El dilema del arte urbano contemporáneo y la domesticación de los clásicos (3)

Como vimos en el post anterior, la Revolución Industrial transformó por completo el mundo artístico. Los artistas no solo cambiaron los temas en sus pinturas, sino que también se ampliaron los materiales que utilizaban y se modificó de forma tajante la manera en que el público consumía la obra de arte.

Los objetos artesanales pasaron a la producción en masa y con ello se unificaron los criterios de la estética, logrando una “perfección”, ya que la máquina “corregía” los errores que la mano del humano podía causar en su ejecución, además de ser accesible a cualquier público que pudiera pagar el precio del mismo. De igual forma, la pintura de caballete quedó como una representación para algunos entendidos o con un gran poder adquisitivo, debido a que la imprenta ofrecía reproducciones de obras económicas; y así podríamos enumerar otros ejemplos, pero para no perdernos, voy a continuar señalando, a muy, muy grosso modo, cómo se transformó el concepto de la economía y su influencia en el arte.

De una rama de la filosofía moral a una disciplina científica independiente

La transformación de la economía se debe al filósofo y economista escocés Adam Smith.

Considerado el padre de la economía moderna y uno de los máximos exponentes de la Ilustración escocesa.

Sus aportaciones principales se estructuran en torno a dos de sus libros más influyentes:1.- La Riqueza de las Naciones (1776) y 2.- La Teoría de los Sentimientos Morales (1759).

La Riqueza de las Naciones.

Es su obra cumbre y el pilar fundamental del liberalismo económico.

En este tratado introduce conceptos clave que definen el capitalismo moderno: La mano invisible: La célebre metáfora que describe cómo la búsqueda del interés propio e individual de las personas, de forma no intencionada, promueve el bienestar y la riqueza colectiva de toda la sociedad a través del mercado libre. La división del trabajo: En ella explica que la especialización de los trabajadores en tareas concretas aumenta drásticamente la productividad y la eficiencia. El libre mercado: Defendió que el gobierno debe limitar su intervención en la economía, permitiendo que la oferta y la demanda regulen los precios y la producción de manera natural.

2. La Teoría de los Sentimientos Morales.

Antes de ser economista, Smith era filósofo moral.

En esta obra analizó la naturaleza humana y la ética, explicando que los seres humanos no se mueven únicamente por puro egoísmo, sino también por la empatía (la capacidad del individuo de ponerse en el lugar del otro y sentir compasión por sus circunstancias).

Ambos libros se complementan, mostrando que el libre mercado de Smith requiere de un marco moral básico para funcionar correctamente.

Sin embargo, el propio Smith reconoció que el mercado no es perfecto. En la economía moderna, la «mano invisible» a menudo falla; por ejemplo, en: 1. Sucesos externos negativos: El mercado, por sí solo, no suele contabilizar los daños que pueden ocasionar las fábricas, ya que con ellas se busca minimizar costos para ser competitiva; allí el Estado debe intervenir con impuestos o regulaciones. 2. Ante los Monopolios y Oligopolios (estructura de mercado en la que un número reducido de grandes empresas dominan la oferta de un producto o servicio): Cuando unas pocas empresas controlan un sector, la competencia desaparece. Sin competencia, la “mano invisible” se paraliza y los precios suben artificialmente. 3. Bienes públicos: Hay sectores esenciales que no son rentables para el sector privado, pero son indispensables, como la infraestructura vial, la seguridad nacional o la investigación científica básica.

La metáfora de la “mano invisible” de Adam Smith funciona a través del sistema de precios y las señales del mercado, donde la búsqueda del beneficio individual de empresas y consumidores termina coordinando la producción y distribución de bienes de forma eficiente, sin necesidad de una planificación centralizada.

De «mano invisible» a «mano peluda»

Ahora bien, esa «mano invisible» se vuelve «mano peluda» cuando la intervención oculta, corrupta o manipuladora de intereses particulares (como monopolios, mafias o el propio Estado) altera el funcionamiento justo de la economía.

En poco tiempo, esta “intervención oculta” descubrió que la comodidad de la era moderna necesitaba de un matiz para “englobar” las ideas y encontró en las expresiones artísticas el medio perfecto para ello, ya que el arte dejó de ser exclusivo de una “élite” y se convirtió en una expresión popular. 

Los llamados “mecenas” de antaño (que se podían identificar, ya que tenían nombre y posiciones sociales determinados) se convirtieron en empresas o seres «anónimos» (ya no son personas que podamos reconocer). El artista dejó de ser un “protegido” para convertirse en un “asalariado”. Al igual que antaño, debe cumplir con las normas que ese intangible/organización/negocio o “mano peluda” les indica.

