Lo único que se mueve aquí es la luz, pero lo cambia todo para que nada cambie.
Saturnino
Onagnaz y Anier esperan en su casa la llegada de Saturnino. Pasa la hora del encuentro y él sigue ausente. No se ha comunicado para justificar ese retraso y ella, preocupada, lo llama.
—Perdona, Anier, estoy en el veterinario. Bram murió anoche.. Gracias, yo sé lo mucho que lo querías… No, no estoy solo, no te preocupes, Virginia, la esposa de Acacio, está conmigo… Nos acaban de entregar la autopsia y murió envenenado… Sí, también creo lo mismo, ellos son capaces de cualquier cosa… por eso es urgente que hables con Onagnaz y le muestres todo el informe… Yo voy a adelantar mi mudanza… la haré en los próximos días… Sí, te aviso antes… No te olvides de contarme la reacción de Onagnaz… Te dejo, viene el veterinario… Hablamos luego…
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Acacio estuvo muy atento a los comentarios en el chat Vida Próspera para enterarse sobre lo ocurrido en el terreno de los apicultores. No fue capaz de asociar las palabras que Saturnino le dijo para explicarle por qué dejaba el proyecto. Tampoco escuchó las palabras de Virginia, se limita a creer lo que In le asegura que es una información confidencial.
En la tarde se dirige al apartamento de Saturnino y bajo la atenta mirada de la abeja, le ofrece las chucherías a Bram. Al día siguiente Saturnino no va al trabajo, él se queda pensativo, pero de nuevo no es capaz de atar los hilos.
Ante la noticia, Anier se queda perpleja. No encuentra las palabras adecuadas para comenzar la conversación con su esposo. Se limita a informarle de la muerte de Bram, le entrega el informe y espera paciente a que lo lea. Onagnaz lamenta lo ocurrido. Se toma un tiempo para asimilar la noticia y luego lee con detenimiento el informe y no da crédito a lo que allí se refleja.
—Me cuesta creer que Víctor y Daniel estén involucrados en estos hechos; Habrá que comprobarlo… Estoy convencido que ellos obran firmemente bajo sólidos valores éticos y morales…
Ante las insistencias de Anier y la información sobre el envenenamiento de Bram, Onagnaz solo atina a decir:
—Necesito un tiempo para procesar todo esto… Voy a estar atento y luego hablamos… De ser ciertas tus sospechas, habrá que tomar medidas drásticas. Tendremos que prepararnos para ello.
Onagnaz se toma en serio las advertencias de Anier; sin embargo, en el transcurrir de los días, no encuentra nada que sustente sus temores. Se lo hace saber y en su relación surgen algunas grietas que amenazan con alejarlos.
Por otro lado, a pesar de que han transcurrido pocos días desde la muerte de Bram, Acacio no ha tenido tiempo de visitar a Saturnino; tan solo lo llamó para decirle que lo sentía mucho, que era un gato muy hermoso y una mañana, en las máquinas expendedoras de café, Acacio Blanco Albar se percata de que Saturnino tiene varios días sin ir al trabajo; lo busca por los pasillos. Va a su oficina y no hay nadie; pregunta por él, pero los compañeros parecen no saber de quién le habla. Preocupado, insiste en llamarlo. De nuevo salta la contestadora, deja un quinto mensaje con la esperanza de que le responda y a media tarde, al no recibir respuesta, piensa: «Al salir, paso por su casa».
Cerca de la hora del almuerzo, Daniel se presenta en el puesto de trabajo de Acacio y le pide que lo acompañe al despacho de Víctor; necesitan tratar con él algo urgente. Los rostros de Juan Peña y Emma se iluminan de felicidad al contemplarlo salir silencioso detrás de Daniel.
Al llegar, Víctor los invita a tomar asiento en los sillones frente a él y de inmediato, con tono de profunda preocupación, pregunta:
—¿Desde cuándo no hablas con Saturnino?
Un poco sorprendido, Acacio titubea. Sin embargo, con la esperanza de que ellos sepan algo, decide responder:
—Desde que murió Bram y durante toda la mañana he intentado hablar con él, pero por alguna extraña razón no he podido localizarlo. De hecho, pienso ir a su casa para saber qué le pasa.
Se produce un leve silencio y Víctor vuelve a tomar la palabra.
—Acacio, lamentamos ser nosotros los que te demos la ingrata noticia, pero es mejor que lo sepas ahora y no que te enteres por terceros.
—Perdona, pero no entiendo de qué hablas.
—Sabemos que estaba atravesando un mal momento, con lo del proyecto… nosotros tratamos de ayudarle… Entonces ocurrió lo de Bram… Se murió y Saturnino se empeñó en decir que lo envenenaron; eso lo destrozó…, pero ¿Quién sería capaz de hacer semejante barbarie…? Por todos los medios intentamos que comprendiera que… simplemente murió… La muerte es inevitable… sin embargo, no quiso entrar en razones…
Acacio Blanco Albar siente que la vista se le nubla. A su memoria llegan imágenes de Bram, de Saturnino. De los tres al jugar con cintas después de largas horas de estudio.. Además de las conversaciones importantes que mantenían ellos dos, con las oportunas interrupciones de Bram, que los hacían sonreír a ambos.

En su interior se activa una leve señal de alarma… Se ve a sí mismo dándole las chucherías esa noche… Sacude la cabeza para descartar esas imágenes… Su mente queda en blanco… Comienza a sudar frío… Le ofrecen un café caliente. El silencio entra a la oficina para impregnarla con su profundidad. Luego, Daniel usa una voz suave que parece acariciar el aire y le dice:
—Al parecer, no pudo soportar la pérdida de su amigo felino y se suicidó.
Estas palabras retumban en la nuca de Acacio; se desvanece sobre el asiento que sostiene su cuerpo. No sabe cuánto tiempo transcurre, pero cuando recobra la conciencia de estar vivo, sigue en el despacho de Víctor. Trata de incorporarse, de salir; la mano de Daniel se lo impide, mientras le pide que se relaje, que es mejor permanecer un rato más en la oficina hasta que asimile bien la noticia.
El resto de la mañana y parte de la tarde la pasó sumergido en el sillón, sin poder pronunciar palabras ni probar algún bocado, a pesar de los intentos de Daniel y Víctor, que le ofrecieron un suculento almuerzo.
Entrada la tarde, decide volver a su puesto de trabajo, pero ambos hombres le dicen que es mejor que se vaya a su casa y Daniel se ofrece a llevarlo.
—No estás en condiciones para irte solo.
Daniel y Acacio salen del despacho de Víctor. Daniel posa su brazo sobre los hombros de Acacio para ayudarlo a caminar. En los pasillos se encuentran con Manuel.
—¿Los puedo ayudar en algo? —pregunta Manuel, sorprendido por el semblante de Acacio.
—Gracias, Manuel, no te preocupes. No se siente bien y lo voy a llevar a su casa.
Ante esta respuesta, mientras los observa alejarse hasta el estacionamiento, Manuel piensa: «Esta gente me confunde. Víctor y Daniel parecen buena gente, muy considerados con sus empleados… Espero que mi problema con ellos se resuelva bien. Ojalá Carmen y yo tengamos buena suerte en esa reunión».
Sigue en: Doble pérdida (15)
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Vaya, Rosa, esto se pone cada vez más serio y preocupante. A ver cómo continúa.
Un fuerte abrazo 🙂
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Hola Miguel. Así es, trabajar en EMCU tiene algunas ventajas y oras tantas desventajas. Gracias por el comentario. Un fuerte abrazo 🐾
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