Mitos y leyendas: Los brillantes y diversos colores de la tierra (relato corto)

Cuenta la leyenda que tras una gran inundación dos niños lograron salvar su vida al refugiarse en una montaña misteriosa, que a pesar de la torrencial lluvia no se mojaba. Además, a medida que el agua caía, se elevaba majestuosa, como una isla en medio del diluvio. En su transformación se producían fuertes temblores y los niños se aferraban a sus rocas para no rodar hasta los abismos.

Los niños lograron encontrar un equilibrio entre los movimientos de la montaña y los suyos propios. Aunque se dieron cuenta que allí estaban a salvo, se encontraban desorientados. Al pasar los días el hambre se apoderó de ellos, por lo que decidieron explorar. Caminaron sin descanso escalaron montes, atravesaron matorrales, se adentraron por cuevas, se aventuraron por caminos extraños y por más que buscaron no encontraron a ningún otro ser vivo ni alimentos para saciar su hambre.

Cansados de tanto deambular, acordaron volver a una de las cuevas para hacer de ella su refugio y cuál no sería su sorpresa al encontrar en su entrada muchos alimentos, servidos en un pequeño mantel hecho con hojas de plátano. Quedaron asombrados al ver trozos de lechosa, de chirimoya, piña, tuna, algunas fresas, guamas y plátanos de todo tipo: barraganete, dominico, maqueño. También, servidos en totumas había algo de carne, mazorcas de maíz, aguacate y agua de coco para saciar la sed. Eran muchos alimentos por lo que acordaron no comerlo todo, sino guardar para luego. Pero los duros días de hambre y desesperanza se apoderó de ellos, así que al poco tiempo los consumieron. Luego se adentraron en la cueva y fue la  primera vez, desde su llegada a esa montaña, que pudieron descansar.

A la mañana siguiente los niños volvieron a encontrar alimentos en la entrada y por más que caminaron en busca de pistas, no lograron saber su procedencia. El hambre volvió y comieron con precaución. Así transcurrieron varios días, la comida aparecía a la puerta de la cueva servida en hojas de plátanos o en totumas, sin faltar el agua de coco.

Decididos a descubrir cómo llegaba la comida, montaron guardia a la afueras de la cueva, pero el cansancio cerraba sus ojos y no lograban desvelar nada. Hasta que una madrugada que dormían en el interior de la cueva un ruido se elevó por encima del sonido de la lluvia, se despertaron y a través de las sombras lograron distinguir a dos bultos que se movían de forma extraña. Sin pensarlo salieron y se asombraron al descubrir que eran dos enormes guacamayas, de preciosos y diversos colores, disfrazadas de personas.  

Los críos soltaron un grito, las guacamayas se asustaron. Los alimentos que traían en sus alas y picos cayeron: Las frutas rodaron por el suelo, el agua de coco se volcó, de las totumas se desparramó la carne, la mazorca de maíz. Se desarreglaron sus disfraces y hasta se les cayó alguna que otra pluma.   

Ante ese espectáculo el alboroto continuó: las criaturas, aterradas, cayeron al suelo y el susto se transformó en una risa nerviosa, incontrolable. Las guacamayas también gritaron algo que nadie escuchó ni entendió, a la par que alzaban sus vuelos, temerosas por haber sido sorprendidas.

Tras el susto y la risa vino el cansancio, los niños volvieron a su cueva para descansar. Al día siguiente recogieron los alimentos que no se habían dañado, comieron y se sentaron a esperar a las guacamayas que no llegaron. Los días que siguieron continuaron sus caminatas, buscaban sin éxito qué comer, mientras recorrían nuevos y viejos lugares gritaban para llamar a las guacamayas. Deseaban que les revelaran dónde y cómo encontrar comida, además que extrañaban la compañía de otro ser, pero sus peticiones se perdían en la humedad del lluvioso viento.

Una mañana la brisa llevó esos lamentos a los oídos de las guacamayas y se presentaron con alimentos a la entrada de la cueva.

Hicieron ruidos con sus alas, también emitieron sonidos para despertar a los niños que estaban a oscuras en el interior de ella. Al salir los niños se alegraron mucho, se abalanzaron sobre las enormes aves con todo tipo de preguntas: si se podían ir con ellos, en dónde podían encontrar comida… Las guacamayas los calmaron con sonidos suaves, miradas y movimientos de cabeza. Se sentaron y los niños entendieron que eran personas, no tenían alas para volar. Las guacamayas se quedaron hasta que los críos comieron y se quedaron dormidos. Luego de ese momento las guacamayas llegaban todas las mañanas con ricos alimentos y mantenían largas conversaciones en su idioma plumífero a las que los niños respondían con palabras e inventaron gestos, miradas, sonidos, para hacerse comprender.

La lluvia cesó sin avisar y poco a poco emergieron las tierras que antes estuvieron inundadas. Los niños se plantearon volver a su casa y gracias al lenguaje que compartían, entendieron que las guacamayas pedían esperar a que las aguas volvieran a sus cauces, que la tierra estuviese seca. No era seguro realizar una caminata por pantanos recién formados.

Esperaron un tiempo prudencial, hasta que llegó el momento de partir y juntos emprendieron el viaje. Los niños iban un poco tristes porque temían no volver ver a sus padres, aunque la jocosa compañía les animaba el trayecto.

Ya se encontraban cerca de lo que fue su antiguo hogar y de pronto escucharon el parloteo de una bandada de guacamayas. Los niños se asombraron al verlos, pero el desconcierto fue mayor al presenciar que venían acompañados de muchas personas. Entre la multitud buscaron a sus padres y al encontrarlos les presentaron a las dos guacamayas que los habían alimentado y acompañado durante el diluvio.

De repente se hizo un silencio general. Todos observaron atónitos cómo las guacamayas se desprendían de algunas plumas y el viento las transportaba a diferente lugares.

La tierra, las flores, el cielo, al ser tocados por las plumas quedaron impregnados con sus brillantes colores.

Así todo el paisaje de esa tierra se vistió con los diversos colores de las plumas de las guacamayas, que el viento transportó al conducirlas por todos sus rincones.


Este cuento está inspirado en la leyenda anónima del Ecuador Los loros disfrazados Al parecer esta historia las contaban las abuelas para explicar de qué manera dos hermanos se salvaron de ahogarse durante un gran diluvio y en la narración original los loros pueblan la tierra convertidos en personas de todos los colores, edades y tamaños. Transformé a los loros en guacamayas porque de acuerdo a la narración eran muy grandes, coloridos y los loros son verdes y pequeños. Además, el color de las banderas de la mayoría de los países de Latinoamérica llevan esos colores.


4 comentarios sobre “Mitos y leyendas: Los brillantes y diversos colores de la tierra (relato corto)

    1. Gracias a ti Cristina por pasarte, leer y comentar. Me alegra que te gustara y en especial la ilustración (que es propia) me gustan mucho el colorido de las Guacamayas y tenía ganas de hacer una composición con ellas, busqué y busqué y encontré esta leyenda del Ecuador. Me pasaré por tu blog, porque me gusta mucho eso de los mitos y leyendas de todas partes del mundo. Un saludo 🐾

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