Vida laboral de Acacio Blanco Albar: Doble pérdida (15)

Lo único que se mueve aquí es la luz, pero lo cambia todo para que nada cambie.

Doble pérdida

Al llegar a su casa, Acacio entra en el ascensor; va meditabundo. No se percata de la presencia de la abeja, que lo acompaña y parece observar con detenimiento sus expresiones, a tal punto que podría pensarse que escucha sus pensamientos.

A pesar de que Daniel le habló durante el trayecto de varios temas para distraerlo y darle ánimos, Acacio no puede borrar de su mente las imágenes de la noche que compartió con Bram… las chucherías que le obligó a comer… En el buscador de su móvil escribe el nombre de esas chuches y no encuentra nada que le indique que pueden ser tóxicas; sin embargo, esa sensación de culpa no se desprende de su corazón.

Anterior: Saturnino (14). La muerte de Bram impide que Saturnino acuda a la cita con Onagnaz y Anier. Ella lo llama y él le informa que su fiel amigo felino fue envenenado.

Acacio no lo visita, se limita a llamarlo por teléfono. Al día siguiente se da cuenta que Saturnino no ha ido al trabajo, pregunta por él, pero nadie parece saber nada. Daniel lo busca para una reunión en el despacho de Víctor y allí le informan que Saturnino se suicidó. En su interior se activa una leve señal de alarma… Se ve a sí mismo dándole las chucherías a Bram… Está desolado, Daniel lo lleva esa tarde a su casa.

Virginia no lo espera, es demasiado temprano. Al entrar Acacio Blanco Albar al salón, ella se voltea para mirarle. No la saluda, se hunde en el sofá, la cabeza caída, el rostro pálido y algunas lágrimas en sus ojos. La sorpresa de ella se transforma en asombro y le pregunta qué ocurre. Sin esperar respuesta y al comprobar su profundo decaimiento, apaga el televisor.

—Me alarma tu actitud… Cualquiera diría que se murió alguien… Por favor, dime qué ocurre…

—Saturnino y Bram… están muertos… —dice Acacio con un hilo de voz que se quiebra antes de terminar la oración y sin ánimo, vuelve a guardar silencio.

Virginia, al escuchar esa noticia, no comprende de qué habla. Ella está al tanto de la muerte de Bram. Acompañó a Saturnino en sus momentos difíciles, compartió con él el informe del veterinario. La muerte se produjo por un veneno muy potente. Con preocupación le pregunta:

—¿Por qué dices que Saturnino y Bram están muertos?

—Porque Bram murió… y ayer… Saturnino se suicidó… Lo entierran mañana…

El impacto de la noticia transformó el espacio en un denso silencio. Virginia se sumerge en esa atmósfera pesada y compleja; sin embargo su mente sigue activa. Reflexiona sobre la personalidad de Saturnino; lo conoce bien y no concibe que se haya suicidado. Para salir de dudas o porque no sabe qué debe preguntar, susurra:

—¿Estás seguro de lo que dices? ¿Cómo te enteraste?

—Me lo informaron los directivos…

Virginia continúa pensativa y luego de unos pocos minutos, dice en voz alta:

—No creo que Saturnino se haya suicidado… tenía muchos planes…

Acacio sigue en silencio; Virginia está a su lado, lo mira con cariño, pero él se mantiene indiferente. No puede alejar ese desagradable sentimiento de culpa. Las imágenes se amontonan en su mente.

—Es lamentable lo que ocurrió, una triste noticia… Lo mejor es descansar un poco, mañana nos levantamos temprano y vamos al entierro… —dice Virginia e intenta tomar su mano.

Al escuchar de nuevo la voz de Virginia y sentir el contacto de su piel, sus temores y remordimientos se transforman en una furia incontrolable que estalla en reproches hacia ella.

—¿Y para qué quieres ir? Él no era tu amigo; además, allí estarán mis compañeros de trabajo, ¡que tampoco son tus amigos!

—Perdona, pero yo también soy amiga de Saturnino… —dice Virginia entre sorprendida y abrumada.

—¿Para qué quieres ir? ¿Para hacerme quedar mal con mis compañeros? Yo siempre he estado solo en mis trabajos; no me gustaría que eches a perder con tus imprudencias las nuevas relaciones que, con tanto esfuerzo, he hecho. Recuerda que ese sitio es el sustento de esta casa que tanto me costó conseguir…

Mientras Acacio se desboca en improperios, Virginia no puede evitar recordar las veces que lo ayudó, en sus horas libres, en sus diferentes trabajos esporádicos y cómo eso la perjudicó en el suyo propio.

