Lo único que se mueve aquí es la luz, pero lo cambia todo para que nada cambie.
Expulsión de Saturnino
Al llegar al Café de la Tertulia de la Tarde, Saturnino se dirige directamente a Onagnaz. Pretende llamar su atención. Necesita reunirse con él en privado para mostrarle las pruebas que, por mucho tiempo, ha recopilado sobre los negocios turbios de sus pupilos: Víctor y Daniel. Sin embargo, sus intenciones quedan truncadas al ser interceptado por uno de ellos.
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Llega la tan esperada reunión con Daniel para proponerle el cambio de nombre del proyecto. Con un creciente júbilo que debe contener, se dedica a su trabajo y a repasar lo que piensa exponer. Juan Peña y Emma notan su actitud centrada en el ordenador y piensan que las amonestaciones le han hecho efecto.

Saturnino observa lo embelesado que está Acacio ante las palabrerías de In y aunque ya decidió irse de ciudad Agnus, porque tiene una buena oportunidad de trabajo en otro lugar, debe hablar con Onagnaz.
Daniel, en tono severo, le recrimina a Saturnino su falta de atención. No ha respetado los momentos de reflexión después de las palabras dichas por el maestro. Ante las señales dadas por Víctor, el resto de los presentes, sus fieles seguidores, crean un ambiente de hostilidad para él. Surgen murmullos que molestan a Onagnaz y éste le pide a Daniel que ponga orden.
Era la oportunidad que Daniel esperaba y como una escena previamente ensayada, ante una sutil señal, el grupo mueve sus sillas. Crean un círculo alrededor de los líderes y aíslan a Saturnino. Lo ignoran, no escuchan sus palabras, no lo reconocen. Es desechado como una pieza que ya no encaja en el engranaje y él, simplemente, se retira. Es una expulsión silenciosa. Onagnaz no se percata de la situación ya que permanece ensimismado en sus pensamientos.

Saturnino Segundo Molina se aleja meditabundo. Por su cabeza pasan muchas ideas e informaciones que desea comunicarles a Anier y a Victoria; le urge hablar con Onagnaz. También está preocupado por Bram, teme que algo malo le ocurra.
Al llegar a su casa, su ansiedad desaparece; los maullidos y ronroneos de Bram le reconfortan. Conversa con él, le habla sobre el próximo viaje que van a realizar. Busca en internet el nombre de las clínicas veterinarias que hay en la ciudad a la cual se van a dirigir y aunque él solo le repite “Aarrnino… Aarrnino…”, como suele llamarlo, le lee la información que encuentra y le pregunta cuál le parece la mejor; hay dos cercanas al domicilio que ya escogió. Le responde con su lenguaje felino que Saturnino cree comprender y ambos mantienen una amena charla. Una vez que Bram da por terminada la conversación, se acuesta en el sofá y Saturnino puede efectuar las llamadas que tiene en mente. Habla con Virginia, con Anier. Bram le recuerda que es hora de acostarse y ambos se van a dormir.
Al día siguiente, en EMCU, la euforia de los fieles por el nuevo nombre del proyecto opaca el posible desánimo de los indiferentes. En las máquinas expendedoras de café, los malos chistes, las conversaciones tribales, las frases motivacionales quedan en un segundo plano.
Acacio, mientras toma su café, contempla la escena mientras la abeja lo observa a él. Siente que el poder de decidir está en sus manos, se regocija y piensa: «Victoria no es consciente de las ideas brillantes que se me ocurren a mí solo; no necesito de sus consejos… y Saturnino… perdió una gran oportunidad al abandonar este proyecto; pero yo lo voy a desarrollar, lo llevaré más allá de los muros de EMCU, como hice con la vestimenta azul». Se percata de la presencia de la abeja. La mira y dirige sus pensamientos hacia ella: «Por algo me sigues. Si pretendes convertirte en mi consciencia, pierdes tu tiempo. Yo voy a llegar todo lo lejos que tengo en mente. Es la ley de la vida: solo sobreviven los más fuertes y para ello, lo mejor es pasar por ingenuo, que los demás crean que manejan el poder de mis decisiones». La abeja se desplaza un poco y Acacio sigue con sus reflexiones: «O yo estoy chiflado o tú lees mis pensamientos y me entiendes».