Pero surgieron artistas rebeldes que se negaron a seguir las “nuevas normas” y mostraron sus propuestas en las calles (graffitis, teatro, performance, danza, música, cantantes, etc. etc.) y la “nueva sobrevivencia” les jugó una mala pasada, ya que el humano moderno para sobrevivir en la actualidad necesita el ingreso económico y allí las propuestas quedaron (en algunos casos) aparcadas, ya que el consumo del espectador de la obra de arte no correspondía con la rapidez de las necesidades del mundo actual. Por otro lado, la tecnología que hoy conocemos permite la realización de “obras de arte” de forma rápida, con la seguridad de que será aceptada por la mayoría, gracias a los algoritmos que ella nos proporciona y el arte, de nuevo, se vio comprometido.

La pintura de caballete, los graffitis, quedaron sustituidos por “artistas” que nadie conoce, aunque todos hablan de él y lo reconocen como el máximo representante de la expresión popular. El mejor ejemplo para ello es Banksy, el artista urbano y grafitero británico más famoso y mediático del mundo. Es conocido globalmente por mantener su identidad en el anonimato y por realizar intervenciones satíricas de “fuerte crítica social, política y cultural” (con formas y composiciones que agradan a la mayoría) en espacios públicos de todo el planeta.

La venta de sus obras conforma uno de los fenómenos más lucrativos y paradójicos del mercado del arte contemporáneo. Aunque sus raíces están en “el arte urbano anticapitalista y de libre acceso”, sus trabajos se han convertido en activos financieros de «categoría azul» (blue-chip) altamente cotizados. Para evitar “falsificaciones y mantener el control sobre su obra comercial”, el “artista” fundó en 2009 su propia entidad oficial de autenticación: Pest Control Office. Ninguna galería de prestigio o casa de subastas de primer nivel aceptará vender una obra atribuida a Banksy sin el Certificado de Autenticidad (COA) emitido por este organismo.

Legalmente, cuando cualquier grafitero pinta un muro sin permiso, comete un acto de vandalismo; sin embargo, cuando el “artista es Banksy”, es quien lo «pinta», los propietarios de los inmuebles se encuentran de la noche a la mañana con una «mina de oro». Algunos de estos muros se han vendido por cifras de más de seis dígitos. Cuando Banksy se negó a autentificar esos muros, alegando que deben permanecer en su lugar de origen, los felices propietarios de los inmuebles, simplemente los han vendido por millones de euros.

«El lanzador de flores» 2003, Jerusalén. Museo Banksy, en Madrid

Y, como por arte de magia, los grafiteros espontáneos dejaron de existir. Sin embargo, algunos sobrevivieron, como:

JR (Jean-René). Famoso artista urbano y fotógrafo francés nacido en París en 1983, conocido por sus monumentales instalaciones fotográficas en espacios públicos de todo el mundo. Entre sus múltiples obras cabe mencionar:

“Kikito”. Colocada alrededor del 6 al 9 de septiembre de 2017 y retirada en octubre de 2017. Se cerró con un picnic binacional a ambos lados del muro.

La monumental obra “Kikito” en la que un niño mira sobre el muro fronterizo que divide Estados Unidos de México (en Tecate, Baja California). El artista la realizó en septiembre de 2017 y fue retirada en octubre de ese mismo año.

Eduardo Kobra, nombre artístico de Carlos Eduardo Fernandes (São Paulo, 27 de agosto de 1975) es un artista callejero.

Comenzó oficialmente su carrera en 1987 a los 12 años, desde entonces ha pintado diversos murales en cinco continentes.

Foto: Roberto Castro/ME

Su arte urbano ganó visibilidad a principios del siglo XXI, en 2007 aparece por primera vez en los medios de comunicación debido al proyecto «Muro das Memórias», en el que rescata fotos antiguas de São Paulo y las reproduce en gran escala en varios lugares públicos y calles, presentando un estilo de graffiti diferente al que se extendía por la ciudad, este proyecto terminó convirtiéndose en su sello distintivo.

Anne Frank. Kobra

En el proyecto «Olhar a Paz», Kobra retrata personalidades históricas que han luchado contra la violencia, para la difusión de una cultura de paz en todo el mundo, entre los que se destaca Ana Frank (1929-1945).

Otros, se unieron a la industria:

Brian Donnelly (Jersey City, Nueva Jersey, 1974), conocido profesionalmente como KAWS, es un artista y diseñador de ediciones limitadas de juguetes y vestuario.

Comenzó su carrera artística a principios de los años 90 como grafitero y artista callejero en Nueva York, interviniendo vallas publicitarias, paradas de autobús y cabinas telefónicas.