También vienen a su memoria las ocasiones en que lo acompañó en sus días de buzoneo, los trámites que realizó para conseguir el apartamento; sus amigos, que compartió con él; el empuje que tuvo que darle para que aceptara el trabajo actual. El préstamo que ella se vio obligada a pedirle a su padre para cubrir los meses de entrenamiento. Los malos empleos que aceptó para mantener los gastos de ambos… Se vuelve a preguntar por qué su negativa a la oferta del cargo de gerente de operaciones informáticas que le ofrece su padre… En su mente se reproducen las últimas conversaciones que tuvo con Saturnino… Y entre un recuerdo y otro, en su cerebro, sin razonamiento previo, algo hace clic y queda en blanco.

Acacio, al percibir el mutismo de Virginia, continúa:

—Bueno, si quieres puedes ir, pero tienes que aprender a comportarte y arreglarte como lo hace una esposa. Por otro lado, no sería prudente que hablaras con MIS amigos o que mostraras una gran tristeza por la muerte de Saturnino; total, recuerda que él era MI amigo. Aunque sí sería bueno que fueras…

Al terminar de hablar Acacio, Virginia se dirige a la habitación y cierra la puerta. Él se queda confundido; no le respondió nada, tampoco se inmutó, simplemente se retiró en silencio. Se siente tentado a disculparse, pero no tiene ánimos ni fuerzas para continuar con esa conversación que promete culminar en discusión. Además, la sensación de culpabilidad se disipó y las imágenes perturbadoras se esfumaron. Desde el sofá ignora su ausencia; total, lo que acaba de ocurrir lo olvidará mañana o, a lo sumo, una semana después.

Al día siguiente se arregla con la misma ropa del anterior, ya que la habitación está con cerrojo desde adentro y no desea molestar a Virginia. «Mejor si no me acompaña, seguro me haría quedar mal», piensa mientras se toma un café y sale para el entierro de Saturnino. La presencia de una abeja que parece seguirle le resulta extraña y al mismo tiempo calma su ánimo, aunque, por momentos, la pierde de vista. Al llegar a la sencilla ceremonia, llama su atención que entre los pocos presentes no se encuentran los señores Molina. Que Víctor y Daniel sean los que reciben a los asistentes le ratifica lo comprometidos que están con sus empleados.

Cuando todo termina, Acacio, como saludo, le extiende la mano a Víctor y éste le devuelve el gesto con un fuerte apretón con la mano derecha y con la izquierda le sujeta la muñeca mientras habla con suavidad:

—Sabemos que él te recomendó para el cargo, que eran buenos amigos. —Dicho esto, mira de reojo hacia las coronas de flores que cubren el césped del terreno recién removido. —Aunque estés triste, no debes sentirte solo; nosotros también somos tus amigos. Sabes que estamos a tu disposición para lo que puedas necesitar: algún préstamo, quizás una vivienda o simplemente hablar. Lo que te haga falta en estos momentos tan difíciles para todos.

Víctor habla serio, casi en susurro, sin soltar la mano de Acacio y con los ojos fijos en los suyos. Al separarse, Acacio se dirige a Daniel, quien no acepta la mano extendida, sino que lo toma por los hombros para abrazarlo con fuerza y dar unas sonoras palmadas en su espalda. Con los labios cerca de sus oídos, Acacio espera que también susurre algunas palabras, pero Daniel alza la voz para que todos puedan escuchar su emocionado: «Acacio, aprovecha el resto del día para descansar, no vayas esta tarde al trabajo». Cuando se separa de él, introduce con discreción, en el bolsillo de la chaqueta, una tarjeta con su número privado, el personal, ese, que muy pocas personas tienen.

Acacio, por inercia, sigue la senda de concreto que marca la carretera, al mismo tiempo que rechaza la oferta de otros compañeros que se ofrecen llevarlo en sus coches. Solo con la abeja que lo acompaña, como si se posara en su hombro cual loro domesticado, camina hasta que las imágenes de Bram y Saturnino se disipan de forma definitiva y sus piernas se cansan; quizás han pasado muchas horas, no sabe cuántos kilómetros ha recorrido y de repente descubre que llegó a un lugar con transporte público. Con dificultad se ubica en dónde está y cómo llegar a su casa. Después de una larga búsqueda, encuentra un autobús que lo deja cerca; ahora le toca esperar. Cuando por fin llega el colectivo, sus pies agradecen el descanso de permanecer sentado durante la hora y media del trayecto.