Saturnino lo mira desde el pasillo, duda en acercarse y hablar con él. Da unos pasos en su dirección, pero In se interpone en su camino; decide retirarse y se desplaza taciturno. Al entrar a la oficina, Anier le ofrece una taza de café, al tiempo que le dice:
—Ayer no fue posible que hablaras con Onagnaz. Voy a tratar de que te reciba ahora mismo en su oficina, pero ya sabes cómo es él… Veamos si soy capaz de convencerlo… —Se dispone a salir y Saturnino le desea que tenga suerte.
Como era de esperarse, a Onagnaz no le pareció una buena idea que Saturnino fuera a su despacho.
—Lo mejor es que vaya a la casa; allí podremos hablar sin interrupciones. Aquí es complicado. Seguro que, en cuanto entre, Daniel o Víctor se presentan con algo de vital importancia.
Anier tuvo que reconocer que tenía razón, así que decidieron que Saturnino pusiera el día y la hora de su visita; luego se marchó para conversar con su amigo.
—Tenemos agendada una reunión para el lunes por la tarde; sería la última. Recuerda que ya tengo programada mi renuncia, mi salida de ciudad Agnus y la incorporación en mi nuevo trabajo. Voy a aprovechar estos días para resumir un informe bien detallado de todas las irregularidades. Lo más seguro es que cuando Onagnaz lo vea, se le caiga la venda que se empeñó poner en sus ojos. —Dice Saturnino. Anier está de acuerdo y deciden que el martes por la noche iría a la casa de ellos.
Ajeno a la retirada de Saturnino, Acacio recibe con un efusivo saludo a In. Entre frases alusivas al proyecto, le informa que Daniel quiere hablar con él. Dice no saber el motivo, pero le parece obvio que es para felicitarlo.
—El nuevo nombre es, en verdad, alucinante. A mí jamás se me hubiera ocurrido algo así. Tienes una cabeza que vale su peso en oro.
Con una fingida modestia, Acacio sonríe. Aparece Diego e In, como al descuido, le dice:
—En el supuesto caso de que Daniel te pida algún favor, no dudes en ponerte a la orden para lo que sea, aunque parezca absurdo.
No tiene tiempo para responder, ya que Daniel le reta:
—«La vida no nos da un propósito. Nosotros le damos propósito a la vida…» Acacio, adivina quién dijo esta frase.
—¡Superman!
—Por favor, debes prestar más atención. Eso lo dijo Flash. —Diego nota que Acacio no sabe de quién le habla y se siente en la obligación de ilustrarlo. —Barry Allen asume el nombre de Flash cuando se convierte en superhéroe. Es conocido como el «Velocista Escarlata», con capacidad de correr a velocidades sobrehumanas y viajar en el tiempo. Además, posee el “Puñetazo de Masa Infinita». —Ante la cara de interrogación de Acacio, le aclara: —Es un golpe que le permite golpear a la gente con fuerza kryptoniana. ¿Ya te enteraste?
Acacio asiente con la cabeza y piensa que debe averiguar sobre este tema de superhéroes y también buscar chistes y frases motivacionales. Tiene que estar a la altura de las circunstancias. Diego interrumpe sus pensamientos.
—Ya que mencionaste al hombre de acero, estas palabras suyas quizás te pueden ayudar en estos momentos: «Los sueños nos salvan. Los sueños nos ayudan a levantarnos y a transformarnos. Y en mi alma, juro… que hasta que mi sueño de un mundo donde la dignidad, el honor y la justicia se conviertan en la realidad que todos compartimos: nunca dejaré de luchar. Nunca».
