Carmen M. Sosa: La primera expulsión del grupo (20)

Ahora que comparten el lugar de trabajo Carmen M. Sosa y Manuel aprovechan para hablar a hurtadillas durante la jornada. Esa mañana recuerdan que ha transcurrido un mes desde la avería. Se alegran porque el mural que pintaron no sufrió daños con el agua y están de acuerdo que resalta con el nuevo suelo. Además, los estantes que se han salvado, luego de una buena mano de pintura, los pondrán en la cocina y allí las nuevas macetas del huerto. La pareja planifica otros arreglos, entre otras cosas, deciden comprar las plantas aromáticas y no semillas como la vez anterior.

La conversación la interrumpen Víctor y Daniel al llegar al Café. Manuel, que desea pagar la primera parte del préstamo, va a su encuentro y ella vuelve al trabajo.

Pasan algunas horas hasta que llega la hora de salir al almuerzo, Carmen debe irse. Se va a despedir de Manuel, pero nota que siguen reunidos. Le manda un saludo con la mano y se dirige al vivero para comprar lo que acordaron.

Al llegar a la casa coloca las plantas en el estante, come algo ligero y guarda en un bolso la comida para llevarle a Manuel, antes de irse le envía algunas fotos que ha tomado etiquetadas con corazones y además le pone un mensaje con la pregunta: «¿Cómo fue la reunión?».

Manuel tarda un poco en responder, cuando lo hace Carmen se confunde al escuchar el clip de voz: «Le pagué a Daniel, pero dijo que faltaba dinero. Al parecer el préstamo SÍ es con intereses. El importe se triplicó. Les dije que no, que seguro había un error, pero Víctor me respondió (he imitó su voz) “No hay ninguna equivocación, trata de ponerte al día cuanto antes. Sino los intereses aumentan”. Eso me dijeron, me dieron la espalda y se marcharon. No sé qué hacer». Carmen M. Sosa pensó de inmediato que hablar directamente con el jefe del grupo y propulsor del movimiento sería lo mejor, así que responde: «Esta tarde habla directamente con Onagnaz. Él puede ayudarnos y aclarar esta confusión. No te preocupes, ya estoy en camino».

Al llegar va directo al puesto de Manuel, lo encuentra afligido. Él relata con más detalle lo ocurrido, pero los interrumpe el esposo de Milagros que se presenta en la oficina del almacén:

—Buen provecho Manuel. —Saluda y echa un vistazo a la comida para verificar que no es algo hurtado del Café. —Buenas tarde Carmen. ¿Hoy no vienes a trabajar? —Le dice con un tono entre reproche y burla. A lo que Carmen responde con su mejor sonrisa: —Es un poco temprano. Dentro de un momento voy, ahora estoy ocupada resolviendo un problema.

—Recuerda que estar ocupada no significa ser productiva. Te lo he dicho en otras oportunidades. —Esto lo dice como en broma y suelta una risa que a la pareja le resulta desagradable, pero fingen que no les molesta. El marido de Milagros se marcha con caminar pausado, mientras continúa con un murmullo de palabras que se pierden en el salón abarrotados de bultos y estantes. Carmen se despide de Manuel, le da ánimos e insiste que hable con Onagnaz.

Ya en su puesto de trabajo la tarde transcurre con normalidad hasta que llega el grupo liderado por Onagnaz, Víctor y Daniel. Carmen observa con admiración cómo el grupo se organiza en silencio, mueven sillas y mesas para colocarlas alrededor de Onagnaz, Víctor y Daniel (que ocupan la misma mesa, pero en la posición adecuada para que desde cualquier ángulo del círculo que se forma a su alrededor se les vea y escuche) Oye a lo lejos las primeras palabras de Onagnaz, quien es el autor real de las ideas que el grupo promulga y suele hablar en voz muy alta, con un ritmo particular, de tres pausas:

—Si llamas a las puertas del infinito…Y no conoces las preguntas apropiadas…Corres el riesgo de no encontrar ninguna respuesta y perderte. —Luego reinó el silencio. Onagnaz terminó de tomar asiento y poner sus cosas sobre la mesa para volver hablar con fingida modestia:

—Es importante…que se expresen…yo trataré de estar a la altura del reto. —Concluye.

Como corresponde después de las intervenciones de Onagnaz, sus mentes creativas descifran todos los significados posibles de las palabras escuchadas y el silencio reinó por unos minutos. Carmen está atenta a cualquier señal mientras se terminan de acomodar. Luego el silencio fue liberado por Daniel al darle permiso a Carmen para tomar nota sobre las peticiones de cafés y porciones de pastel para el grupo.