Para Acacio las sorpresas y sobresaltos no paran ese día. Al salir del ascensor, se da cuenta de que el vestíbulo se ha hecho más pequeño con la presencia de maletas y cajas que guardan sus pertenencias; también encuentra unos libros metidos en bolsas. Camina hacia el salón en busca de respuestas y observa la pared tapizada con fotos. Sin comprender lo que ocurre, continúa errante por el resto del apartamento. Descubre que en todas las paredes hay fotografías de él y Virginia en las diferentes calles de sus antiguos días de buzoneo; de manera similar, hay algunas en donde ella parece acompañarlo, hasta lo que le recuerdan las fachadas de edificios en los cuales él realizó algún trabajo. Le sorprenden los tachones rabiosos sobre su cara y algunos signos de interrogación en otras. Sigue a la habitación. La puerta abierta es una invitación a pasar, con todo desordenado, revuelto y el armario entreabierto. Se asoma con temor a lo que pudiera encontrarse.

Se acerca al armario. El susto lo embarga al mirar una silueta. Con terror observa y se alivia al comprobar que no es el cuerpo de ella. Lo que cuelga del perchero es su traje rojo favorito, los zapatos en el suelo y el bolso puesto como si lo llevara en el brazo. En la parte alta de la percha de ropa se encuentra una foto con su rostro sonriente y una bufanda que rodea lo que pudiese ser el cuello. El espejo está roto.

Es todo tan fuera de lugar y grotesco que Acacio, asombrado, sale despavorido; no comprende la actitud de Virginia, pero ella no está; por lo tanto, no es posible preguntarle qué pasó. Sin saber cómo proceder, al igual que un ahogado grito de socorro, llama al taxista.

Mientras espera a que éste llegue, fija su atención en la abeja. Ella ha estado silenciosa, junto a él. Lo ha acompañado todo el tiempo desde la mañana, incluso durante el recorrido por la vivienda. Para no pensar en el posible mensaje que pudiera tener lo que acaba de observar, para no pensar de qué sería capaz Virginia, para no pensar que esto es real, decide centrarse en la abeja, en lo raro que resulta su compañía. «Tal vez esto no esté ocurriendo», se consuela a sí mismo con la esperanza de que el taxista, al no verla, le ayude a salir de dudas sobre si es su imaginación o es real.

Cuando el taxista llega, empiezan a bajar las maletas, cajas y bolsas del segundo piso hasta el coche; Acacio lo observa. No menciona nada de la extraña abeja, ni da manotazos o gesto alguno que delate su factible presencia. Al terminar, Acacio propone ir a un café cercano, por un lado para descansar, por otro, para decidir qué camino tomar a partir de ahora.

El taxista se ha ganado la confianza de Acacio. Llevan varias conversaciones nada triviales sobre el entorno, la vida y cuestiones vitales. Nunca han hablado acerca del clima u otros temas efímeros, ni formalismos sociales; con él todo fluye, como lo hacen las charlas con amigos verdaderos; igual le pasaba con Saturnino. Por lo que no puede reprimir su necesidad de expresarse, así que la charla es espontánea: le cuenta lo que hizo Virginia en el apartamento y lo que atinó a pensar hasta ahora en relación con aquello; incluso sus dudas con respecto a si este día es real o es un temor oculto en su memoria, que se manifiesta en forma de pesadilla. Asomó la posibilidad de que aún estuviese en el sofá y la imagen del vestido guindado con la bufanda en el cuello, el espejo roto, fuese producto de su postura incómoda al dormir en un mueble de solo dos puestos, una mala pasada del inconsciente para indicarle que no estaba bien. Entre la emotiva conversación llena de sobresaltos, el chofer comenta que le llama la atención una abeja que se posa cerca de ellos y parece atenta a lo que hablan. Acacio se siente perturbado. La abeja existe, lo que significa que todo es real.

También le cuenta lo que ocurrió en la oficina de Víctor, cuando le dieron la noticia de la muerte de Saturnino. Lo extraño que le resultaron las palabras de Daniel al ofrecer su ayuda. Se las repitió, casi textual: «Si nos prometes ser fiel al proyecto, podemos ayudarte en lo que te haga falta: una vivienda, algún préstamo. Solo háznoslo saber» y le comenta que luego, eso mismo se lo dijo Víctor en la ceremonia. El taxista y Acacio le dan vueltas al asunto.