Los tres continúan su camino entre bromas, saludos y antes de despedirse, Diego le dice a Acacio:
—Te voy a recordar lo que Batman dijo: «Todo el mundo te mira. Ellos te escuchan. Si les dices que peleen, lucharán. Pero necesitan ser inspirados. Y seamos realistas, Superman… la última vez que inspiraste a alguien… fue cuando estabas muerto». ¿Me captas la idea…? —Diego no espera su respuesta —Hasta aquí los acompaño, me voy a la oficina que, gracias a “alguien” tengo el escritorio abarrotado de documentos…

Ellos dos continúan su camino por los pasillos; van en silencio. In piensa en la nueva estrategia y Acacio organiza sus próximos pasos. Al llegar a su oficina, In le dice:
—«No importa lo despacio que vayas, siempre y cuando no te detengas». Te aviso a qué hora está Daniel disponible.
Acacio no tiene tiempo para pensar en las palabras dichas por sus amigos, no puede tomarse unos minutos de reflexión; con el cambio de nombre, las respectivas correcciones en los documentos abarrotan los escritorios. Todos están muy atareados; sin embargo, no faltan los graciosos que, entre una carpeta y otra, alegran el día con algún chiste.
—Acacio le dijo a Juan Peña: considera aumentarme el sueldo. Hay 4 empresas detrás de mí. —¿Cuáles son? —La del agua, el gas, la luz y el teléfono.
El grupo ríe y Acacio se ve en la obligación de responder.
—Cuando Carlos fue a la oficina de empleo, le preguntaron: —¿Usted de qué trabaja? —Pues yo soy inventor. La rueda, la radio, la penicilina y el internet. Todo es mío. —Eso es mentira. —Cierto, eso demuestra que soy un gran creador… ¡Me he inventado la respuesta!
Todos estallan en risas que se silencian de golpe ante la presencia de Juan Peña y Emma, que observan la actitud del grupo.
Juan Peña se detiene un momento frente al escritorio de Acacio; el resto mira con atención y se sorprende al escuchar:
—El otro día le comenté a Emma: Acacio, en su nuevo trabajo, se siente como un pez en el agua —y ella me preguntó: ¿Qué hace? Y le respondí: —Nada, nada, nada.
Los más fieles, entre aplausos y risas, retan a Acacio para que responda.
—En una reunión privada, Daniel me preguntó: —¿Te han dicho Juan Peña y Emma lo que debes hacer por la tarde? —Y yo le respondí con sinceridad: Sí, Daniel… que los despierte cuando vea que te diriges a su oficina.
De nuevo las risas se hacen generales hasta que Juan Peña los llama al orden y vuelven a sus tareas. Él se retira junto con Emma. Al poco tiempo, Acacio recibe el WhatsApp de In. Daniel lo espera en la oficina. Toma su bloc de notas, el lápiz y sale.
Por los pasillos de EMCU, Juan Peña y Emma ven a Acacio entrar de nuevo en la oficina de Daniel, no notan la presencia de la abeja que lo sigue silenciosa. Ellos piensan que ya está próximo a ser despedido; sin embargo, los motivos de la reunión están muy alejados de sus deseos.
—Acacio, de nuevo te felicito por el cambio de nombre. Tienes a todos de cabeza, realmente es un éxito.
—Gracias, Daniel y bueno… Te agradezco la cena de anoche, fue en verdad extraordinaria. Hacía mucho que no la pasaba tan bien.
Ambos se sientan en los sillones, uno frente al otro y la abeja al fondo del despacho continúa con su silenciosa y discreta observación.
—Sí, en verdad fue un rato muy agradable. Lástima que Saturnino no nos pudo acompañar. —El asombro se dibuja en el rostro de Acacio y Daniel continúa: —Cuando él estaba involucrado en el proyecto, nos invitaba a su casa… salíamos a cenar… En fin, te mentiría si te digo que no extraño su compañía y la de Bram, además de las ideas brillantes de ambos. —Esto lo dice con un tono nostálgico.