Al acercarse a las mesas Carmen percibe una hostilidad inusual en ellos. Se da cuenta de que miran de reojo a Saturnino, ese amable joven con el que ella intercambió algunas palabras una vez que él estaba interesado en invitar al cine a Lucia (una chica que asiste a las tertulias de la tarde con regularidad) y le pidió consejo para abordarla. Carmen también se percata que esa tarde una abeja revolotea insistentemente cerca de ellos y piensa «Ojalá no la vean, la pueden matar». De inmediato sacude la cabeza para apartar esos pensamientos tan negativos y sigue con su trabajo. Una vez recogido el pedido se dirige a la barra para organizar lo que servirá en las mesas. Está atenta a la discusión entre Saturnino y Daniel que, a su pesar, la escucha a medias.

—¿Lanzas preguntas de inmediato? —dice Daniel, con una mueca de desaprobación y continúa: —Como si lo escuchado no mereciera reflexión. ¡No serás tan inteligente!

—Ya —responde Saturnino y agrega otros argumentos muy largos que Carmen no llega a descifrar del todo en sus idas y venidas con las bandejas repletas de café y tartas. Se da cuenta de que Onagnaz sigue en su mundo, nota en sus gestos que la voz de Saturnio molesta sus pensamientos y que mira a Daniel con aprobación, como un permiso para que continúe con el control de la situación. Piensa que será difícil entablar una conversación con él, pero no se da por vencida. Recuerda que «el maestro», como lo llaman dentro del grupo, tiene como costumbre ir al servicio durante uno de los silencios de reflexión de las tertulias de la tarde.

Ha terminado de llevar la primera ronda al grupo, pronto será una de las pausas, así que se aleja de las mesas y huye también de los ojos inquisidores del esposo de Milagros para enviar un mensaje a Manuel: «Atento, acércate al baño, allí puedes hablar con él en privado. Te aviso en cuanto se levante» Una vez que su pulgar ha escrito a hurtadillas vuelve a mirar a la abeja.

A la señal del marido del Milagros, Carmen vuelve por las mesas con más cafés y trozos de otras tartas, además de recoger las tasas y platos vacíos, por lo que escucha la voz de Daniel en un tono más alto de lo habitual:

—Tómate unos minutos, asimila lo que nos ha dicho Onagnaz — luego baja la voz y Carmen, sin poder dominar la curiosidad se acerca a ellos con el pretexto de recoger en su mesa, oye las palabras susurrantes que le dirige a Saturnino casi en exclusividad: —¡No actúes cómo si lo dicho fueran obviedades o cómo si las ideas expuestas no se explicaran por sí mismas!

No comprende el porqué de esas palabras, pero por la actitud del grupo deduce que no es nada bueno para Saturnino. Se aleja. La abeja que permanece cerca de las mesas la tiene nerviosa. En la barra, le pregunta al esposo de Milagroso si sabe por qué están molestos con Saturnino. Éste, que sí tiene conocimientos de lo que ocurre, le responde en un tono seco:

—No pierdas tu tiempo con personas tóxicas, inconsistentes, negativas. Además, tu trabajo no es consolar o comprender aquellos que buscan represalias y discusiones absurdas.

Carmen queda impactada por esas palabras y espera el momento en que Onagnaz se dirija al servicio para avisarle a Manuel.

Observa un movimiento inesperado del grupo: Con la sincronización de un enjambre agrupan las sillas en círculo y dejan fuera a Saturnino, quien abrumado se dirige a la barra y pide algo para comer.

El marido de Milagros evita que ella lo atienda, le sirve al aturdido Saturnino y le busca conversación.

Ella permanece atenta a Onagnaz, a la abeja (se da cuenta que ahora revolotea de un lugar a otro) y a la tertulia que de momento se desarrolla con normalidad: intervenciones y silencios entre café y café, seguidos por otras porciones de pastel y más cafés que la camarera Carmen sirve con fervor.