Acacio mete las manos en los bolsillos de la chaqueta y encuentra la tarjeta con el teléfono de Daniel. Entonces se abre un debate: aceptar o no la propuesta de aquellos dos. El taxista expresa sus dudas y expone las razones basadas en historias escuchadas por los pasajeros de la empresa, sin decir nombres porque la indiscreción no es una de sus características. Acacio le explica que no tiene adónde ir, que solo cuenta con sus padres, pero estos viven en un pueblo lejano y ahora que consiguió un trabajo dentro de su profesión, que los puede ayudar económicamente, no es lógico que se devuelva a ese lugar para vivir “del aire”.

Entre silencios, argumentos a favor y en contra sobre la ayuda, Acacio y el chofer deciden marcar el número, escuchar y estar atentos a lo que propongan. Acordaron que lo primero que había que precisar era el precio del alquiler, ya que sería el colmo caer en una trampa. Ambos se rieron al decir: “Ojalá que sea gratis”. Telefonea y la voz de Daniel lo toma por sorpresa; aunque es consciente de que él fue el que llamó, no esperaba que le respondiera tan rápido.

Activa el manos libres del teléfono, lo coloca sobre la mesa para que ambos puedan oír lo que dice Daniel acerca de un piso, que él y Víctor pueden dejarle. Al consultarle el precio del alquiler, la respuesta, sin titubeos, los deja descolocados:

—Por eso no te preocupes, ya que será más simbólico que real. Nosotros no necesitamos ese dinero extra. Quiero decir que no nos urge, pero tampoco queremos dejar la vivienda sola porque eso nos trae más problemas que beneficios. Ese es el motivo por el cual se lo ofrecemos a las personas que consideramos responsables y amigas.

De inmediato le dice que le enviará la dirección por WhatsApp y le sugiere que vaya a verlo, sin compromiso, para poder hablar y concretar. Quedan en encontrarse allí en media hora. Con asombro, Acacio agradece y se despide para luego comentar la llamada abiertamente con el taxista. Los dos interpretan la situación y coinciden en que ha sido cuestión de buena suerte.

Con la dirección, que Acacio le entregó al chofer, sin revisarla y éste la introdujo en el GPS, se ponen en marcha rumbo al nuevo piso. A las pocas calles de estar en circulación, al taxista le parece haber hecho ese recorrido con anterioridad; sin embargo, no recuerda exactamente, por lo que no lo menciona en la ahora distendida conversación que mantiene con Acacio quien está absorto con el tema de las relaciones de pareja y sus complicaciones y no presta atención al trayecto. Cuando por fin llegan al destino, el chofer titubea; pretende decirle algo a Acacio, pero Daniel se apresura y se acerca para abrir la puerta del taxi.

Al saludar, toma a Acacio por el brazo y caminan, seguido por el taxista. Les habla con su voz grave sobre diversas cosas relacionadas con el edificio y la vivienda, hasta que, justo cuando la puerta del ascensor se abre en el décimo piso y mientras se dirigen al apartamento, dice:

—Como te habrás dado cuenta, aquí vivió, por muchos meses, Saturnino. No te lo comenté por teléfono para no desanimarte; espero que esto no te eche para atrás. Tanto Víctor como yo deseamos lo mejor para ti; pensamos que todos tenemos derecho a disfrutar de una vida próspera.

Termina de hablar sin dejar que ninguno pronuncie palabras. Daniel sabe jugar con sus silencios y dosificar su intervención para que dure lo que él necesite sin ser interrumpido. Abre la puerta, le dice que debe poner una nueva contraseña; borra la anterior y con una sonrisa le explica:

—Ya sabes que la puerta funciona con un código que actúa de la misma forma que una llave física y permite una mayor protección de posibles intrusos.

Le entrega las llaves de entrada al edificio, al estacionamiento; de esa forma cierra el trato, luego se excusa por no pasar al apartamento. Le ofrece la mano al taxista a manera de saludo; éste le devuelve el gesto y añade una pequeña inclinación de la cabeza. Acacio, consciente de que es su turno de despedirse, le extiende la mano derecha, pero él lo coge por los hombros en un abrazo rápido para después correr al ascensor antes de que se cierre. Al entrar al apartamento, Acacio y el chofer miran atónitos a una abeja, en la parte de adentro de la ventana del salón, que parece observarlos. Ambos se giran confundidos y sus ojos se encuentran. Por un momento no se mueven hasta que deciden subir las cosas.

Sigue en: Nuevo apartamento (16) Programada para el 26 de Agosto


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