El expulsado: Expulsión (15c-18b) Vida detestable (16c-19c) El alegre rostro de la primavera (17c)

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El expulsado: muy exaltados (12b) ruborizar mejillas (13b) permite (14b)

Café, tarta, cine… todo parece que va bien para Saturnino Segundo… Forma parte de El expulsado. Para ayudar a Saturnino Segundo a que salga con vida del laberinto o perderlo ¡aún más! sigue los enlaces desde el principio en Juego de historias.

El expulsado: rutina rota (3)

Caballos enfrentados señalan conversaciones, pero ¿con quién? y además está lo de las otras señales… Rutina rota: Forma parte de El expulsado. Para ayudar a Saturnino Segundo a que salga con vida del laberinto o perderlo ¡aún más! sigue los enlaces desde el principio en Juego de historias.

El expulsado: Destino monstruoso (1)

Para Saturnino Segundo Molina las incómodas cenas no tienen fin. En el intento de estar ausente se movió despacio, como si en cada bocado se le fuera la vida. Su vista siguió el vuelo de una abeja, que al igual que las palabras de sus padres, revolotea de forma absurda por el salón-comedor.

A propósito de: Juego de historias (nota I)

Casi todo listo para Juego de Historias. Un proyecto que me tomó más de lo que pensé, en mi cabeza era simple, pero no tomé en cuenta los pensamientos de Saturnino Segundo Molina que me complicaron la vida al exigir su propio espacio y entre una cosa y otra del mundo real, se me haSigue leyendo «A propósito de: Juego de historias (nota I)»

Hora de entrada (relato corto)

Salía de casa pensando sobre lo injusto que era pasar tanto tiempo en un tráfico infernal. Cada día había algún contratiempo distinto.

A aunque saliera con tiempo de sobra habría alguna calle sin arreglar, alguna colisión, algún algo de último momento. Esto tiene que terminar, escuchaba decir a su propia voz en su mente alguien debe poner orden completaron su labios en un alarido que nadie más escuchaba en la soledad de su coche, con las ventanillas arriba.

Solía aparcar rápidamente para que le diera tiempo de un café antes de entrar. Aun con la bebida caliente en su garganta y la conversación con el camarero sin terminar, caminaba hacia el ascensor que lo llevaría hacia su puesto de trabajo. A media mañana llegaba el momento de reunirse con sus compañeros en un pequeño oasis al aire libre con forma de patio descubierto, lejos de los supervisores y coordinadores que los vigilaban disfrazados de paredes allí  sus oídos camuflados no tenían alcance, o esa era la impresión que daba.

Como algunos, aprovechaba ese breve tiempo para fumar mientras se peleaba con las máquinas en la pared del fondo que, café si café no, solían robarle las monedas para su segundo café. Pasado el ritual de los reclamos a las máquinas dispensadoras, se disponía a compartir con los compañeros, quienes también querían desconectar de sus funciones. Como era costumbre la charla empezaba girando en torno a un único tema: el tráfico.

Caían las muchas quejas en forma de relatos resumidos, pero exagerados, sobre algún algo de esos que pasaban continuamente. Luego llegaban a las soluciones, las mismas a diario. Hasta que, una frase dicha por cualquiera al azar, solía cerrar esa particular lluvia de ideas con la cual se entretenían. “El problema real es que el transporte público no funciona bien” sentencia que daba pie para comenzar hablar sobre la verdadera cuestión que tenían en mente: lo mal que estaban todas las cosas. Se entretenían enumerando y clasificando primero los problemas más particulares de su entorno compartido y para llegar a los más generales. Seguramente sabrían cómo arreglar esos problemas, solo que antes de llegar a pronunciar alguna de sus ideas solucionadoras llegaba el momento de volver a las labores así que, quedaban para el día siguiente. Volvían a sus puestos con una sensación de descontento.

Un día, cuando se disponía a salir de su casa, supo por unos vecinos que no podía llevarse el coche. Se le había olvidado lo de la nueva ley, o realmente no lo había…