Guarda silencio el tiempo justo para que Acacio se involucre en el ambiente que piensa crear. Baja la cabeza y comienza a hablar entre susurros, como si le costara reconocer una debilidad. Acacio se ve en la obligación de sentarse al borde del sillón para estar más cerca y poder escuchar mejor.
—Víctor y yo estuvimos dándole vueltas a varias ideas para restablecer la amistad con Saturnino… Se nos ocurrieron muchas… y hay una que es un poco descabellada, pero nos pareció muy buena…
Acacio sigue su relato con atención. Está sorprendido al ver a Daniel tan compungido, evita mirar a la abeja que permanece en el ventanal. Éste no pierde detalle de su actitud y la voz le tiembla al continuar:
—Llevarle a Bram unas chucherías… es una tontería, pero por eso seguro que Saturnino se sorprenderá y nos dará la oportunidad de volver a hablar con él… como lo hacíamos antes… Que no quiera seguir en el proyecto no es motivo para que él nos castigue de esa manera. No es justo…
Al decir esto, se levanta, camina hasta su escritorio, toma una toallita de papel y limpia lo que Acacio interpreta que son lágrimas. No lo sabe, porque Daniel está de espaldas; sin embargo, tiene la certeza de que el llanto le impide continuar su charla. Ambos guardan silencio por unos segundos.
—Perdona que te haya molestado con esto.
—No es necesario que te excuses. Te comprendo… Si los puedo ayudar en algo, solo tienen que decirme cómo…
Daniel se toma un tiempo. Vuelve al sillón frente a Acacio, juega con la toallita que mantiene en sus manos y comienza a hablar como si, en ese momento, surgieran las ideas en su mente.
—No podemos llegar al apartamento de Saturnino y decirle: “Hola, le traemos este regalo a Bram…” No se lo tomaría a bien… Tampoco podemos entrar a su casa y dejarle las chuches; si Saturnino nos encuentra allí, sería un desastre… además, no tenemos la clave de la puerta…

Acacio recuerda que él sí tiene la clave que le dio Saturnino.
En un arranque de excesiva amistad, toma las manos de Daniel y le dice:
—Yo puedo ir y dejarle a Bram las chucherías. Si Saturnino me encuentra, no hay problema; él me dio la clave para entrar a su apartamento.
Daniel vuelve a tener los ojos empañados.
—¿Harías eso por nosotros?
Acacio asiente y Daniel parece retomar su ánimo habitual.
—Te vamos a estar eternamente agradecidos… pero es necesario hacerlo bien. Para poder sorprenderlo, es imprescindible que Saturnino no te vea; porque si te encuentra, te va a preguntar qué haces allí y estarías en problemas, tendrías que mentir.
—…y entonces… ¿Cómo lo hacemos…?
—Déjame pensar… déjame pensar… ¡Ya lo tengo! Dentro de unos días Saturnino y Anier tienen una reunión. Ese día es el apropiado para que vayas. Te aviso y ya me las ingenio para que ese encuentro se alargue más de lo previsto…
Acacio se dirige a su puesto de trabajo bajo las vigilantes miradas de Juan Peña, Emma y la abeja que parece lanzarle ráfagas llenas de reproches. Los ignora a todos, está satisfecho con el acuerdo que hizo con Daniel; ya sabe que es parte del pequeño grupo de los elegidos. Está seguro de conseguir un ascenso mayor al de “Gerente de operaciones informáticas”.
Sigue en: El incidente de las abejas (13)
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Sí que hilan fino allí, Rosa.
Ya veremos cómo se desarrolla la continuación.
Un fuerte abrazo 🙂
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Hola Miguel. Espero que el desenlace sorprenda. Gracias por el comentario. Un fuerte abrazo 🐾
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