El expulsado: derretido (15b) Mi desnudez regresa (16b)

Derretido como el hielo

Mientras Aarrnino está en el cine Bram duerme cómodo entre los cojines del sofá. Lo despertó un sonido que viene de la puerta de entrada, imperceptible para cualquier humano. El olor a podredumbre que inunda el lugar obliga a Bram a sacudir la cabeza, y a la abeja que se encuentra en una maceta, a buscar refugio en otra planta por fuera de la ventana. Desde allí le llega la brisa de la calle y observa la escena.

En el sofá del Piso de Daniel, duerme el gato negro (Bram)
Bram duerme

Bram también desaparece, se esconde debajo de un mueble. Desde allí ve una sombra que deja huellas viscosas a su paso, reconoce que es Daniel con su ritmo lento y pausado el que deambula por la habitación. Bram siente que el corazón se le escapa por la boca. Aunque sabe que en ese lugar no puede verlo, se pega a la pared para que no lo alcance si intenta palpar debajo del mueble.

Dejó de escuchar sus pasos, aunque siente que se acerca. Un inesperado sonido hace que el mueble desaparezca y deja al descubierto los seis kilos de su cuerpo en total tensión. El peligro es inminente.

Saca sus garras y con un rápido movimiento intenta clavarlas en las manos que lo sujetan, pero no puede, están cubiertas con un extraño material que lo asfixia. Bram se convierte en un manojo de músculos que lanza zarpazos. Sus movimientos son difíciles de dominar, pero Daniel logra introducir en su boca el líquido que lleva preparado.

La abeja que observa desde la ventana esa lucha terrible, comprende que uno de los dos morirá de forma inevitable.

Lucha del gato negro (Bram) por sobrevivir

Por instinto Bram trata de vomitar, pero las manos se lo impiden, le cierran la boca, lo inmovilizan con fuerza. Siente la mirada penetrante de Daniel en sus ojitos redondos, que cada vez se hacen más acuosos hasta que todo se volvió negro, dejó de verlo, de sentirlo. Quedó allí debajo de ese mueble que volvió aparecer en su lugar, rodeado de pelos, saliva y uñas rotas. Daniel se retira con su caminar pausado y sin haber emitido ningún sonido.

En el tenso silencio que se produjo, la abeja pide permiso a la muerte para hablar con Bram por última vez. Al terminar esa conversación privada, la muerte y Bram salen por la ventana. La abeja permanece junto a su cuerpo inerte, hasta que el sonido de la puerta de entrada le indica que debe volver a la maceta.

Saturnino Segundo llega cansado y un poco decepcionado de la cita. Con ganas de consultar las barajas españolas y despejar las dudas sobre Lucía. Al abrir la puerta se sorprende al ver, lo que parece, un desmayo de Bram. Se apresura a socorrerlo. Con sumo cuidado limpia la saliva y restos de algo que parece vómito. Envuelve a Bram en su manta y con los ojos llenos de lágrimas lo carga como a su bebé. Sale lo más rápido que puede. Mientras conduce en dirección a la clínica veterinaria, no deja de hablarle con la esperanza que reaccione.

En la recepción de la pequeña clínica y ante las personas que están con alguna emergencia no tuvo reparo en llorar mientras espera, no lo dejaron pasar al consultorio. Quiere gritar su dolor, pero solo un flujo de lágrimas navegan por los pliegues de la mueca en que se ha convertido su rostro.

Al poco rato el doctor sale a la recepción y trata de explicarle a Saturnino Segundo que Bram murió envenenado. «Es lamentable, pero con frecuencia hay muchos casos así» dice alguien que está en la recepción. Con suavidad el doctor continúa:

—No se pudo hacer nada, lleva varias horas muerto.

«Lo siento mucho. No se puede hacer nada» Palabras que, como un eco, continúan en los oídos de Saturnino Segundo, perduran incluso al realizar el trámite para la cremación.

Llegó el representante del seguro para mascotas y se encargó de la recogida de Bram en la clínica, Saturnino Segundo aún no se ha calmado. Salieron juntos, aunque cada uno en su vehículo. Saturnino Segundo conduce detrás de ese coche sin perderlo de vista, van despacio para que Bram se despida de esas calles, tan conocidas por él.

En el lugar de la cremación había una única ventana para toda la sobria estancia. Un intenso silencio y el revolotear de una abeja fueron sus acompañantes durante la hora que duró el velatorio. Luego vino la cremación. Para Saturnino Segundo todo pasó en cámara lenta hasta que sólo tuvo en sus manos una urna básica con su mejor amigo reducido a cenizas. También le dieron las cobijas, esas que había comprado para este invierno y que ya prometían ser las nuevas favoritas, las mismas que lo cubrieron en el que fue su último viaje a la clínica.

Solo el silencio y una abeja lo cuidaron

Ya entrada la noche Saturnino regresó a una casa vacía, triste y sin haber comprendido lo ocurrido. «¿Qué pudo haber pasado?»; «Las barajas no dijeron nada de muerte»; «¿Serán estos los cambios que predijeron?» se preguntó.

Los ojos hinchados no le impiden ver los alrededores del mueble donde encontró a Bram. La urna la lleva en sus brazos y le cuesta dejarla en algún lugar. Al sentarse en el suelo la deja a su lado, para recoger los pelos, las uñas, las babas que se mezclan con sus propios mocos y lágrimas. De golpe recordó que Daniel le había comentado de un veneno en algún lugar de la cocina, que debía tirar porque con Bram allí no lo necesitaría. Estaba seguro que lo había hecho, pero ante este suceso tan trágico, era evidente que no. Se siente culpable por dejar al alcance de Bram algo tan peligroso. A medida que tiene estos pensamientos la cabeza se hunde más dentro de sus hombros, la barbilla la tiene pegada al pecho. No puede respirar. Se levanta con dificultad abrazado a la urna y camina lento, arrastra los pies.

Colocó la urna y las cobijas en la mesa de la sala, se sentó al frente a mirarlas fijamente en un intento de mitigar su culpa, esa que lo ahoga. Dio rienda suelta a sus lágrimas de desconsuelo hasta que se quedó dormido. No se da cuenta que la abeja que lo acompañó durante el velatorio y el camino de regreso, ahora lo contempla silenciosa desde la ventana.

Al día siguiente no puede ir al trabajo, no quiere hablar ni ver a nadie. Con una pesadumbre que no ha sentido en toda su vida, guardó las cobijas de Bram. Por todos los rincones escucha sus ronroneos, siente sus caricias y espera que le pida su comida. Vio sus juguetes, sus plantas que están por toda la estancia como una presencia que esperan por él, su eterno y fiel amigo. Sin saber en dónde colocar la urna decidió dejarla en la mesa de la sala y se sentó de nuevo frente a ella a contemplarla en silencio.

El salón del piso de Daniel está en orden. Saturnino Segundo, sentado en el sofá y esa abeja, desde la ventana, contemplan la urna.
Contempla la urna

Llega la tarde y el dolor va en aumento. Pensó que a lo mejor era prudente refugiarse en la compañía de alguien. Dudó entre llamar a Lucía, a sus compañeros de trabajo o Anier, quien conoció a Bram desde que era un cachorro inquieto. Recordó que aún le debe la explicación de su ausencia del trabajo. El desconsuelo no lo deja decidir. No puede ni consultar a las barajas… «Para qué, ya es tarde» Se dice sin esperanzas Saturnino Segundo. La abeja lo contempla desde la ventana, emite un suave zumbido para transmitirle serenidad.

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