Carmen M. Sosa: Salvemos el entorno (17)

Las frases recopiladas por Manuel exigen que Carmen M. Sosa revise con más frecuencia el chat Vida Próspera. Le lleva varias horas organizar esas expresiones para que puedan reflejar las ideas que ellos manejan en sus conversaciones, sin embargo, le resulta divertido. Realiza la labor con sumo interés y asume los riesgos. Se percibe como la protagonista de una película de espionaje.

Sigue el hilo de la conversación y se entera que van a realizar una manifestación para protestar porque se han tenido noticias sobre algunas personas que usurpan unas aldeas de abejas. Carmen M. Sosa se involucra en el calor del debate y pide participar en la protesta del sábado. Puesto que Manuel no trabaja ese fin de semana, también lo apunta como voluntario.

Esa noche, Manuel llega ansioso por conocer las nuevas conclusiones a las que ha llegado Carmen en su investigación de las frases seleccionadas.

—Para adelantar también apunté las ideas más relevantes que se discutieron hoy —dice Manuel mientras despliega sobre la mesa las hojas con los apuntes.

Ambos revisan las anotaciones como si de ellas brotaran secretos para mejorar sus vidas. Leen las varias interpretaciones que ellos dijeron sobre las palabras expresadas por algún compañero y que Manuel anotó al margen de cada una. Ante la cara de duda que tiene Carmen al leerlas, Manuel le ratifica:

—Ya te había comentado que a la misma frase le dan diferentes sentidos. Parece cosas de locos, pero no, ellos entienden de qué hablan.

—Con estas anotaciones vamos a tratar de aclarar algo.

—Fíjate que siempre hablan del mismo tema. Otra cosa curiosa es el orden tanto en dónde se sientan hasta en las pausas y comentarios que hacen. Solo que a veces es Daniel, otras Víctor quien abre la reunión, pero ambos dicen idénticas palabras de motivación: «todos dejamos huellas a través del conocimiento. La vida puede y debe ser diferente, próspera», esto no cambia. —Al decir esas frases Manuel imita las voces graves de ellos, después continúa con su voz normal. —Luego habla el maestro Onagnaz y guardan silencio por unos momentos para reflexionar. Después, de imprevisto, se forma el alboroto.

—Eso que cuentas da miedo, parece una secta, como si hicieran un ritual.

Manuel ríe antes de decir: —Me parece que puse demasiado dramatismo en mi relato, pero no, no es una secta. En verdad que son personas inteligentes, estudiosas, que se ayudan mucho entre ellos y a los demás. —Sin dejar de reír continúa. —Lo primero que hay que aclarar es a qué conocimiento se refieren. Porque es allí que se disparan a preguntar y responder cosas que suenan incoherentes, por lo menos para mí. Fíjate en estos términos —dice esto y subraya unas palabras que se repiten a lo largo de sus anotaciones. —Parecen tener significados opuestos en cada intervención.

Entre bromas ambos se sumergen en las anotaciones, discuten, transcriben y sin darse cuenta llega la noche. Se disponen a dormir y Carmen recuerda la manifestación del día siguiente.

Le comenta a Manuel y él accede ir, le parece un buen momento para que ella conozca a una parte del grupo y se forme una mejor idea de ellos.

Llegada la hora van a la manifestación de protesta. Al llegar les explican que unas personas han usurpado un terreno que le pertenece a una aldea que protege a las abejas y creen que se unen a la lucha para evitar la extinción de ellas. Los asignan a un grupo. Se distraen con las conversaciones y el tumulto de los manifestantes que los rodean, hasta que de forma espontánea, pero sincronizada, todos se dispersan y comienza una coreografía bélica de la que ellos quedan al margen.

Se esconden detrás de unos contenedores de basura mientras observan desconcertados un ir y venir de palos, botellas y piedras. Descubren que a las personas a las que desean sacar de la aldea, no son usurpadores como dijeron sino apicultores que se defienden y tratan de salvar las colmenas de abejas que tienen protegidas en su aldea. Durante la lucha de los humanos, muchos insectos se ven afectados. Algunos forman enjambres que vuelan en círculos para alejarse, pero unos manifestantes los descubren y les prenden fuego. El sonido es aterrador, se confunden los zumbidos con las chispas del incendio y los gritos. En medio del caos, muchas abejas mueren. Otras, al igual que algunos humanos, están heridas. El olor de sus cuerpos chamuscados aturde aún más a Carmen M. Sosa y a Manuel que están atrapados en el terreno rodeado por las llamas. Al poco tiempo los bomberos los rescatan ilesos, pero aterrados por la nefasta experiencia.

Llegan a su casa muy tarde, luego de pasar unas horas en el hospital y otras tantas en la policía, en donde dieron declaraciones. Buscan información en el chat para intentar entender qué ha pasado en realidad. Entre los mensajes hay uno que les llama la atención, lo ha escrito Emma: «Es indecorosa la participación de algunos infiltrados que, con su actitud desalmada, pretendieron destruir los principios fundamentales de nuestra protesta.» A este comentario se suman otros que ratifican la no participación del grupo en esas acciones bélicas. Manuel se convence que así es, pero a Carmen M. Sosa le quedan algunas dudas.


El ataque a las aldeas de abejas contada por una de sus protagonistas:


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