Las Cosas Que Reconfortan – 2013

Sus colaboraciones más destacadas en la industria de la moda se dividen en tres grandes vertientes:

1.- Alta Costura y Lujo: Dior (2018/2019 y 2025): Para el debut de Kim Jones en Dior Men, KAWS creó una escultura monumental de flores de su personaje BFF de 10 metros de altura en la pasarela. Diseñó una colección cápsula de ropa, accesorios y una versión reimaginada de la icónica abeja de Dior con ojos de equis.

2.- Moda Accesible y Consumo Masivo: UNIQLO (2016/ hasta el presente): Bajo el concepto de «Arte para todos». Ha lanzado múltiples colecciones UT con personajes como Peanuts, Sesame Street, y recientemente colecciones especiales como KAWS + Warhol (2024) y la línea KAWS UNIVERSE (2026). En 2025, el artista consolidó esta relación al convertirse en Artista Residente a largo plazo para diseñar colecciones LifeWear.

3.- Calzado y Outdoor: Nike/Jordan Brand: Uno de los hitos de la cultura sneaker fue el lanzamiento de las Air Jordan 4 x KAWS en 2017, confeccionadas en gamuza gris con sus patrones bordados y suelas translúcidas que brillan en la oscuridad. The North Face (2022): Una colección que llevó el arte abstracto y los bloques de color característicos del artista a prendas técnicas de montaña, chaquetas de plumón, parkas y equipamiento de nieve. A principios de los 2000, su colaboración con Nigo en prendas de ropa urbana y las zapatillas BAPESTA cimentó las bases del coleccionismo de moda actual.

Las otras expresiones del arte

Para ahondar más sobre este planteamiento del arte y su relación con la industria, voy a recordar algunos hechos importantes en nuestra historia:

En los siglos XVIII y XIX, la ópera y la música clásica eran el equivalente al cine y los conciertos de rock; la gente acudía a ver los estrenos de Verdi o Mozart para emocionarse, escandalizarse o debatir de política. Hoy han quedado encasilladas como piezas de museo exclusivas para una élite o se han transformado «Música de ascensor» (El efecto Chill-out). Lo empaqueta en listas de reproducción de Spotify tituladas «Música clásica para estudiar», «Piano relajante para dormir» o «Concentración profunda». Es la muerte de la propuesta kantiana. Se ha despojado a estas obras de su fuerza dramática, de sus tensiones y de sus preguntas, convirtiéndolas en un telón de fondo para nuestra conciencia, un ansiolítico auditivo para aguantar el ritmo de la vida moderna.

El cine se llevó a la TV, luego a las plataformas y con ello los mensajes se transformaron en “edulcorantes” acordes con las “nuevas ideas”; a tal punto de reescribir viejas películas con estos nuevos conceptos. Los conciertos de rock sufrieron el mismo destino: artistas que reinventan las mismas canciones con los mensajes acordes con los tiempos y con autotunes, que ya el oído del humano los reconoce como “auténticos”.

Aunque popularmente se asocia a los clásicos del pasado, decenas de compositores de todo el mundo siguen escribiendo y estrenando óperas contemporáneas; sin embargo, los autores actuales componen sobre temas que esa “mano peluda” ha señalado que son los motores de “sobrevivencia” de hoy en día; con ello entran dentro de ese engranaje para dar por válido el mensaje «institucional» y hacerlo «propio» y también, de esa forma, la ópera sigue siendo un género musical completamente vivo y en continua “evolución”. Aún así, los grandes teatros tienen miedo de arriesgar, porque el público de consumo prefiere ir a lo seguro. Por esa razón la ópera se convierte a menudo en un remake constante de, por ejemplo, Carmen o La Traviata. Cuando se intenta renovar la puesta en escena para hacerla «rompedora», muchas veces se cae en el entretenimiento visual, en lugar de una verdadera propuesta intelectual y comercialmente es un fracaso.

El ballet que, en 1913, fue capaz de provocar una auténtica batalla campal en París con el estreno de «La consagración de la primavera», porque su propuesta coreográfica violenta y descarnada obligaba al público a cuestionar los límites de la belleza; hoy ha sido recluida en una caja de música inofensiva. La sociedad, a través de la “mano peluda”, también ha domesticado el ballet, transformándolo en un espectáculo navideño de consumo familiar donde se aplaude la acrobacia técnica y el virtuosismo físico del bailarín, pero se esquiva el riesgo de la propuesta intelectual. Al igual que el cine de remakes o la música de ascensor, hoy, el ballet clásico prefiere no incomodar…

Ígor Stravinski y Vaslav Nijinsky

La consagración de la primavera (Ígor Stravinski en la música y Vaslav Nijinsky en la coreografía) es una de las obras más revolucionarias e influyentes del siglo XX.

