sale del salón.
Sigue en: Expulsión de Saturnino (12) Programada para el 5 de Agosto
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