Mientras esto ocurre, Manuel está con un nudo en el estómago, no puede controlar el sudor, los músculos tensos, espera sentado en el borde de una silla de aluminio el mensaje de Carmen. Deben jugarse esa carta, aun a sabiendas de que Onagnaz no se ocupa de estos menesteres, pero ella tiene razón. En la angustia en la que se encuentra, no se percata que la abeja entra y sale del pequeño lugar al que llama oficina. Por fin recibe el mensaje. Con movimientos rápidos, pero torpes, se dirige al baño para abordar a Onagnaz. Carmen, que ha perdido de vista a la abeja, continúa con el servicio a las mesas. De vez en cuando mira en dirección a la puerta de servicio. Al cabo de un tiempo Onagnaz regresa y Víctor le hace señas a Carmen para que lleve la cuenta.

Ella siente vergüenza de mirar a Onagnaz por lo que no puede apreciar el cambio en su rostro. A decir verdad, nadie nota las grietas en su máscara de hombre impasible. El grupo se encuentra atareado en sus propias verborreas. Sin levantar la mirada del suelo Carmen coloca el plato con el ticket de la cuenta en la mesa y se sorprende al darse cuenta que la abeja vuelve aparecer volando muy bajo. Disfrazada de sombra Carmen presencia el ritual en dónde Víctor y Daniel disputan por asumir el consumo del «maestro», los demás depositan su aporte sin comentarios y participan como fieles espectadores de la acostumbrada representación que Carmen titula en su mente: «El honor de pagar el consumo del maestro«.

Cuando todos se retiran Carmen M. Sosa suele quedarse con ganas de escuchar más sobre los temas que discuten en las tertulias, ganas de quitarse el traje que la reviste de subordinación y lucir completamente como las del grupo, se alivia al tocar su cabello suelto y sentir sobre la nariz sus gafas a juego con las del grupo. «La gente que es inteligente, es tan elegante» se dice a sí misma mientras termina de recoger las tasas multiplicadas por las mesas que han juntado y las sillas que anexaron, bien para sentarse, bien para ser usadas como mesas auxiliares. Contempla cómo la abeja se aleja detrás del grupo. Termina su faena más tarde de lo acostumbrado y se dirige a la pequeña oficina de Manuel. Él le cuenta que Onagnaz no sabe nada del préstamo que les hicieron.

—Pero me aseguró que esos préstamos están pensados como ayudas e incentivos, por lo que son sin intereses. No sé si él nos puede auxiliar. En verdad estoy confundido. Ni siquiera he podido terminar de arreglar estos paquetes.

—No te preocupes, ya encontraremos una salida. Te ayudo y así nos vamos antes. Ya en la casa descansamos y seguro que se nos ocurre algo.

Así lo hicieron, entre los dos y en silencio se pusieron en la labor. Ya habían pasado varias horas. El Café estaba cerrado y se sorprendieron al advertir la llegada de Onagnaz, quien los saluda y se apresura a decir: —Hablé con Vítor y Daniel. Cómo te dije, todo se debe a un error. Mañana por la noche, luego del cierre, nos reunimos y aclaramos el mal entendido.

Manuel agradece la ayuda y el gesto de acercarse para avisar. Carmen no encuentra palabras, tan solo dice con timidez: —Gracias, muchas gracias. —Vuelve a mirar a la abeja que, desde un rincón, los observa y se pregunta ¿Habrá un panal cerca?

Onagnaz se despide, se aleja con un caminar apresurado, nervioso. Carmen y Manuel lo observan. Una vez solos, se abrazan llenos de alegría. A pesar que la ayuda del maestro es inminente, Carmen M. Sosa ya no siente la misma confianza en el grupo, ahora no cree que sean tan inteligentes ni elegantes. A partir de esa misma noche deja de usar las gafas azules que no necesita, decide volver a peinarse y vestir como solía hacer antes de ser parte de ellos.

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Publicado por rosaboschetti

Relatos, historias, ilustraciones… y flexiones sobre arte

4 comentarios sobre “Carmen M. Sosa: La primera expulsión del grupo (20)

    1. Hola Miguel. El personaje de Onagnaz es interesante y su esposa se llama Anier (léelo al revés jajaja 😁) A ellos siempre los acompaña Apis (la abeja) 😁 En cuanto a la historia de Carmen M. Sosa ya se acerca a su final, quedan dos inquietantes entradas. No te cuento más para no hacer spoiler y porque me faltan las ilustraciones jajaja 😁 Gracias por el comentario. Un abrazo 🐾

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      1. Espero con ganas el desenlace, Rosa.
        Tu afición a incluir en tus relatos a unos insectos tan beneficiosos e imprescindibles como las abejas 🐝 me recuerda esas apariciones de Hitchcock en sus películas. Que no falten nunca.
        Un fuerte abrazo 🙂

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