Estrenada por los Ballets Rusos de Serguéi Diáguilev el 29 de mayo de 1913 en el Théâtre des Champs-Élysées de París, la pieza marcó un antes y un después en la historia de la música y la danza occidental, desatando uno de los escándalos más famosos de la historia del arte.

Vaslav Nijinsky. Bailarín de ballet y coreógrafo ruso de origen polaco. Es considerado el mejor bailarín masculino de principios del siglo XX.

También debo mencionar a otros grandes representantes del ballet:

Rudolf Nureyev
Margot Fonteyn

La asociación entre Margot Fonteyn y Rudolf Nuréyev es ampliamente considerada como la pareja de baile más exitosa e influyente en la historia del ballet clásico del siglo XX. A pesar de sus trasfondos opuestos y una marcada diferencia de edad, su química en el escenario revitalizó la danza clásica a nivel mundial.

Su primer encuentro ocurrió en 1962 en el Royal Ballet de Londres. Margot Fonteyn, con 43 años, era la consagrada prima ballerina absoluta británica y ya consideraba seriamente su retiro de los escenarios. Rudolf Nuréyev, con apenas 23 años, era un joven prodigio soviético de temperamento volcánico que acababa de desertar de la Unión Soviética en busca de asilo político. A pesar del escepticismo inicial y los 20 años de diferencia de edad, debutaron juntos en Giselle en Covent Garden. La función terminó con Nuréyev arrodillado besando la mano de Fonteyn, sellando instantáneamente una conexión artística sin precedentes y un éxito rotundo con el público.

«Giselle». Rudolf Nuréyev y Margot Fonteyn

Sin embargo, el ballet ha sufrido exactamente el mismo proceso de domesticación que la pintura, la música clásica y la ópera. Ha pasado de ser un arte de vanguardia, peligroso y profundamente político, a convertirse, en gran medida, en un espectáculo de consumo nostálgico, técnico y decorativo.

En el ballet clásico actual, a menudo se prima la técnica gimnástica por encima de la transmisión de ideas. El artista se convierte en un atleta de élite, en un producto de exhibición. Se aplaude el virtuosismo físico, pero se vacía el contenido intelectual. Al igual que Hollywood vive de los remakes, las grandes compañías de ballet sobreviven repitiendo los mismos títulos del siglo XIX una y otra vez. Existe el ballet contemporáneo; sin embargo, la mayoría repiten lo que “en la actualidad” son los problemas reales de la sobrevivencia y como algo contradictorio, el público de consumo busca el refugio cómodo de la nostalgia, por ello las carteleras de los grandes teatros prefieren la seguridad financiera de, por ejemplo, El Cascanueces o La bella durmiente.

Lamentablemente el ballet ha sido reducido a un mero telón de fondo estético. Se utiliza su imaginería (la zapatilla de punta, la disciplina extrema, el dolor oculto tras la belleza) para vender perfumes, ropa o estilos de vida (ballet core: tendencia de moda y estilo de vida que adapta la ropa y la estética del ballet clásico al uso diario en la calle). «La mano peluda» ha absorbido un arte complejo y lo ha digerido para convertirlo en un producto visual masticable y superficial.

A manera de conclusión

El arte urbano contemporáneo ejemplifica la complicidad de la sociedad en la intervención de «la mano peluda» en la propuesta artística. Ya hemos visto cómo esta propuesta ha sido sustituida, en muchos casos, por figuras mediáticas o absorbida por la industria del lujo y el consumo masivo.

En el post anterior leímos cómo los pensamientos del filósofo Kant, han servido para que esa “mano peluda” moldee el pensamiento colectivo; sin embargo considero que la responsabilidad del artista es y siempre ha sido, buscar su propia propuesta y mostrarla aunque ello, probablemente, vaya en contra de lo que se “consume”. En otras palabras, si desea ser un artista, tiene la responsabilidad de negarse a ser un “producto» comercial para el rebaño.

También reconozco que es más fácil buscar “culpables” en “la mano peluda” o en las herramientas que el mismo humano ha inventado (la IA, redes sociales, etc. etc.) que reconocer que simplemente es más cómodo “estar con los tiempos”.

Volvamos a recordar que las herramientas son sólo herramientas que permiten realizar con más facilidad la propuesta y “estar con los tiempos” es dejar en manos de otros nuestras decisiones. ¿O acaso es la excusa perfecta para distraer la atención y no reconocer que la propuesta ya no existe? ¿No será esta una forma de evadir la responsabilidad?

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