Seis horas de camino, valieron la pena (relato corto)

La casa de su familia quedaba en un lugar paradisíaco, el paisaje se perdía de vista. Con gran entusiasmo la familia salió a recibirnos y mostrarnos nuestras habitaciones, los baños y el resto de aquella enorme casa. Más tarde comimos una suculenta cena al aire libre, en el enorme patio. «El río queda un poco más allá» dijo al señalar un caminito de tierra con orgullo. Charlamos hasta que el agotamiento nos llevó, uno a uno, a las respectivas camas.

A pesar de mi estado de agotamiento no me dormí de inmediato. Miré por el ventanal, las plantas… las flores… caí en éxtasis al sentir la brisa. Un extraño ruido rompió la fascinación, vi que una de sus tías encendió la luz en su habitación, pronunció su nombre en voz alta, luego la apagó y salió a oscuras. La curiosidad hizo que me disfrazara de sombra para seguirla. Así comenzó un peculiar recorrido, en el que fui con precaución por temor a que me descubrieran.  

Mujer, sombras
La curiosidad hizo que me disfrazara de sombra para seguirla.

Al llegar al pasillo encendió la luz y con su voz grave dijo: «Aquí no hay nadie…»  y apagó la luz. Arrastraba sus chanclas con andar pausado emitiendo un sonido desconocido. Entramos en una habitación: Encendió la luz, vio los rostros de las personas que allí dormían, pronunció sus nombres y sin esperar respuesta apagó la luz, salimos. La intriga me desplazó detrás de ella «¿por qué dice sus nombres?» me pregunte. Un olor a comida me invadió, habíamos llegado a la cocina. Encendió la luz, revisó muebles al azar, «todo en orden» dijo. Para luego atravesar la enorme cocina. Sentí temor cuando encendió la luz de afuera, creí que me vería detrás suyo, pero no me vio, se limitó abrir las puertas de metal que daban acceso al patio. Avanzó unos pasos. Alzó la voz como lo hacen los que se sienten dueños del lugar y de todo lo que existe en él, ya sea persona, animal o cosa, mientras dijo: «Aquí no hay nadie…» y volvió sobre sus pasos. Cerró las puertas de metal, comprobó todos los cerrojos y manecillas mientras decía sin bajar la voz: «Están cerradas». Salió de la cocina apagó la luz. Volví a respirar.

Se dirigió a otra zona de la casa, yo la acompañé con sigilo. Encendió la luz: «Aquí no hay nadie…» y apagó la luz. Al llegar al salón también encendió la luz, abrió la puerta de madera, comprobó la cerradura de la reja, giró las llaves y dijo: «Está cerrada…» Volvió a la puerta de madera, comprobó la cerradura, giró las llaves mientras repetía: «Está cerrada…» Apagó la luz y se dirigió a otros recintos. Quise volver a mi habitación pero me había perdido. No tuve alternativa, continué el recorrido.

Llegamos a otra habitación, encendió la luz, vio el rostro de la persona que allí dormía, pronunció su nombre y apagó la luz. Sentí que el corazón me palpitaba tan fuerte que temí delatar mi presencia, seguí junto a ella como una sombra. Llegamos a otra habitación, encendió la luz y «¡Falta alguien!» dijo en un grito. ¡Me di cuenta que era yo! con un hilo de voz susurré: «Estaba en el baño». La tía me miró con desaprobación, corrí a la cama, me tapé con la sábana hasta la cabeza y cerré los ojos con fuerza esperando cualquier cosa. La tía se acercó, palpó las sábanas, preguntó mi nombre, respondí entre jadeos. Antes de salir pronunció mi nombre en voz alta y apagó la luz.

Pasé el resto de la noche debajo de las sábanas, con las luces que se prendían y apagaban, escuchando: «Todo en orden»… «Aquí no hay nadie»… «Están cerradas»… los nombres de los durmientes… el ruido del manojo de llaves… el extraño sonido de sus chanclas, y así hasta que me alcanzó el desayuno.

Nadie hizo mención de lo ocurrido durante la noche. Sin embargo vi en los rostros cansados el trasnocho y el malestar ocasionado, menos en la brillante mirada de esa tía que se veía radiante de felicidad. El extenuante insomnio nos hizo buscar la tranquilidad en el río. Quise preguntar por ese extraño ritual nocturno pero hubiese sido ponerme en evidencia, guardé silencio porque confieso que esa vigilia me perturbó. Opté por dormir con el suave sonido del río de fondo para intentar olvidar, aún queda una semana de vacaciones por delante.


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